Quienes terminan hasta la última migaja, guardan cualquier sobra y miran con extrañeza la comida desperdiciada suelen recibir la misma etiqueta: tacaños. Sin embargo, la psicología plantea otra explicación para este comportamiento, especialmente frecuente entre quienes crecieron con escasez.
Las personas nacidas entre 1950 y 1970 vivieron su infancia en una España todavía marcada por la posguerra. Las cartillas de racionamiento desaparecieron en 1952, pero los años del hambre dejaron una herencia familiar que sobrevivió durante muchas décadas.
Para muchos niños de aquella generación, aprovechar la comida no era una cuestión de educación ni de economía doméstica. Era una norma vinculada a la supervivencia, aprendida observando a unos padres que conocían de primera mano aquella dura escasez.
Esa experiencia puede convertirse en lo que la psicología denomina huella de escasez: una asociación persistente entre los recursos básicos y la posibilidad de que algún día vuelvan a faltar, incluso cuando las circunstancias materiales han cambiado por completo.
Huellas de la infancia
Por eso, rebañar el plato, conservar un pequeño resto o evitar tirar alimentos puede funcionar como una respuesta aprendida. La despensa llena no siempre consigue convencer al cerebro de que aquello que antes faltaba está ahora plenamente garantizado.
Un estudio, publicado en la revista Appetite, analizó a 126 adultos mediante una prueba de degustación con alimentos densos en energía. Los investigadores evaluaron también cuidadosamente la inseguridad alimentaria experimentada durante la infancia y la situación alimentaria presente entonces.
Los resultados sugirieron que las experiencias infantiles podían modular la relación adulta con la comida. La inseguridad alimentaria durante los primeros años se relacionó con diferencias en el consumo calórico y en cuánto gustaba el chocolate durante la prueba.
El hallazgo encaja con una idea amplia desarrollada en el libro Scarcity: la escasez no solo reduce recursos, también concentra la atención en aquello que parece urgente y puede consumir parte del llamado ancho de banda mental.
Esa lógica ayuda a entender por qué determinadas costumbres permanecen cuando desaparece el peligro original. El comportamiento no tiene por qué responder a un cálculo consciente sobre el precio de los alimentos, sino a una cautela adquirida durante años.
Hay señales que van más allá de la alimentación. Otro trabajo con 662 participantes encontró una asociación entre la imprevisibilidad experimentada durante la infancia y ciertas conductas de acumulación de objetos en la edad adulta, aunque no implica patología.
Conviene, por tanto, distinguir entre una conducta de aprovechamiento y un trastorno clínico de acumulación. Guardar sobras, terminarse el plato o evitar desperdiciar comida no significa padecer una enfermedad mental ni desarrollar necesariamente un patrón problemático por sí mismo.
También explica una aparente contradicción: algunas personas pueden mostrarse generosas con familiares y amigos, mientras son especialmente estrictas consigo mismas cuando gestionan su propia comida. La cautela aprendida puede dirigirse hacia decisiones personales, no hacia la relación con otros.
Más que tacañería, estos gestos pueden representar la memoria cotidiana de una época lejana. Para quienes crecieron bajo aquella incertidumbre, aprovechar la comida puede ser simplemente otra manera de sentirse seguros ante un pasado que enseñó a no desperdiciar.
