Con más de 20 años entre placas, herramientas y obras, Luis Miguel Francisco conoce bien el precio físico de trabajar como instalador de pladur. Ha pasado por dos operaciones de codo y admite que su cuerpo tiene límite.
"Sé que no llegaré a los 65 trabajando así. Este trabajo destroza brazos, espalda y rodillas", explica el instalador durante una entrevista en el Sector Oficios Podcast. Su testimonio retrata una profesión exigente, marcada por esfuerzo físico y desgaste acumulado.
Luis Miguel empezó a trabajar con apenas 13 años, ayudando a su padre y a su abuelo. Desde entonces ha visto evolucionar el oficio y también las dificultades que afrontan quienes deciden trabajar por cuenta propia dentro del sector de la construcción española.
Él mismo aprendió esa lección a base de golpes. Se hizo autónomo a los 24 años convencido de que ganaría más dinero, pero estuvo cerca de hundirse. "Nadie me explicó lo que tenía que pagar", recuerda sobre aquella primera experiencia empresarial.
Reducir la carga física
Con el tiempo comprendió que facturar no significa necesariamente ganar dinero. "Hay muchos autónomos que no saben calcular lo que realmente ganan", sostiene.
Gasolina, herramientas, impuestos, días sin trabajo y otros gastos pueden convertir una tarifa aparentemente atractiva en insuficiente. Por eso cuestiona que algunos profesionales acepten cobrar 120 o 150 euros diarios sin hacer previamente las cuentas.
"No ha hecho cuentas, no sabe que así no llega a fin de mes", afirma sobre quienes trabajan con esas cantidades como referencia. La experiencia también le ha llevado a reclamar mayor profesionalización.
Luis Miguel denuncia la presencia de "mucho pirata" en el sector y critica que determinadas obras prescindan de procedimientos adecuados para abaratar costes, perjudicando a quienes trabajan respetando normativa y estándares profesionales.
A su juicio, esa dinámica alimenta una cultura del "vale todo" que termina desprestigiando el oficio. Algunos clientes priorizan el precio y determinados trabajadores responden haciendo las cosas deprisa, una estrategia que puede terminar provocando problemas posteriores y costes adicionales.
Frente a ese modelo, Luis Miguel quiere construir una identidad profesional basada precisamente en lo contrario. "Quiero que cuando alguien vea mi marca diga: quiero que esa empresa trabaje para mí", explica. Su objetivo no es ser barato, sino convertirse en referencia.
Pero el dinero no es la única preocupación. El cuerpo también pasa factura. Después de dos operaciones de codo, el instalador reconoce que necesita cambiar procesos para reducir la carga física. Su experiencia le obliga a asumir que no podrá mantener ese ritmo indefinidamente.
Aun así, reconoce que le cuesta quedarse quieto. "Si veo a alguien trabajando, me tengo que poner a su lado", explica. Esa inquietud resume también su manera de entender el oficio: seguir involucrado, aunque sea consciente de que cada esfuerzo tiene consecuencias.
Luis Miguel considera que España necesita profesionales cualificados, pero advierte de que muchos están "quemados o mal pagados". Él establece su propio límite: no volvería a ser asalariado por menos de 2.500 euros mensuales, con ocho horas y fines de semana libres.
Después de tantos años, su prioridad no pasa por construir una empresa enorme, sino por trabajar con dignidad. "Aquí no basta con saber poner pladur, hay que saber también cuánto vale tu trabajo", resume. Una conclusión aprendida entre obras, facturas y dolores.
