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Las claves

Trabajar durante horas a pleno sol ya supone un esfuerzo importante para el organismo. Si además hay que cargar materiales, subir andamios y hacerlo con casco, botas, guantes y ropa de protección, una jornada de 40 grados puede convertirse en una auténtica prueba física.

Los propios trabajadores llevan años describiendo esa sensación. En una obra de Madrid, Juan Carlos Soriano explicaba a El País que el calor no procede únicamente del aire: andamios, paredes, asfalto y herramientas permanecen recalentándose durante horas bajo la radiación directa del Sol.

Otro albañil de Albacete lo resumía de forma todavía más gráfica: “Estar en el andamio con el casco es horroroso”. Trabajar a unos 40 grados con una pieza de plástico cubriendo continuamente la cabeza le resultaba, según relataba, “insoportable”.

La misma realidad continúa apareciendo este verano. Paco Nicolás, albañil murciano con alrededor de 30 años de experiencia, trabajaba recientemente en una promoción de viviendas de Guadalupe donde a las nueve y media de la mañana ya se registraban 34,5 ºC, según recogía La Razón.

Uno de sus compañeros explicaba que entre las dos y las tres de la tarde el calor llega a ser “impresionante”. Nicolás recurre a beber agua continuamente, aunque las recomendaciones oficiales dejan claro que la hidratación por sí sola no elimina el peligro.

Deshidratación, calambres y dolor de cabeza

El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo considera precisamente la construcción uno de los trabajos especialmente expuestos al estrés térmico. En estas actividades coinciden altas temperaturas, radiación solar directa y un esfuerzo físico que aumenta la producción interna de calor del organismo.

A esa combinación se añade el equipo necesario para evitar otros accidentes. Casco, guantes, botas de seguridad o determinadas prendas no son accesorios prescindibles: protegen frente a golpes, cortes, caídas de objetos, quemaduras y otros riesgos habituales dentro de una obra.

Sin embargo, algunos equipos pueden añadir carga térmica. El INSST incluye entre los factores que favorecen el estrés por calor la utilización de equipos de protección que dificultan la evaporación del sudor, uno de los principales mecanismos que utiliza el cuerpo para refrigerarse.

Esto no significa que deba retirarse un casco o dejar de utilizar un equipo obligatorio cuando sube la temperatura. La prevención consiste precisamente en adaptar la organización del trabajo y seleccionar, cuando sea posible, equipos que mantengan la protección sin incrementar innecesariamente la sobrecarga térmica.

El organismo intenta compensar el calor aumentando el flujo sanguíneo hacia la piel y produciendo sudor. Si este mecanismo deja de resultar suficiente, pueden aparecer deshidratación, calambres, agotamiento, mareos, dolor de cabeza y, en los casos más graves, un golpe de calor.

El problema tampoco puede calcularse mirando únicamente la temperatura máxima prevista. El INSST señala que el estrés térmico depende también de la humedad, la radiación solar, el viento, la intensidad del esfuerzo físico y la ropa utilizada durante la actividad.

Por eso dos trabajadores expuestos a 40 ºC pueden afrontar cargas térmicas muy diferentes. No es lo mismo permanecer a la sombra realizando una actividad ligera que levantar materiales sobre un andamio, directamente bajo el Sol y equipado para protegerse frente a los numerosos riesgos de la construcción.

El calor afecta además antes de que aparezca una emergencia médica. Puede disminuir la destreza manual y perjudicar la concentración, la memoria a corto plazo, la coordinación motriz y la percepción visual, capacidades especialmente importantes cuando se utilizan herramientas o se trabaja en altura.

Los datos de siniestralidad refuerzan esa relación. El INSST recuerda que los accidentes laborales aumentan un 17,4% durante las olas de calor y sitúa a la construcción entre los sectores con mayor exposición a la radiación solar intensa.

La respuesta preventiva puede incluir comenzar antes, desplazar determinadas tareas, introducir más descansos, facilitar zonas frescas y reducir el esfuerzo en las horas centrales. El propio organismo contempla incluso la paralización temporal de trabajos cuando las condiciones no permiten garantizar la seguridad.

La legislación española también obliga a actuar. En los trabajos al aire libre deben adoptarse medidas frente a temperaturas extremas y, cuando no exista otra forma de proteger adecuadamente al trabajador, pueden prohibirse determinadas tareas durante las horas meteorológicamente más adversas.

Si AEMET o el servicio autonómico correspondiente activa un aviso naranja o rojo y las medidas existentes siguen siendo insuficientes, la empresa deberá adaptar las condiciones, incluida la reducción o modificación de las horas de la jornada. La regla se aplica también a las obras de construcción.

Trabajar con 40 grados no consiste, por tanto, simplemente en “aguantar calor”. El cuerpo tiene que eliminar simultáneamente el calor generado por el esfuerzo, el recibido del ambiente y la radiación solar mientras el trabajador continúa utilizando un equipo imprescindible para protegerse de otros peligros.

Los testimonios de los albañiles describen justamente esa contradicción: casco, guantes y ropa pueden salvarles de accidentes, pero en una jornada extrema también hacen todavía más exigente mantener la temperatura corporal. La solución no es prescindir de la protección, sino evitar que el trabajador tenga que llevar su organismo hasta el límite para completar la jornada.