El Mar Menor no se volvió verde por una sola causa, ni se explica con una frase simple. Pero hay una idea que varios técnicos y científicos repiten desde hace años: el problema no es solo el agua, sino lo que arrastra.
Ramón Navia, ingeniero agrónomo, lo expresó con claridad en Onda Cero: “No es el agua, es el nitrato lo que contamina el acuífero y el Mar Menor”. Su frase apunta al corazón del conflicto ambiental murciano.
La tesis es incómoda porque desplaza el foco. No basta con discutir de dónde viene el agua, si del trasvase, de pozos, de desaladoras o de lluvias. La pregunta decisiva es qué lleva dentro.
Los nitratos son muy solubles. Esa cualidad los hace útiles para alimentar cultivos, pero también peligrosos cuando se aplican en exceso. Si la planta no los absorbe, el riego o la lluvia pueden lavarlos hacia el subsuelo.
Ahí empieza el problema del acuífero. Durante décadas, parte del nitrógeno usado en la agricultura intensiva del Campo de Cartagena se ha filtrado hacia capas profundas y ha dejado una carga contaminante difícil de eliminar.
Crecen microalgas y el agua se enturbia
El Mar Menor recibe esos nutrientes por varias vías: escorrentías, ramblas, drenajes, aportes subterráneos y lluvias intensas. Cuando llegan demasiados nitratos y fosfatos, la laguna se desequilibra y aparece la eutrofización.
La eutrofización parece, al principio, un exceso de vida. Crecen microalgas, el agua se enturbia, llega menos luz al fondo y las praderas marinas se debilitan. Después, la descomposición consume oxígeno y puede provocar mortandades.
Eso convirtió al Mar Menor en símbolo. La “sopa verde”, los peces muertos, la pérdida de transparencia y el deterioro de sus fondos mostraron al público un proceso que llevaba años gestándose en tierra.
Navia no plantea una crítica contra la agricultura como actividad, sino contra un modelo concreto de manejo. Cultivar es necesario, pero no cualquier fertilización sirve en un territorio conectado con una laguna tan vulnerable.
El acuífero funciona como una memoria del exceso. Aunque se reduzcan los aportes, el nitrato acumulado no desaparece de inmediato. Puede seguir saliendo hacia la laguna durante años, como una deuda ambiental pendiente.
Por eso las soluciones no pueden ser instantáneas. Hacen falta reducción real de fertilizantes, control de regadíos ilegales, restauración de humedales, filtros verdes, renaturalización de ramblas y vigilancia constante del agua subterránea.
El agua, en esta historia, es el vehículo; el nitrato, la carga. Esa distinción ayuda a entender la frase de Navia: no se trata de culpar al agua en abstracto, sino de mirar qué encuentra al atravesar el territorio.
La agricultura intensiva del Campo de Cartagena ha generado producción, empleo y exportaciones. Pero también ha presionado suelos, acuíferos y ecosistemas hasta colocar a la laguna en una situación crítica y políticamente explosiva.
La conclusión es sencilla: no es solo el agua, son los fertilizantes, la cantidad, el momento, el suelo, el acuífero y un modelo agrícola que durante años produjo mucho sin medir bien el coste oculto.
El Mar Menor ha demostrado que la productividad sin límites pasa factura. Y ahora esa factura se ve en el color del agua, en el fondo de la laguna y en un acuífero que sigue devolviendo lo acumulado.
