"Se quema el territorio que no está gestionado, el territorio bien gestionado no se quema. No hay más vuelta de hoja". Paco Castañares sostiene que cuando se producen incendios como los que están devorando la Comunidad de Madrid no se acomete el problema real.
Castañares fue director de la Agencia de Medioambiente de la Junta de Extremadura entre los años 1989 y 1994, durante los gobiernos del socialista Juan Carlos Rodríguez Ibarra. En aquella época fue cuando empezaron los planes de extinción de incendios forestales.
A este experto no le extraña la magnitud que están alcanzando los incendios ahora mismo activos en España. Lleva varias décadas observando cómo un fenómeno global provoca un aumento sostenido en la ferocidad de las llamas. Y no es el calentamiento global.
Se trata de la desaparición del modo de vida rural. "En 1960 había un millón de personas que vivían en el campo de Extremadura. Abrían espacios al monte para sembrar, para alimentar al ganado en praderas y consumían mucha leña", recuerda.
Esa población terminó en las ciudades por obra del fenómeno migratorio y las tierras que abría tardaron una década en ser engullidas por el matorral. Junto a este proceso, los incendios empezaron a hacerse más numerosos y cada vez más agresivos.
"A finales de la década de 1980 y principios de la de 1990 es cuando aparecen los servicios de extinción y a mí me tocó hacer el primer plan de incendios forestales en España. Al principio, los incendios se apagaban fácilmente", apunta el experto.
¿Qué ha pasado? Castañares explica que el monte en la península Ibérica genera entre dos y cuatro toneladas por hectárea al año de vegetación nueva. Esto son 600 millones de toneladas entre España y Portugal. Y, en verano, esa vegetación se seca.
Los suelos no tienen suficiente agua para abastecer tanta vegetación y buena parte de ella se seca, se convierte en combustible para los incendios. "Cuando apagamos un incendio, se acumula el exceso de vegetación seca y hace que cada año los incendios sean más virulentos", señala.
Es decir, si cada año se producen 600 millones de toneladas de vegetación nueva y no se elimina -ya sea porque el ganado se lo come, se aprovecha para biomasa o se quema de forma controlada-, se va acumulando un polvorín que vigoriza las llamas.
Incendios inapagables
"Los incendios que tenemos ahora no se pueden apagar, pero ni nosotros ni los ejércitos de China o Estados Unidos. Tienen intensidades de calor que superan los 1.300 grados centígrados en la cabeza del incendio", señala Castañares.
Es decir, si viertes agua sobre ellos, ni siquiera los alcanza, se evapora antes, si una persona se acerca a menos de 200 metros, muere en 20 segundos. "Es que el incendio de Los Gallardos tuvo el doble de intensidad térmica que la bomba de Hiroshima", sostiene.
España cuenta con unos servicios de extinción de incendios, según Castañares, excepcionales, pero está ocurriendo una paradoja: "Cuanto más eficaces somos a la hora de apagar incendios, más grandes serán los incendios que vendrán luego".
Porque después de apagar un incendio no se retira el exceso de combustible vegetal y al año siguiente volverá a poner en riesgo a España de un gran incendio. "El incendio de La Mierla que ha quemado 32.000 hectáreas ha generado 11,4 veces la energía térmica de la bomba de Hiroshima. No se puede hacer nada", advierte.
Según Castañares, las diferencias entre un año lluvioso y uno seco en materia de incendios son menores. "Cuando llueve crece hierba que cuando se seca se convierte en pasto, arde muy rápido y conduce al fuego hacia el combustible grueso", sostiene.
Pero, por sí mismo, el pasto no es tan peligroso. Las ramas gruesas y finas de los árboles, el matorral o los arbustos, sí. Y tanto en un año seco como lluvioso, ese combustible se va a multiplicar. "A todos nos gusta ver el monte frondoso, pero es un peligro cuando se seca", avisa Castañares.
"Si hay más vegetación de la que el suelo es capaz de abastecer, cualquier chispa la va a poner a arder. Al ser combustible grueso, el incendio va a ser más grave que uno de pasto", dice el experto. Pero, ¿algún tipo de vegetación es más peligrosa?
Cuando se producen grandes incendios en España se suele hablar del pino o del eucalipto como especies muy inflamables. Castañares sostiene que el tipo de vegetación no es tan importante a la hora de generar un incendio incontrolable como la gestión del territorio.
"El fuego es la manera que tiene la naturaleza para evitar colapsar por culpa de la vegetación", cuenta. Si la vegetación seca se descontrola, los incendios serán voraces. Si se mantiene a raya, el fuego no tendrá tanta energía para consumir y será fácil de apagar.
"Toda esa vegetación seca es energía. Esos 60 millones de toneladas que el monte produce al año equivalen a 105 millones de barriles de petróleo, el 21% del consumo de esta materia que hace España en un año", asegura Castañares.
El experto, que es presidente de la Asociación Extremeña de Empresas Forestales y del Medioambiente, sostiene que la biomasa debería ser la primera fuente de energía que use un país, la energía que produce el bosque.
"De esa manera, se usa menos petróleo o gas y evitar que se queme produciendo un incendio que arrase vidas humanas y animales. Sirve para luchar contra el cambio climático", explica.
Una filosofía contraria
Pero, si es tan fácil evitar la virulencia de estos incendios, ¿por qué no se está limpiando el monte? "Porque existe una filosofía completamente urbanita de la gestión forestal que consiste en no tocar y sólo mirar. Parece que los que vivimos en medio rural hemos venido de Marte", apunta.
"Quieren echarnos, que la naturaleza sólo sirva para hacer turismo en ella o como paisaje. En los parques naturales, los incendios queman 20 puntos más que lo que queman en los espacios forestales que no están protegidos", explica.
"Ahora un señor con corbata desde la ciudad te pide un informe técnico del impacto medioambiental hasta para cortar una rama o desbrozar. La gente del campo sabe lo que hace, sus antecesores ya lo hacían y es sostenible, si no, se quedaban sin sustento", reclama.
Castañares, que también fue durante ocho años alcalde de Serradilla (Cáceres), señala que hay tres medidas que deberían hacerse de inmediato para mejorar la situación. La primera, proteger los pueblos para evitar la pérdida de núcleos poblacionales y vidas.
La segunda, que el Estado gestione un millón de hectáreas al año -España tiene 50,6 millones de hectáreas y el 38% es superficie forestal-, "lo que le costaría entre 2.500 y 3.000 millones de euros cada año y no tendríamos incendios monstruosos".
Y, por último, invertir en bioeconomía. Es decir, usar más madera, para muebles o estructuras, o, por ejemplo, generar electricidad a través de la biomasa. "No retirar esa biomasa del monte es un problema de protección civil".
