J. Rodríguez
Publicada
Las claves

Los gatos no necesitan reírse para experimentar cosquillas. Aunque su respuesta sea diferente a la humana, estos animales también pueden reaccionar ante determinados estímulos físicos, según explica el veterinario Carlos Gutiérrez.

El especialista, conocido por su canal Mascotas y familias felices, señala que las cosquillas son una respuesta nerviosa e involuntaria del organismo, relacionada con un posible mecanismo evolutivo de protección.

Esta reacción permitiría responder rápidamente ante agentes externos que podrían encontrarse sobre la piel, como un pequeño insecto o un parásito. El cuerpo detecta el estímulo y trata de apartarlo.

En los gatos ocurre algo parecido. Sin embargo, mientras las personas y algunos primates pueden desarrollar además una risa involuntaria asociada al contacto social, los felinos no expresan esta reacción mediante la risa.

Eso no significa que carezcan de cosquillas. Gutiérrez explica que existen diferentes tipos de sensaciones, y algunas pueden resultar agradables para el animal mientras otras generan rechazo o incomodidad.

Límites gatunos

El veterinario distingue así entre las cosquillas que los gatos disfrutan y aquellas que prefieren evitar. Estas últimas pueden aparecer en zonas especialmente sensibles y provocar una reacción conocida como knismesis.

Determinar qué contacto resulta agradable depende mucho de cada animal y de su carácter. Algunos gatos buscan más la interacción con las personas, mientras que otros tienden a evitarla y prefieren mantener distancia.

Por eso, hacer cosquillas a un gato no resulta perjudicial por sí mismo. Si se estimulan zonas que el animal considera agradables, puede mostrarse relajado, ronronear e incluso quedarse dormido durante ese contacto.

En cambio, cuando el gato no quiere que le toquen una determinada zona, existen señales claras que pueden advertir de su incomodidad. Puede retirar una pata, apartarse o colocar las orejas planas.

En algunos casos, la reacción puede ser todavía más evidente: el animal puede gruñir o incluso lanzar un zarpazo. Para Gutiérrez, estas respuestas forman parte de las señales que conviene aprender a interpretar.

La misma lógica sirve para otras formas de contacto, como levantar al gato para darle besos. Algunos animales pueden aceptar esa interacción y disfrutarla, mientras otros muestran claramente que prefieren que no continúe.

Por eso, el veterinario insiste en observar el lenguaje corporal del animal antes de mantener una interacción. Si un gato muestra disconformidad o intenta marcharse, lo adecuado es dejarlo tranquilo.

Gutiérrez resume esta diferencia recordando que ambos comportamientos son normales: algunos gatos toleran los besos, las caricias o las cosquillas, mientras otros prefieren evitarlos. La clave está en conocer individualmente al animal.