J. Rodríguez
Publicada
Las claves

Los grandes incendios que afectan cada verano a España no pueden explicarse con una única causa. Aunque la chispa que los origina suele deberse a una negligencia o a la acción humana, las condiciones meteorológicas determinan después su evolución y gravedad.

Esa es la idea que defiende Juan Jesús González-Alemán, doctor en Física y Meteorólogo Superior del Estado, quien ha compartido en la red social X un gráfico sobre la evolución de las temperaturas en la Península Ibérica durante 2026 comparadas con la climatología registrada entre 1940 y 2025.

El gráfico representa la temperatura a 850 hectopascales, aproximadamente a 1.500 metros de altitud, un indicador utilizado para analizar las masas de aire. Según explica el meteorólogo, los datos muestran un verano extraordinariamente cálido, muy por encima de los valores habituales durante un periodo prolongado.

En la representación, los colores rojos identifican los días con temperaturas superiores al percentil 90, mientras que el granate señala jornadas que incluso han superado los registros históricos. No se trata, insiste González, de un episodio aislado, sino de una anomalía mantenida durante prácticamente todo el verano.

Para el experto, resulta un error afirmar que el cambio climático no ha tenido influencia en los incendios que se están registrando. A su juicio, interpretar el gráfico y seguir negando esa relación supone ignorar la evidencia que reflejan los datos meteorológicos acumulados durante este año.

Sin embargo, también matiza que el clima no es el responsable directo del inicio de los incendios. La ignición suele producirse por una chispa, una imprudencia o, en algunos casos, por la actuación intencionada de un incendiario. Ahí es donde comienza realmente el fuego.

Lo que sí modifica el cambio climático, explica el meteorólogo, es el comportamiento posterior del incendio. Las semanas consecutivas de calor extremo resecan la vegetación hasta niveles mucho más elevados, mientras que los suelos acumulan menos humedad y las noches dejan de ofrecer el alivio térmico habitual.

Como consecuencia, el fuego mantiene una intensidad elevada durante más tiempo, las oportunidades para controlarlo se reducen y los trabajos de extinción se complican considerablemente. Un conato que décadas atrás podía extinguirse en pocas horas puede transformarse ahora en un incendio fuera de capacidad de los medios terrestres.

González insiste además en que la gestión forestal y el cambio climático no son factores enfrentados, sino fenómenos que se potencian mutuamente. Un monte deficientemente gestionado ya podía arder hace décadas, pero bajo las condiciones climáticas actuales desarrolla incendios mucho más intensos, rápidos y difíciles de contener.