Marruecos quiere guardar el sol y el viento en forma de agua. El país ha dado un paso clave en su estrategia energética con Ifahsa, un proyecto que funcionará como una enorme batería hidráulica en el norte del país.
La instalación estará situada cerca de Chefchaouen y contará con apoyo del Banco Mundial, que ha aprobado 265 millones de dólares para financiar una de las grandes infraestructuras limpias del continente africano.
La idea puede sonar extraña, pero la tecnología es conocida: una central hidroeléctrica de bombeo. Cuando sobra electricidad solar o eólica, el sistema usa esa energía para subir agua a un embalse superior.
Después, cuando la red necesita respaldo, el agua baja por turbinas y vuelve a producir electricidad. No se almacena energía en litio, sino en altura: el agua elevada funciona como reserva hasta que hace falta.
Por eso se habla de una “batería de agua”. No crea energía nueva, sino que la mueve en el tiempo. Guarda excedentes cuando hay sol o viento y los devuelve cuando aumenta la demanda o cae la producción renovable.
1,7 millones de toneladas de CO₂ menos
Ifahsa tendrá 300 megavatios de potencia y permitirá integrar al menos un gigavatio adicional de energía solar y eólica en la red marroquí. Esa es la clave: producir renovables ya no basta, también hay que gestionarlas.
El problema de la solar y la eólica está en su variabilidad. El sol produce mucho durante el día, pero desaparece por la noche; el viento puede soplar cuando la demanda es baja y faltar en horas críticas.
La nueva central ayudará a absorber excedentes, reducir pérdidas de energía limpia y sustituir generación fósil. El Banco Mundial calcula que el proyecto evitará unos 1,7 millones de toneladas de CO₂ al año.
El impacto no será solo climático. La entidad prevé unos 820 empleos directos anuales durante la construcción y espera desbloquear alrededor de 1.000 millones de dólares en inversión privada asociada a nuevas renovables.
La ubicación cerca de Chefchaouen responde a una condición física básica: las centrales de bombeo necesitan desnivel entre depósitos. Cuanta más diferencia de altura, más energía potencial puede almacenar el agua antes de bajar.
Ifahsa no llega de la nada. Marruecos ya ha desarrollado otras infraestructuras reversibles y busca que las renovables representen el 52% de su capacidad eléctrica instalada en 2030, dentro de una transición cada vez más exigente.
Ese objetivo obliga a cambiar la conversación. Durante años, la transición se midió en paneles solares y aerogeneradores. Ahora, el debate se desplaza hacia almacenamiento, flexibilidad de red y seguridad de suministro.
Las baterías químicas pueden cubrir parte de esa necesidad, sobre todo a corto plazo. Pero el bombeo hidroeléctrico sigue siendo una tecnología robusta para almacenar grandes cantidades de energía durante varias horas, cuando el relieve lo permite.
También tiene límites. Requiere obra civil, agua, embalses, inversión elevada y control ambiental. No es una solución instantánea ni válida para cualquier territorio, pero puede funcionar durante décadas si se diseña bien.
Lo cierto es que Marruecos ya no quiere solo capturar el sol del desierto o el viento atlántico. Quiere guardarlos. Y para hacerlo ha elegido una batería hecha de agua, montaña y turbinas.
