P. G. Santos
Publicada
Las claves

Pese al avance de las tecnologías, hay oficios en los que el desgaste físico sigue siendo un habitual entre quienes lo ejercen. Una de las profesiones en las que más se sacrifica la salud de los trabajadores es la de albañil.

En España se calcula que hay alrededor de 1,5 millones de trabajadores en todo el sector de la construcción. Quienes más tiempo llevan en él relatan con crudeza las secuelas físicas con las que cada vez más se complica el relevo generacional.

El testimonio de Eduardo Roldán, albañil con tres décadas de experiencia a sus 46 años, encaja en una crisis de mano de obra que ya tensiona al sector de la construcción.

En su relato, que ha hecho público en Sector Oficios Podcast, la dureza del trabajo no es una idea abstracta, sino una factura acumulada en forma de "rodillas destrozadas, riñones reventados y las manos llenas de callos".

La albañilería "machaca físicamente"

La frase con la que condensa su situación no deja margen a la duda: la albañilería "machaca físicamente". Esa mezcla de esfuerzo continuado, desgaste muscular y jornadas al aire libre ayuda a explicar por qué el oficio se vuelve cada vez menos atractivo para quienes comparan sacrificio y salario.

El albañil denuncia que, aunque quiera ampliar plantilla, "no hay gente". Según su testimonio, los pocos candidatos que aparecen piden salarios propios de un profesional veterano sin contar con la experiencia necesaria.

Esa percepción refleja un problema más amplio en la construcción: faltan trabajadores cualificados y sobra incertidumbre para contratar. Roldán también advierte de un cambio generacional evidente.

A su juicio, quedan pocos jóvenes dispuestos a asumir un oficio tan exigente, mientras muchos de los trabajadores actuales se acercan a edades en las que el cuerpo empieza a pasar factura con más fuerza.

Su caso sirve para retratar un oficio que sigue siendo imprescindible, pero que arrastra una imagen de dureza extrema y poco relevo. En la práctica, esa combinación eleva la dificultad para encontrar oficiales formados y deja a pequeñas empresas y autónomos con menos margen para crecer.

También aparece una idea recurrente en su discurso: la obra no solo exige esfuerzo, sino paciencia, oficio y capacidad para resolver problemas sobre la marcha.

Para Roldán, el valor de un albañil no se mide solo por el tiempo trabajado, sino por la experiencia acumulada y por saber hacer bien cada tarea. Su historia encaja en una imagen más amplia de la construcción en España, marcada por el envejecimiento de las plantillas y la escasez de perfiles preparados.

En ese contexto, voces como la suya describen un sector que necesita mano de obra, pero también mejores incentivos para que los jóvenes quieran entrar y quedarse.

Roldán no idealiza el oficio: lo reivindica desde la verdad del cansancio, con la crudeza de quien conoce el precio del trabajo bien hecho. Y precisamente por eso su testimonio funciona como advertencia y como síntoma de un problema que ya no se puede tapar con una capa de cemento.