Javier lleva buena parte de su vida entre obras, presupuestos y encargos, pero hay algo que considera imposible de valorar con dinero: decidir cuándo trabaja y cuándo desconecta completamente.
Este albañil valenciano comenzó a trabajar antes de cumplir los 15 años, siguiendo los pasos de su padre, que ya estaba empleado en una empresa dedicada al sector de la construcción.
Su entrada en la profesión comenzó desde abajo, realizando las tareas propias de un peón y aprendiendo progresivamente el oficio. La cercanía con trabajadores experimentados facilitó aquella formación inicial.
Con el paso de los años, su padre decidió hacerse autónomo y ambos terminaron formando una cuadrilla. Aquella nueva etapa estuvo condicionada por una crisis anterior que había obligado a empezar prácticamente desde cero.
El padre de Javier había perdido casas, campos y otros bienes después del fracaso de una empresa dedicada a las promociones. Sin embargo, consiguió regresar a la construcción y recuperar progresivamente su actividad.
Ciertas ventajas
La experiencia dejó una enseñanza que la familia mantuvo durante los años posteriores: invertir únicamente el dinero disponible y evitar las deudas para reducir los riesgos cuando llegasen momentos económicos complicados.
Cuando llegó el siguiente desplome económico, la empresa familiar tenía 12 trabajadores y tuvo que afrontar numerosos finiquitos. Sin embargo, las compras realizadas anteriormente estaban pagadas y no acumulaban grandes hipotecas.
Ahora Javier trabaja por cuenta propia y reconoce que recibe más encargos de los que puede asumir. Precisamente por eso considera fundamental controlar la carga laboral y no aceptar trabajos imposibles.
Ser autónomo también implica dedicar tiempo a tareas alejadas de la albañilería. Durante los fines de semana prepara presupuestos, emite facturas y registra horas, materiales y trabajos realizados para sus clientes.
A pesar de esas obligaciones, Javier defiende que un autónomo también puede establecer límites y desconectar. "Si alguien quiere hacerse autónomo, que sepa que se puede apagar el móvil. Yo lo hago los fines de semana", afirma.
Esa capacidad para organizar su tiempo es precisamente lo que más valora de su situación actual. "No me iría a una empresa nunca. Poder librar un viernes si me apetece no tiene precio", asegura el albañil.
Su independencia pesa incluso frente a un salario fijo de 3.000 euros mensuales, cantidad que actualmente no sería suficiente para convencerle de regresar a trabajar para una empresa.
Javier también cree que la autonomía le permite aprovechar mejor su experiencia y completar determinados encargos en menos tiempo. Para él, planificar cada proyecto resulta fundamental para trabajar correctamente.
Su trayectoria refleja las dos caras del trabajo por cuenta propia: mayor libertad para decidir horarios y encargos, pero también más responsabilidades administrativas y necesidad de controlar constantemente los límites profesionales.
