P. G. Santos
Publicada
Las claves

Julián apenas había cumplido 16 años cuando su padre le planteó una decisión que marcaría el resto de su vida. Si los estudios no despertaban su interés, tendría que aprender un oficio. Lejos de verlo como un castigo, aceptó el reto convencido.

Mucho antes de incorporarse oficialmente al negocio familiar, el madrileño ya había descubierto el ambiente del taller. Con apenas 13 años acompañaba a su padre mientras instalaba cerraduras por distintos puntos de la ciudad, aprendiendo el valor del esfuerzo desde la experiencia diaria.

Aquellos primeros contactos con el oficio despertaron una vocación inesperada. Cuando el negocio familiar creció y abrió su propio taller, Julián comenzó a acudir cada tarde después de clase, además de dedicar los sábados y las vacaciones estivales a observar, practicar y aprender.

Con el paso del tiempo comprendió que disfrutaba trabajando con las manos mucho más que sentado frente a los libros. Su padre, convencido de que acabaría cansándose, decidió darle una oportunidad. Sin embargo, el joven encontró precisamente allí el camino profesional que buscaba.

Un sacrificio con recompensa

Su estreno definitivo llegó en una gran obra situada en Sanchinarro, al norte de Madrid. Cada jornada comenzaba antes del amanecer. Se levantaba a las cinco de la mañana y no regresaba a casa hasta bien entrada la noche, como ha explicado en una entrevista con Sector Oficios Podcast.

Las condiciones distaban mucho de ser cómodas. Recuerda inviernos tan fríos que necesitaba ponerse tres pantalones para soportar las bajas temperaturas. Incluso debían romper el hielo acumulado para poder lavarse las manos antes de continuar con la siguiente tarea prevista.

Mientras muchos amigos dedicaban su tiempo libre a reunirse en parques o salir sin preocupaciones, Julián destinaba la mayor parte de sus días al trabajo. Aquella constancia, asegura, le permitió comprar una vivienda cuando únicamente tenía 19 años de edad.

Fuera del horario laboral disfrutaba de la vida propia de cualquier joven de su edad. Salía de fiesta durante los fines de semana, pero nunca permitió que esas noches afectaran a sus responsabilidades: "Llevo 25 años y ni un día de baja".

La empresa familiar ha evolucionado con el paso de los años, aunque mantiene la filosofía inculcada por su padre. Hoy trabajan 10 personas y ofrecen desde estructuras metálicas hasta rejas, puertas o pequeñas reparaciones domésticas para clientes particulares que valoran un servicio completo.

Julián considera que el sector atraviesa un profundo cambio generacional.

En su opinión, cada vez resulta más complicado encontrar profesionales dispuestos a asumir trabajos exigentes físicamente, especialmente en grandes obras, donde critica los largos plazos de cobro y determinadas retenciones económicas existentes actualmente.

Frente a ese escenario, defiende que trabajar para particulares ofrece mayores garantías económicas y una relación más directa con el cliente. Además, las redes sociales se han convertido en una herramienta decisiva para dar visibilidad a su trabajo y captar nuevos encargos.

Su mayor referente continúa siendo su padre, que a los 68 años sigue acudiendo diariamente al taller. Julián asegura que continúa siendo el primero en llegar y el último en marcharse.

Ese ejemplo resume la filosofía familiar: trabajar bien, terminar cada encargo y hacerlo siempre como si fuera para la propia casa.