J. Rodríguez
Publicada
Las claves

Messi vivió uno de los momentos más difíciles de su carrera deportiva durante la final del Mundial. La presión, la frustración y la sensación de que el encuentro se escapaba marcaron un partido en el que el argentino mostró una faceta poco habitual.

La psicóloga Lara Ferreiro analiza las reacciones que sorprendieron durante el duelo y explica qué pudo ocurrir a nivel emocional. A lo largo del encuentro, Lionel Messi protagonizó varios gestos que llamaron la atención tanto de aficionados como de analistas.

Uno de los más comentados fue su petición al árbitro para que sancionara a Marc Cucurella tras llevarse la mano a la boca durante una conversación. Según explica Lara Ferreiro, esa conducta puede entenderse desde la denominada supervivencia competitiva.

La psicóloga sostiene que, cuando un futbolista percibe que pierde el control del partido, su cerebro busca alternativas para recuperar la situación, incluso intentando influir en decisiones arbitrales.

Esa necesidad de cambiar el rumbo del encuentro también se reflejó en las continuas protestas de Messi hacia el colegiado. Durante los momentos más delicados mantuvo una comunicación constante con el árbitro, evidenciando un nivel de tensión muy superior al que suele mostrar.

Frustración

El lenguaje corporal del capitán argentino también evolucionó conforme avanzaba el partido. La confianza con la que comenzó el encuentro fue dando paso a la ansiedad, la frustración y, finalmente, a una evidente resignación cuando las opciones de remontar disminuían.

España consiguió además minimizar su influencia sobre el césped. Messi apenas pudo intervenir en el juego durante buena parte del choque, una circunstancia poco habitual para un futbolista acostumbrado a asumir el protagonismo en los grandes escenarios internacionales.

Ante esa situación, su papel cambió de manera notable. Más que liderar desde el juego, intentó sostener emocionalmente al grupo, aunque el desgaste psicológico provocado por el desarrollo del partido terminó condicionando también su comportamiento.

Otro de los factores que, según la psicóloga, incrementó la presión fue la posibilidad de estar disputando su último Mundial. Afrontar una cita con la sensación de que puede representar el final de una etapa multiplica la carga emocional del deportista.

Ferreiro también destaca que Messi perdió parte de la serenidad que habitualmente le caracteriza. En diferentes momentos reaccionó desde la emoción antes que desde la calma, reflejando el impacto psicológico que estaba teniendo el desarrollo del encuentro.

Las imágenes del futbolista llorando tras el pitido final simbolizaron para muchos aficionados el cierre de una era. Más allá de la derrota, la sensación de despedida fue uno de los aspectos que mayor impacto generó alrededor del Mundial.

La especialista concluye que perder una final con el peso emocional de una posible última oportunidad puede convertirse en un recuerdo deportivo muy doloroso. Aclara, sin embargo, que un trauma deportivo no implica una enfermedad psicológica, sino una experiencia de enorme intensidad emocional cuya huella puede permanecer durante años.