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Las claves

Durante los próximos días, España afrontará una breve tregua térmica. Sin embargo, parece que será un mero espejismo pasajero, dado que se trata de algo temporal. Al menos así lo explica el meteorólogo Duncan Wingen en Meteored: una entrada de aire atlántico provocará una normalización de las temperaturas a finales de julio, pero se producirá una nueva configuración atmosférica que favorecerá el regreso del calor intenso para los primeros días de agosto.

Las últimas previsiones del modelo del Centro Europeo de Predicción Meteorológica a Medio Plazo apuntan a que el aire más fresco desplazará temporalmente la masa cálida que permanece sobre la península y las Islas Baleares. Este cambio será el que permitirá que muchas zonas abandonen temperaturas propias de una ola de calor, reduciendo las temperaturas máximas por debajo de los ya habituales 35ºC.

Sin embargo, el mismo Wingen advierte en su análisis de que la dorsal anticiclónica podría volver a reforzarse sobre la Península durante los últimos días de julio, favoreciendo el estancamiento y calentamiento progresivo del aire y dando lugar a una nueva cúpula de calor para inicios de agosto. De hecho, las previsiones semanales contemplan anomalías de entre +1ºC y +3ºC por encima de la media en buena parte de España entre el 27 de julio y el 3 de agosto. Asimismo, durante la semana del 3 al 10 de agosto, las desviaciones positivas podrían generalizarse e incluso aproximarse a +6ºC en algunas zonas del Pirineo.

La breve tregua frente a las olas de calor

No obstante, conviene interpretar estos mapas y predicciones con prudencia: las previsiones del modelo europeo no anticipan la temperatura exacta de cada localidad, sino que estiman probabilidades de que una semana sea más cálida o más fría que su climatología habitual. Así pues, el regreso del calor intenso constituye una tendencia meteorológica, pero no es una predicción completamente cerrada. Para confirmar si un episodio reúne los criterios oficiales de ola de calor es necesario conocer su duración, extensión territorial e intensidad con pronósticos de menor alcance que el horizonte manejado por el Centro Europeo de Predicción Meteorológica, que llega a los 46 días.

El posible episodio de agosto se inserta dentro de una tendencia más amplia. Se ha hecho evidente que los veranos en Europa cada vez son más calurosos, y las olas de calor más frecuentes, prolongadas e intensas. De hecho, un estudio publicado en npj Climate and Atmospheric Science estimó que alrededor del 56% de la mortalidad asociada al calor durante el extraordinario verano europeo del pasado año 2022 podría atribuirse precisamente al calentamiento causado por la actividad humana.

España en particular se encuentra entre los países más vulnerables. Otro estudio publicado en Nature Medicine calculó que el calor se relacionaría con más de 11.000 muertes en nuestro país durante el mencionado verano de 2022; y no hablamos únicamente de los conocidos golpes de calor: las altas temperaturas pueden descompensar enfermedades cardiovasculares, respiratorias y renales, especialmente en pacientes mayores, pacientes polimedicados y personas que viven solas o en viviendas mal acondicionadas.

Pero, por suerte, existe evidencia de algo más: las adaptaciones funcionan. Así lo sugirió una investigación europea publicada también en Nature Medicine, donde se concluyó que la mortalidad por calor de 2023 habría sido un 80% mayor sin las medidas de adaptación desarrolladas durante este último siglo: sistemas de alerta, climatización, mejoras de la atención sanitaria y una mayor percepción del riesgo evitan muertes prematuras. Sin embargo, aún son medidas insuficientes, especialmente teniendo en cuenta que la temperatura sigue aumentando año tras año.

Por tanto, la posible "tregua de calor" que viviremos a finales de julio no debería dar pie a bajar la guardia. Normalización no significa "ola de frío", sino un regreso provisional y pasajero hacia valores de calor más habituales en esta época del año. Y, si se consolidan los modelos, agosto empezaría recordándonos que las olas de calor extremo siguen ahí, que ya no son una anomalía puntual, y que siguen siendo uno de los principales riesgos ambientales y sanitarios del verano español y europeo.