Quien convive con un perro o un gato habrá pronunciado en más de una ocasión frases como "se ha enfadado conmigo", "sabe que ha hecho algo mal", "solo le falta hablar".
Intentamos interpretar las miradas de nuestros animales de compañía y les atribuimos intenciones o, incluso, llegamos a creer saber lo que está pensando. Inconscientemente, humanizamos a nuestras mascotas con una facilidad pasmosa.
Esto, en psicología, tiene un nombre: antropomorfismo. Se trata de la tendencia a atribuir características, emociones, motivaciones o incluso intenciones humanas a seres u objetos que no lo son.
Y, según una teoría propuesta ya en 2007 a cargo de los psicólogos Nicholas Epley, Adam Waytz y John T. Cacioppo, es posible que nuestra necesidad de relacionarnos con los demás desempeñe un papel importante en este fenómeno.
Humanizar a nuestra mascota
En el artículo, publicado originalmente en Psychological Review, los investigadores intentaron explicar por qué algunas personas antropomorfizan más que otras y por qué esta tendencia llega a aumentar en determinados casos, identificando tres grandes factores que podrían explicarlo.
El primer factor tiene que ver con algo intuitivo: utilizamos lo que mejor conocemos para interpretar aquello que entendemos peor. Y, lo que conocemos desde dentro es, precisamente, la experiencia humana.
Por ello, cuando intentamos descifrar o explicar el comportamiento de un animal, es habitual e incluso normal recurrir a conceptos como los celos, el cariño, enfado o culpa para darle una explicación sencilla a algo que probablemente es más complejo.
El segundo factor aparece cuando necesitamos comprender o intentamos predecir el comportamiento de aquello que nos rodea.
Si nuestro gato de repente empieza a esconderse debajo del sofá, o bien nuestro perro empieza a comportarse de forma extraña, nuestro interés por intentar averiguar qué le pasa aumenta.
Cuanto mayor sea esa necesidad de explicación y control, según los autores del artículo, mayor será nuestra inclinación a interpretar su conducta mediante categorías humanas conocidas.
El tercer factor es el que resulta especialmente llamativo: el ser humano necesita una conexión social. Somos una especie profundamente social; buscamos compañía, vínculos y la sensación de comprensión ajena.
Cuando esa necesidad no está suficientemente satisfecha, según los autores del trabajo, es posible volvernos más propensos a percibir cualidades humanas en agentes no humanos, como nuestros animales de compañía.
Basándonos en estos factores, especialmente en el último, una mascota puede llegar a convertirse en mucho más que un animal de compañía.
Podemos llegar a verla como alguien que "nos escucha", "nos echa de menos", que sabe cuándo estamos tristes o contentos, o incluso asociarle una personalidad casi humana. Antropomorfizar a nuestra mascota podría contribuir, al menos en parte, a reforzar la sensación de estar acompañados.
Sin embargo, cabe destacar que esto no significa que toda persona que habla con su perro o celebra el cumpleaños de su gato se sienta sola, ni que el vínculo con sus animales sea una especie de sustituto de las relaciones humanas.
Esta teoría plantea una tendencia probabilística, no una regla universal. Además, el antropomorfismo depende también de cómo interpretamos al animal y de cuánto necesitamos comprender su conducta. De hecho, investigaciones posteriores han respaldado esta misma teoría.
En 2008, por ejemplo, Epley y otros investigadores observaron que las personas que se sentían solas tendían a atribuir con mayor facilidad características humanas a distintos agentes no humanos, incluyendo a los animales.
Incluso si se provocaba temporalmente una sensación de soledad era posible favorecer estas percepciones.
Por todo ello, es posible que una mirada de nuestro perro pueda llegar a parecernos comprensiva, o que un maullido de nuestro gato nos suene a "protesta", cuando la realidad objetiva es que nuestro cerebro no solo intenta entender a otros seres, sino que busca una conexión con ellos.
En última instancia, humanizar a nuestras mascotas tiene mucho más que ver con nuestra percepción personal que con la realidad objetiva.
