Hay personas que llegan a casa tras una jornada de estrés y encuentran en su gato una forma de recuperar el equilibrio. La explicación puede estar menos en el animal que en la personalidad de quien establece ese vínculo.
Un estudio publicado en iScience ha encontrado que determinados rasgos del propietario se relacionan con la manera en que construye su apego hacia perros y gatos. En concreto, el neuroticismo aparece asociado con formas más ansiosas de vinculación emocional.
El neuroticismo es una de las dimensiones del modelo de los Cinco Grandes de la personalidad y describe una mayor tendencia a experimentar preocupación, inseguridad, irritabilidad o vulnerabilidad ante situaciones que generan estrés cotidiano y presión ambiental sostenida.
Desde esta perspectiva, el gato puede convertirse en una figura emocionalmente relevante para algunas personas porque ofrece compañía, rutinas y contacto sin exigir una interacción social constante. Esa combinación puede resultar especialmente atractiva cuando existe mayor sensibilidad al estrés.
Peor bienestar, más apego
La investigación no demuestra que las personas inestables emocionalmente adopten gatos para regularse, ni que convivir con ellos cure problemas psicológicos. Lo que muestra es una asociación entre personalidad, bienestar mental y determinados patrones de apego hacia los animales.
Los resultados señalan que los propietarios con mayor neuroticismo y peor bienestar mental presentaban más apego ansioso. En estos casos, la relación puede estar marcada por una preocupación por el animal, necesidad de proximidad y temor ante una pérdida.
El fenómeno encaja con una idea psicológica descrita: los vínculos afectivos pueden utilizarse como mecanismos de regulación emocional. Cuando una persona experimenta tensión, buscar proximidad, compañía o una rutina predecible puede ayudarle a disminuir momentáneamente la sensación de amenaza.
Los gatos también participan activamente en ese vínculo. Un experimento con 16 felinos comprobó que distinguían la voz de sus propietarios y reaccionaban diferente cuando estos utilizaban un determinado tono dirigido a ellos, algo que refuerza la relación individual.
El hallazgo resulta relevante porque sugiere que la comunicación entre gato y persona no es genérica. Los animales parecen aprender características de la interacción con su cuidador y responder de forma diferenciada, consolidando una relación basada en experiencias compartidas.
Así, acariciar al gato, hablarle, alimentarlo o compartir el sofá puede convertirse en una secuencia cotidiana que estructura el día. Para alguien especialmente vulnerable al estrés, esos sencillos rituales cotidianos pueden proporcionar sensación de continuidad, compañía y control.
Pero conviene evitar una interpretación excesiva. Tener un vínculo intenso con un gato no significa sufrir inestabilidad emocional, y una personalidad con alto neuroticismo no determina cómo será la relación. En realidad, la personalidad explica tendencias individuales, no destinos.
La literatura científica advierte que el apego a las mascotas es complejo y puede relacionarse también con la forma en que las personas establecen vínculos humanos. El animal puede funcionar como apoyo, pero no sustituye necesariamente las relaciones sociales.
El gato puede convertirse para algunas personas en un refugio frente al ruido del día. No porque exista una terapia felina universal, sino porque personalidad, necesidades afectivas y experiencias cotidianas pueden encontrarse en un vínculo afectivo cercano.
