P. G. Santos
Publicada
Las claves

La vida del trabajador autónomo en España suele estar llena de grandes desafíos constantes y una enorme carga administrativa. Rubén Ariza es un claro ejemplo de esta compleja realidad que enfrentan muchos profesionales de los oficios tradicionales cada día.

Este fontanero, según relató en una entrevista, comenzó su dilatada trayectoria profesional cobrando apenas 20 euros semanales mientras aprendía junto a su tío. Tras adquirir mucha experiencia, decidió dar un paso valiente hacia adelante y montar su propia empresa de grandes servicios.

Sin embargo, el camino del emprendimiento resultó estar plagado de enormes obstáculos y momentos realmente complicados. Las elevadas cotizaciones impuestas por la actual Seguridad Social dificultan enormemente poder ofrecer salarios justos a todos sus fieles y muy jóvenes empleados.

Rubén denuncia firmemente que Hacienda recauda una cantidad excesiva dejando escasas ayudas para los pequeños empresarios. Estas excesivas cargas fiscales merman gravemente el margen necesario para mejorar siempre las condiciones económicas de cualquier trabajador.

Un enorme sacrificio personal

El enorme sacrificio personal constituye otro amargo aspecto destacado por este incansable emprendedor. A menudo debe trabajar durante más de 10 horas diarias intentando mantener a flote aquel negocio que fundó con tanta ilusión y enorme esfuerzo físico.

A estas fatigosas rutinas laborales se suman distintos contratiempos sumamente graves que pusieron en grave riesgo toda su estabilidad económica. Llegó a acumular retrasos financieros por valor cercano a los quince mil euros provenientes de sus diversos clientes.

Pero las asombrosas adversidades de su particular vida no solo tienen relación con el implacable ámbito monetario. Existen situaciones verdaderamente inusuales que superan cualquier mala ficción y ponen en claro peligro la integridad física de estos profesionales.

Una de las anécdotas más rocambolescas y aterradoras de su intensa carrera ocurrió cuando acudió a realizar una reparación urgente. Dos clientas particularmente exigentes decidieron cruzar absolutamente todos los límites legales posibles durante aquel extraño servicio.

Al percatarse aquellas mujeres de que su aseguradora del hogar no cubriría finalmente los daños materiales, reaccionaron violentamente. Tomaron la decisión de secuestrar al propio operario encerrándolo fuertemente dentro de aquel muy estrecho domicilio.

Para agravar todavía más esa desesperante situación, una de ellas decidió incluso quitarle su único teléfono. Así querían evitar que Rubén pudiera pedir cualquier ayuda externa a las prontas autoridades policiales.

Según confesó recientemente el propio trabajador afectado, este tipo de insólito secuestro forzado ha llegado a ocurrirle hasta en dos ocasiones. Estas vivencias reflejan nítidamente los enormes peligros ocultos que asumen silenciosamente quienes prestan distintos servicios técnicos a domicilio.

A pesar de tantas amargas vicisitudes sufridas y de la asfixiante presión burocrática del sistema español, él nunca se rinde. Rubén defiende vehementemente su humilde oficio y asegura estar profundamente enamorado de esta difícil y muy apasionante vocación.

Únicamente desearía poder rebajar pronto su frenético ritmo de trabajo diario para gozar de mayor tiempo vital junto a su familia. Continuará reparando averías mientras exige dignificar urgentemente las injustas condiciones fiscales del pequeño empresario español más moderno.