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Las claves

A menos de una hora de Madrid, el paisaje empieza a cambiar de ritmo. Las avenidas, los polígonos y el ruido urbano van quedando atrás hasta llegar a Casarrubios del Monte, un municipio toledano pegado a la frontera madrileña.

Allí, José Coronado ha encontrado un refugio familiar lejos de los rodajes y de la exposición pública. No es una escapada remota ni un retiro inaccesible, sino un lugar cercano donde la vida parece moverse con otra cadencia.

La conexión con el pueblo pasa también por su hijo Nicolás. El actor vive desde hace años vinculado a una finca en Casarrubios del Monte, donde ha construido una rutina asociada al campo, los animales, el yoga y la calma.

Nicolás y su pareja, Natalia Moreno, han abierto allí Espacio Tierra Yoga, un proyecto en plena naturaleza pensado para retiros, encuentros de desarrollo personal y actividades de bienestar. El lugar refuerza esa imagen de refugio familiar.

La finca cuenta con jardín, huerto ecológico y una pequeña granja con cabras y gallinas, según recogen varios medios. Frente a los estrenos, entrevistas y jornadas de grabación, Casarrubios ofrece otra escena: tierra, animales y silencio.

Está levantado casi íntegramente en ladrillo

Pero el pueblo no se sostiene solo por la percha de Coronado. Turismo de Castilla-La Mancha lo presenta como una localidad con trazado medieval, murallas, portadas góticas, palacios señoriales y un castillo mudéjar que domina el paisaje.

El gran símbolo es el castillo de Casarrubios del Monte. La página oficial de turismo regional lo define como uno de los ejemplos más singulares de arquitectura militar tardomedieval en Castilla-La Mancha, construido en época de los Reyes Católicos.

Su imagen resulta muy particular dentro de la provincia de Toledo. Está levantado casi íntegramente en ladrillo, mientras la piedra queda reservada para elementos concretos como troneras, saeteras, ménsulas y otras piezas defensivas o estructurales.

Ese tono rojizo lo hace distinto a otras fortalezas castellanas más asociadas a la piedra. El castillo aparece integrado en el caserío, con muros sobrios, torreones y una presencia que recuerda el peso de los antiguos señoríos locales.

El interior no forma parte de una visita turística habitual porque continúa siendo propiedad privada, pero su silueta se reconoce desde distintos puntos del municipio. No hace falta entrar para entender su papel en la memoria visual del pueblo.

El paseo por Casarrubios conserva otros fragmentos de esa historia. Entre las calles aparecen restos de murallas, portadas góticas y antiguos palacios señoriales, algunos vinculados al estilo de los Reyes Católicos y a familias nobles locales.

También destaca la iglesia de Santa María, uno de los edificios monumentales del municipio. Su torre, junto al castillo, compone una de esas imágenes que explican mejor el origen histórico de Casarrubios que cualquier cartel turístico.

La importancia de la villa se entiende por su posición. Casarrubios quedó conectado a caminos históricos y a una zona de paso entre Toledo y Madrid, lo que ayuda a explicar su carácter fronterizo, señorial y defensivo.

Esa mezcla encaja muy bien con la idea de refugio. Por un lado, está el castillo, construido para proteger y marcar poder. Por otro, la finca familiar de los Coronado, convertida en un espacio de desconexión, campo y vida lenta.