Un incendio forestal no empieza solo cuando aparece una llama. Muchas veces comienza años antes, cuando se abandona una finca, desaparece un rebaño, se cierra un pueblo o el monte acumula vegetación sin gestión.
Raúl Vicente lo resume a Telecinco con una frase incómoda: “Le hemos dado la espalda al sector primario”. No habla desde la teoría, sino desde más de veinte años como bombero forestal y desde la experiencia directa del fuego.+
Vicente ha dirigido una brigada helitransportada de la BRIF de Daroca y es autor de Hermano fuego, un libro sobre la dureza física y emocional de esta profesión. Su advertencia no culpa al campo, sino a su abandono.
Durante generaciones, agricultura, ganadería extensiva, pastoreo, leña, caminos y aprovechamientos forestales mantuvieron el territorio en movimiento. Cuando esas actividades desaparecen, el paisaje cambia: crece el matorral, se cierran parcelas y aumenta la continuidad vegetal.
Esa continuidad es una palabra clave. El fuego avanza mejor cuando encuentra combustible sin interrupciones: pasto seco, ramas, arbustos, pinares densos, fincas abandonadas y montes conectados entre sí como una alfombra inflamable.
Los bomberos somos el parche
Por eso Vicente insiste en que los bomberos llegan tarde si solo se actúa cuando el incendio ya ha estallado. La extinción es imprescindible, pero no puede compensar por completo décadas de abandono territorial.
Él mismo lo ha resumido de otra forma: “Los bomberos somos el parche, no la solución”. La frase no resta valor a su trabajo; al contrario, muestra sus límites ante un problema que empieza mucho antes del verano.
Los grandes incendios actuales tampoco son solo fuegos de monte. Pueden convertirse en emergencias de protección civil, obligar a evacuar pueblos, cortar carreteras, amenazar viviendas diseminadas y poner en riesgo a quienes viven cerca del bosque.
Ahí entra la interfaz urbano-forestal: zonas donde casas, granjas, urbanizaciones y monte se mezclan. Cuando arde ese territorio, los equipos no solo apagan vegetación; también deben defender vidas, accesos y propiedades.
A ese abandono se suma el cambio climático. Más calor, sequías prolongadas, humedad baja y noches sin recuperación hacen que la vegetación llegue al verano más seca, más inflamable y más difícil de controlar cuando salta una chispa.
El problema no tiene una sola causa. No basta con culpar al clima, al abandono rural o a la falta de medios. Los incendios extremos aparecen cuando se juntan combustible acumulado, meteorología adversa y territorio poco preparado.
Por eso el sector primario vuelve al centro del debate. Agricultores, ganaderos y trabajadores forestales no solo producen alimentos o madera; también modelan el paisaje, mantienen caminos, reducen combustible y sostienen presencia humana en zonas vulnerables.
La ganadería extensiva es uno de los ejemplos más claros. Ovejas, cabras y vacas pueden reducir pasto y matorral en zonas estratégicas si el pastoreo está planificado. No sustituyen a los bomberos, pero ayudan a que el monte llegue menos cargado.
La prevención real exige mirar todo el año, no solo en agosto. Hacen falta gestión forestal, mosaicos agrícolas, pastoreo, quemas prescritas, caminos transitables, puntos de agua, vigilancia y coordinación entre administraciones, propietarios y quienes viven del territorio.
