P. G. Santos
Publicada
Las claves

Durante nueve generaciones, la familia de Francesc Font ha trabajado la misma tierra. Él también eligió el campo, pero su formación como ingeniero técnico le llevó a mirar la explotación con otros ojos: datos, números, información y ciencia aplicada.

Cuando terminó sus estudios, comenzó a registrar cada detalle de su finca. Costes, rendimientos y evolución quedaron almacenados durante años en cientos de archivos de Excel. La acumulación de información terminó mostrando una conclusión incómoda: las cuentas no salían.

"Todos los que trabajamos en el campo sabemos que es difícil", explica el agricultor en una entrevista. Los márgenes son justos, los insumos cuestan más y los agricultores reciben menos por su producción. Sin embargo, poner cada cifra por escrito finalmente cambió su perspectiva.

Font entendió entonces que el problema no era únicamente económico. Una explotación agrícola también depende de la salud de la tierra que sostiene sus cultivos. Y cuanto más estudiaba sus parcelas, más dudas le generaba el modelo familiar heredado.

La agricultura que había conocido se apoyaba en mucha química, maquinaria y labrado. Pero el ingeniero comenzó a preguntarse si aquella combinación era realmente la mejor manera de producir. La respuesta final empezó a aparecer bajo sus propios pies.

Cómo transformó su finca

Primero llegó el suelo. Después, la biodiversidad. Font empezó a comprender la importancia de la vida que existe bajo la superficie y cómo sus alteraciones podían transformar completamente una finca, desde su fertilidad hasta su capacidad para conservar agua.

Su formación universitaria ya le había acercado a una de las consecuencias más visibles del deterioro ambiental. En su trabajo final de carrera estudió la erosión de los suelos del Cap de Creus, comparando terrenos agrícolas y zonas quemadas.

Aquella investigación le permitió observar hasta qué punto podía perderse un recurso aparentemente inagotable. El suelo, sin embargo, no lo es. Y cuando revisó sus propias tierras, descubrió con preocupación que el mismo proceso también estaba ocurriendo allí todavía.

La suma de todas aquellas evidencias terminó provocando una profunda ruptura personal y profesional. Font comprendió que dedicaba su vida a una actividad que ofrecía una escasa rentabilidad y deterioraba gravemente los recursos naturales de los que siempre dependía.

"No me estoy ganando la vida, me estoy cargando mis suelos y la biodiversidad de mi finca", resume al recordar aquel momento. También veía cómo su actividad, lejos de mejorar el entorno, podía estar agravando su deterioro.

Fue entonces cuando las piezas comenzaron a encajar. Economía, erosión, biodiversidad y conocimiento científico apuntaban en una dirección similar. Si el modelo no era rentable y además degradaba la tierra, Font decidió que necesitaba encontrar otra forma de producir.

De esa búsqueda nació su apuesta por la agricultura regenerativa: enfoque que sitúa la recuperación de la salud del suelo y la biodiversidad en el centro de la producción agrícola. Para Font, el cambio comenzó observando, midiendo y cuestionando.

Su historia refleja una transformación poco habitual: la de un agricultor de novena generación que no reniega de su tradición, pero sí se atreve a revisar sus fundamentos. La experiencia familiar deja paso al conocimiento acumulado durante 20 años.