Las olas de calor pueden afectar y deteriorar de forma directa el rendimiento de la memoria a corto plazo y la capacidad de concentración. Múltiples investigaciones en el campo de la psicología ambiental y la neurociencia confirman que el estrés térmico altera las funciones cognitivas superiores.
Este fenómeno se traduce en una pérdida inmediata de la agilidad mental, provocando que tareas cotidianas que requieren retención de información o toma de decisiones se vuelvan notablemente más difíciles y propensas a errores bajo temperaturas extremas.
El origen de este problema se encuentra en una estricta respuesta de supervivencia gestionada por el hipotálamo. Al enfrentarse a temperaturas ambientales que rozan o superan los 40 grados, nuestro cerebro se ve obligado a desviar gran parte de su energía y flujo sanguíneo hacia el control térmico y la sudoración para enfriar el organismo.
Como consecuencia ante ese acto, la corteza prefrontal sufre un déficit de recursos energéticos, lo que genera la conocida sensación de mente espesa: es cuando nos sentimos muy cargados, no podemos concentrarnos y, por consiguiente, nos olvidamos de cosas.
Los efectos de las olas de calor
Por supuesto, a todo esto se suman también factores puramente fisiológicos como la posible deshidratación y la privación de sueño crónica durante las famosas noches tropicales, que están en auge este verano de 2026 porque no paran.
La pérdida mínima de líquidos en el cuerpo disminuye la presión sanguínea y reduce la velocidad con la que los neurotransmisores transmiten información, provocando con ello la imposibilidad de llegar a las fases de sueño profundo debido al calor nocturno, que impide que el cerebro asiente toda esa información que hemos ido recabando durante todo el día.
Eso, al final, y cuando la situación se repite una y otra vez durante las temporadas de verano, provoca que cada vez olvidemos más información y estemos más irritables y más irascibles, lo que por consiguiente también tiene consecuencias en las decisiones que tomamos a lo largo de las jornadas y las relaciones que tenemos con los demás.
Los efectos, con todo, suelen ser descritos como temporales y reversibles una vez el cuerpo ya ha vuelto a su temperatura normal, dejando de luchar contra el calor extremo. Pero el impacto puede ser más duradero o severo entre la población más vulnerable.
Los niños o las personas que trabajan al aire libre, por ejemplo, así como los ancianos, presentan una menor capacidad de autorregulación térmica, lo que eleva el riesgo de sufrir un deterioro cognitivo. Por ello, hay que evitar las horas de calor e hidratarse constantemente.
