Hay pequeñas situaciones cotidianas capaces de provocar una reacción mucho más intensa de lo esperado. Para la psicoterapeuta Kaytee Gillis, algunas pueden estar relacionadas con heridas emocionales de la infancia.
Según esta especialista, las personas que han vivido experiencias traumáticas pueden desarrollar desencadenantes que siguen patrones parecidos a comportamientos experimentados durante su infancia. Cuando aparecen, esas experiencias pueden activar emociones difíciles.
Que alguien interrumpa una conversación puede resultar especialmente molesto y difícil para quienes sintieron que sus cuidadores hablaban por encima de ellos y trataban sus palabras como si carecieran de importancia.
Algo parecido puede ocurrir cuando una persona se encuentra con alguien pendiente del móvil durante una comida. Esa conducta puede despertar sentimientos relacionados con haber sido ignorado o desatendido durante la infancia.
Las esperas prolongadas también pueden convertirse en un desencadenante para quienes crecieron sin saber cuándo serían atendidas sus necesidades. La incertidumbre puede recordarles aquellas situaciones en las que sus cuidadores estaban distraídos.
Huellas del trauma
Sentirse obligado a responder de repente, además, puede generar una reacción especialmente intensa. Gillis relaciona esta situación con haber aprendido durante la infancia que estar en el centro podía significar meterse en problemas.
También puede ocurrir al conducir o hacer cola. Que otra persona se cuele puede despertar sentimientos asociados con haber sido apartado, ignorado o tratado como alguien cuyo valor no era tenido en cuenta.
Las personas que constantemente intentan superar las experiencias ajenas también pueden resultar especialmente irritantes. Según Gillis, esa actitud puede conectar con haber vivido situaciones en las que las propias preocupaciones o logros fueron desestimados.
Hablar continuamente sobre dietas, el cuerpo o aquello que alguien no acepta de su apariencia puede resultar agotador para determinadas personas. En quienes tuvieron dificultades familiares, puede despertar sentimientos relacionados con la vergüenza corporal.
Las mentiras constituyen otro posible desencadenante. Descubrir que alguien no ha dicho la verdad puede generar inseguridad y recordar experiencias infantiles con cuidadores considerados poco fiables, asociadas entonces con una sensación de falta de seguridad.
El comportamiento pasivo-agresivo puede provocar reacciones similares en adultos que crecieron con cuidadores que utilizaban esa forma de relacionarse. La experiencia puede devolverlos a esa etapa infantil en la que no podían expresar su malestar.
Las bromas y provocaciones también pueden tocar una herida antigua. Quienes fueron ridiculizados durante la infancia pueden ser más sensibles a las burlas, especialmente si entonces no podían expresar que aquello les incomodaba.
Para Gillis, comprender estas reacciones busca entender su origen más que encontrar culpables. Conocer la propia historia puede ayudar a avanzar y recordar que, en la adultez, puede alejarse de situaciones incómodas.
