Pronuncias el nombre desde el sofá. Nada. Lo vuelves a repetir elevando la voz, pero tu mascota ni siquiera mueve una oreja. A la tercera llamada ya empiezas a sospechar que tu gato no se ha aprendido su nombre tras unos cuantos años de repeticiones.
Sin embargo, una imperceptible sacudida de orejas puede llegar a delatar a nuestro peludo compañero de vida: probablemente sí nos ha oído y, además, reconoce que nos dirigimos a él. Otra cuestión es que considere responder.
Así lo sugirió un estudio publicado el pasado año 2019 en la revista Scientific Reports, aportando la primera evidencia experimental de que los gatos domésticos sí pueden diferenciar su nombre de otras palabras pronunciadas por los seres humanos.
Pero, por lo visto, también deciden ignorarnos cuando lo ven conveniente.
Te ignora a propósito
Para comprobarlo, un grupo de investigadores japoneses realizó cuatro experimentos con gatos domésticos, en un laboratorio universitario o en un café de gatos. Los científicos usaron una técnica conocida como habituación-deshabituación.
Primero reproducían cuatro palabras distintas, separadas por intervalos de 15 segundos. Al escucharlas repetidamente, muchos gatos iban perdiendo interés y sus reacciones disminuían.
A continuación, sonaba su nombre. Si el animal volvía a mover las orejas, giraba la cabeza o modificaba su conducta, se interpretaba que había detectado algo diferente.
Y eso fue precisamente lo que ocurrió. En varios de estos experimentos, los gatos reaccionaron con mayor intensidad al escuchar su nombre en comparación a palabras japonesas con una longitud y una entonación similares.
Asimismo, también fueron capaces de reconocerlo cuando lo pronunciaba una persona desconocida, lo que indica que no respondían únicamente a la voz familiar de su cuidador.
Las respuestas, eso sí, fueron discretas: más de la mitad de los animales reaccionaron moviendo las orejas o la cabeza y menos del 10% maulló, movió la cola o se desplazó.
En otras palabras, reconocer su propio nombre no implicaba necesariamente levantarse, acercarse o establecer contacto con la persona que llamaba. El gato podía limitarse a registrar la información y continuar con sus asuntos sin hacer ni caso.
Según explican los investigadores, el hecho de aprenderse su propio nombre probablemente se debe a que es una de las expresiones humanas que escuchan con mayor frecuencia y suelen asociar a acontecimientos relevantes: recibir comida, jugar, ser acariciados, entrar en el transportín o visitar al veterinario.
En realidad, los gatos no necesitan comprender que ese sonido representa su identidad; tan solo les basta con aprender que determinada combinación de fonemas suele anticipar algo que les afecta.
Por otro lado, el entorno también importa. Los gatos domésticos distinguieron su nombre del de otros felinos con los que convivían, pero los procedentes del café de gatos tuvieron más dificultades.
En estos establecimientos, numerosas personas llaman a distintos animales y las recompensas no siempre llegan al destinatario correcto. Además, precisamente esta parte del estudio se realizó en un único café, por lo que estos resultados deben interpretarse con prudencia.
En cuanto a las limitaciones del estudio, cabe destacar que las muestras fueron relativamente pequeñas y algunos animales participaron en más de un experimento. Además, solo se analizaron gatos acostumbrados al idioma japonés.
Tampoco se demostró que comprendieran semánticamente su nombre, y mucho menos que decidiesen ignorar a sus dueños deliberadamente, aunque es lo que puede interpretarse de estos resultados.
Lo que sí es posible interpretar es que el aparente desinterés de los gatos no equivale a ninguna falta de comprensión.
De hecho, aunque estos animales también son capaces de ignorar a sus dueños, cuando llamamos a un perro solemos esperar una respuesta visible; en los gatos, en cambio, es posible ver cómo reconoce perfectamente el estímulo pero lo expresa tan solo moviendo muy sutilmente las orejas.
Así pues, el mejor consejo sería ser más observador la próxima vez que llames a tu gato: si realiza algún movimiento sutil y casi imperceptible, ha escuchado y comprendido perfectamente la llamada.
Simplemente, no ha visto factible interrumpir sus quehaceres en ese momento para responder a dicha llamada.
