La imagen de interminables hileras de olivos desnudos, sin flores silvestres, insectos ni aves, preocupa cada vez más a quienes trabajan diariamente la tierra. Para la agricultora jiennense Marifé Bruque, esta transformación refleja un problema ambiental cuya magnitud ya resulta imposible ignorar.
La gerente de la marca de aceite Finca San José, afincada en Linares, sostiene que el cambio climático ya condiciona cada campaña agrícola. A su juicio, los agricultores perciben antes que nadie una realidad marcada por fenómenos extremos, lluvias irregulares y temperaturas alejadas de cualquier normalidad conocida.
"Vivimos un cambio climático, no tenemos temperaturas medias, tenemos extremas", afirmó en una entrevista Bruque, convencida de que las alteraciones meteorológicas ya no son una excepción.
Las precipitaciones también han cambiado profundamente, alternando largas sequías con episodios torrenciales difíciles de aprovechar para el cultivo. Cuando las lluvias llegan concentradas en pocas horas, el agua apenas penetra en terrenos castigados por el calor.
Se producen escorrentías superficiales que reducen la infiltración y limitan el aprovechamiento hídrico, precisamente cuando cada gota resulta imprescindible para mantener los olivares saludables y productivos.
La recuperación del ecosistema
Frente a este escenario, Bruque decidió hace ocho años recuperar la finca familiar aplicando un modelo completamente distinto. Tras una carrera como ingeniera industrial, regresó a Jaén convencida de que producir aceite también podía contribuir a restaurar naturaleza.
Su decisión implicó abandonar prácticas habituales basadas en herbicidas y apostar por una gestión ecológica. Recuperó la cubierta vegetal, introdujo abonado natural mediante caballos y comenzó a replantar especies autóctonas, buscando devolver al paisaje agrícola buena parte de su biodiversidad perdida históricamente.
Los resultados, según relata, fueron visibles en poco tiempo. Donde antes predominaba un terreno prácticamente desprovisto de vida, empezaron a regresar insectos polinizadores, aves y pequeños mamíferos.
Para la agricultora, la recuperación del ecosistema demuestra que otra manera de cultivar resulta posible. Además de favorecer la biodiversidad, Bruque considera que este modelo aporta ventajas agronómicas especialmente relevantes durante los periodos secos.
La cubierta vegetal protege el suelo, mejora su estructura y permite conservar mejor la humedad disponible, reduciendo parcialmente los efectos derivados de la escasez hídrica.
La agricultora también participa junto a la Universidad de Granada en un proyecto destinado a instalar hidroinfiltradores. Estos dispositivos buscan conducir el agua de lluvia hacia las raíces del olivo, evitando que buena parte termine evaporándose sobre superficies excesivamente secas y calientes.
Su explotación forma parte de Olivares Vivos, una iniciativa impulsada por SEO/BirdLife para compatibilizar producción agrícola y conservación ambiental.
El proyecto propone manejar sosteniblemente la cubierta herbácea, restaurar espacios improductivos mediante vegetación autóctona e instalar elementos que favorezcan la fauna silvestre presente.
Bruque recuerda que creció entre olivos y siempre quiso dedicarse al campo, aunque inicialmente encontró resistencias familiares por ser mujer. Aquella vocación terminó imponiéndose décadas después, cuando decidió regresar definitivamente a la finca para desarrollar un proyecto agrícola profundamente diferente y sostenible.
La agricultora sostiene que el futuro del olivar dependerá de personas dispuestas a transformar el paisaje y aprovechar mejor unos recursos cada vez más limitados. Mientras el clima continúa mostrando señales inequívocas de cambio, defiende que recuperar biodiversidad constituye también una inversión para garantizar cosechas resilientes.
