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Las claves

La evidencia científica y los registros históricos de las principales agencias meteorológicas confirman una transformación drástica en el clima de la península ibérica, y también en el resto del mundo, puesto que se trata de un cambio palpable a nivel global.

Según los últimos informes técnicos, las estaciones de transición como la primavera y el otoño están perdiendo terreno rápidamente debido al avance del calor. Los meteorólogos constatan que el verano -visto desde el ámbito puramente meteorológico- se ha extendido cinco semanas más respecto a la década de los ochenta.

Eso significa que se ha expandido a un ritmo constante de casi diez días por cada década: no es ninguna percepción aislada ni rumor, es algo que está ocurriendo y cada vez el verano ocupa más espacio dentro de las estaciones.

Este alargamiento está directamente vinculado a un aumento drástico en la frecuencia, duración e intensidad de las olas de calor. Los expertos advierten de que estos episodios extremos ya no se presentan de una forma aislada, sino en forma de trenes que se suceden sin parar y abarcan extensiones geográficas cada vez mayores.

A esto se suma el preocupante incremento de las noches tropicales y ecuatoriales, esas largas noches donde los termómetros no descienden de los 20 o 25 grados, impidiendo el refresco ambiental y asfixiando sin parar a la ciudadanía. Este mismo año ya hemos visto cómo las noches se han hecho más pesadas que nunca con temperaturas récord.

Más verano, menos frío

Y como no podía ser de otro modo, todo este impacto es más visible en zonas cumbre, con la nieve en un estado de retroceso histórico. El incremento de la temperatura global ha elevado la cota de nieve de forma notable, provocando que los periodos de permanencia del manto blanco en las montañas sean cada vez más cortos y escasos.

Aunque todavía podemos encontrar temporales invernales de carácter puntual, la falta de continuidad de los mismos amenaza directamente la supervivencia de los últimos glaciares y reduce las reservas hídricas naturales.

Es decir, que el ascenso de las temperaturas y las constantes olas de calor están provocando un cambio histórico que afecta directamente a las nevadas y a la cantidad de nieve que podemos encontrar en las montañas de unos años para aquí.

Todo este conjunto de elementos dibuja un escenario preocupante que altera los ciclos naturales, la disponibilidad de agua dulce y hasta la seguridad forestal de cara al futuro inmediato -de hecho ahora mismo estamos viviendo graves incendios en España-.

Se trata, además, de una situación irreversible y los especialistas insisten en la urgencia de aplicar políticas estructurales de adaptación urbana y gestión de recursos para combatir contra este nuevo panorama climático.