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Las claves

Cuando el termómetro supera los 40 grados, el campo no puede trasladarse a una nave climatizada. Cada vez más agricultores están cambiando el reloj de sus explotaciones y comienzan a trabajar de madrugada o de noche para terminar las tareas antes de que llegue la franja más peligrosa.

El cambio ya se observa en cultivos muy diferentes. Arroceros y citricultores de la Comunitat Valenciana han desplazado tratamientos y labores mecanizadas hacia las horas nocturnas, mientras los productores de cereza del Valle del Jerte empiezan a recoger alrededor de las cuatro de la madrugada.

En La Safor, algunos agricultores han mecanizado sus parcelas precisamente para poder trabajar después de ponerse el sol. Vicent Sabater, secretario comarcal de La Unió Llauradora i Ramadera, explica que las jornadas tradicionales resultan cada vez más difíciles de mantener cuando el calor extremo se prolonga durante horas.

La misma adaptación empieza a aparecer en La Rioja. Agricultores de Rincón de Soto y Alfaro recurren al trabajo nocturno para reducir la exposición de las personas y limitar algunos daños sobre frutas de hueso que están sufriendo deshidratación, quemaduras y alteraciones en su desarrollo.

Por eso, afirmar que la noche es “la única forma” de evitar las horas peligrosas debe entenderse como una descripción de situaciones extremas, no como una regla aplicable a todas las explotaciones. También pueden adelantarse las jornadas, reducirse las tareas, introducir pausas o suspenderse temporalmente determinados trabajos.

Ya no vale el horario partido

En el Valle del Jerte, por ejemplo, las cuadrillas han trasladado la recogida manual de cerezas a la madrugada y terminan alrededor de la una de la tarde. Antes podían trabajar en horario partido, pero continuar entre las tres y las seis se ha vuelto insoportable durante los episodios más cálidos.

La adaptación no responde únicamente a la incomodidad. Recoger fruta, cargar cajas, caminar entre cultivos o manejar herramientas obliga a los músculos a generar calor, que se suma al producido por la radiación solar, la humedad y la elevada temperatura ambiental.

Cuando el organismo no consigue expulsar esa energía mediante el sudor y el aumento del flujo sanguíneo hacia la piel, comienza a acumular calor. Pueden aparecer debilidad, dolor de cabeza, calambres, mareos, náuseas, desorientación y, en los casos más graves, un golpe de calor.

La exposición también afecta a la seguridad. La investigación relaciona el trabajo bajo temperaturas elevadas con fatiga, pérdida de concentración, menor rendimiento psicomotor y un aumento del riesgo de sufrir accidentes laborales.

El verano de 2026 ha reforzado la necesidad de reorganizar los horarios. Junio fue el segundo más cálido registrado en España desde 1961, con una temperatura media 3,2 grados superior al promedio de 1991-2020, y recibió únicamente el 39% de la lluvia habitual.

El calor también condiciona el propio cultivo. En el arroz valenciano, algunos tratamientos contra hongos pierden eficacia o no deben aplicarse por encima de determinadas temperaturas. Los agricultores se ven obligados a entrar en los campos de noche para trabajar dentro de un margen térmico adecuado.

La noche, sin embargo, tampoco elimina todos los riesgos. Las temperaturas mínimas pueden permanecer elevadas, la humedad puede dificultar la evaporación del sudor y la falta de luz introduce peligros relacionados con la maquinaria, los desplazamientos y la visibilidad.

Las explotaciones deben proporcionar iluminación suficiente, organizar descansos y evitar que una persona permanezca aislada. Cambiar la jornada tampoco puede significar prolongarla indefinidamente después de haber comenzado durante la madrugada.

La legislación española obliga a adaptar las condiciones de los trabajos al aire libre frente a fenómenos meteorológicos adversos. Cuando las medidas preventivas no sean suficientes y exista un aviso naranja o rojo, puede resultar obligatorio reducir o modificar las horas de la jornada.

Trabajar de noche se está convirtiendo así en una herramienta de adaptación para una parte del campo español. No es la única medida posible, pero en determinados cultivos y durante los episodios más extremos puede ser la única franja en la que todavía resulta razonable entrar en una parcela sin exponer a los trabajadores a las peores horas del calor.