Quien convive con un perro, o especialmente un gato, conoce la escena: tras un día complicado, basta con sentarse al lado de nuestro animal de compañía, dejar que se acomode a nuestro lado y simplemente convivir en silencio.
Ni nos pregunta, ni nos juzga ni tampoco nos exige explicación alguna. Simplemente está, y es precisamente eso lo que más nos reconforta. De hecho, para algunas personas, esta relación "silenciosa" puede ser su vínculo emocional más importante.
En este aspecto, un estudio publicado en BMC Psychiatry planteó una posibilidad llamativa: las personas que se sienten menos cómodas confiando o dependiendo de otros seres humanos podrían desarrollar vínculos especialmente intensos con sus animales de compañía.
En ciertos casos, este apego hacia un animal podría "compensar" la inseguridad hacia las relaciones humanas.
Un pilar básico emocional
Aunque el estudio se realizó íntegramente con perros, sería fácilmente extrapolable al apego que sentimos por los gatos y otras mascotas. En este caso, se analizó a 610 participantes, siendo el 93% mujeres y con una edad media de 33 años, todas procedentes de Alemania.
Se les evaluó mediante cuestionarios de apego emocional hacia su mascota, además de su forma de relacionarse con otros seres humanos y la posible presencia de síntomas de malestar psicológico.
Los investigadores se apoyaron en la teoría del apego. Según este marco psicológico, nuestras primeras experiencias afectivas contribuyen a formar una especie de mapa sobre las relaciones: aprendemos hasta qué punto podemos confiar en los demás, pedir ayuda o sentirnos seguros mostrando vulnerabilidad.
Cuando este aprendizaje es favorable, suele hablarse de un apego seguro. Por contra, algunas personas desarrollan mayor temor al rechazo, dificultad para depender de otros o tendencia a mantener cierta distancia emocional.
Esto no significa que no necesiten afecto sino todo lo contrario: la necesidad de conexión continúa existiendo, pero las relaciones humanas pueden percibirse como imprevisibles, arriesgadas o agotadoras.
Ahí es donde una mascota puede ofrecer un espacio emocional diferencial. La convivencia con un perro o un gato proporciona cercanía, rutinas, contacto físico y una sensación de aceptación relativamente estable.
Un animal no maneja los códigos sociales complejos de una amistad o una pareja, ni formula críticas verbales ni guarda rencores. Para alguien que teme al rechazo, este vínculo puede resultar más fácil de construir y conservar.
En este estudio en particular, un mayor apego hacia una mascota se relacionó con una menor comodidad para confiar o depender de otras personas y con un mayor temor a no ser querido.
Estos rasgos, a su vez, estaban asociados con una mayor carga de síntomas psicológicos. Sin embargo, no era el amor por el animal lo que explicaba el malestar, sino más bien la inseguridad existente frente a los vínculos humanos.
Es decir, querer intensamente a una mascota no es un signo de mala salud mental en absoluto. A su vez, tampoco puede afirmarse que las personas adopten animales conscientemente para sustituir a los humanos.
Cabe destacar que este estudio fue transversal; en otras palabras, era una "fotografía" de las opiniones de los participantes en un momento concreto. No es posible saber qué apareció primero, si la desconfianza hacia los humanos, el malestar psicológico o el vínculo intenso con sus animales de compañía.
Además, la muestra estaba formada casi exclusivamente por mujeres que fueron captadas vía online, lo que limitaría la generalización de los resultados. De hecho, la evidencia científica sobre mascotas y salud mental sigue siendo contradictoria.
Una revisión sistemática publicada el pasado año 2025 encontró estudios que relacionaban un mayor apego por nuestras mascotas con un mayor bienestar, mientras que otros estudios lo relacionarían con una peor salud mental, e incluso había estudios que no detectaban una relación clara.
Por tanto, no existiría una regla universal que pueda relacionar un mayor apego con nuestra mascota con la soledad o la desconfianza.
La conclusión más razonable, por tanto, puede que sea otra: los animales de compañía pueden convertirse en figuras de apoyo y, en algunas personas, complementar relaciones humanas satisfactorias; sin embargo, en otros casos, ofrecerían seguridad durante etapas de aislamiento, pérdida o mayor vulnerabilidad.
El problema real no es encontrar consuelo en nuestro perro o gato, sino que este vínculo sea nuestra única relación o nuestro pilar básico de confianza.
