Álvaro Morata había soportado críticas en casi todos los equipos donde jugó, pero reconoció que las procedentes de España le dolían de otra manera. La presión llegó a hacerle plantearse si merecía la pena seguir acudiendo a la selección.
El delantero explicó en El Larguero, en junio de 2024, que los ataques no se limitaban a sus actuaciones deportivas, sino que también alcanzaban a su familia. “Lo más fácil”, admitió, era no seguir jugando en España.
Javier Bonilla, psicólogo clínico y especialista en psicología deportiva de alto rendimiento, analizó en Cadena Ser entonces el desgaste sufrido por Morata. Su conclusión fue clara: abandonar la selección por las críticas no sería una solución, sino “un parche”.
Para Bonilla, el problema no se resuelve dejando que la decisión deportiva dependa del ruido exterior, sino recuperando el control sobre aquello que el futbolista sí puede manejar.
“Debe ser frustrante que te lleguen de entornos que deberían apoyarte”, señaló el especialista. Morata defendía su entrega sobre el campo y resultaba especialmente doloroso que parte de esa afición no reconociera ese esfuerzo.
La selección podía ser un alivio
La élite no vuelve invulnerable a nadie. Bonilla recordaba que solemos presuponer que un deportista profesional tiene herramientas mentales infinitas, pero una acumulación de críticas puede desbordar incluso a quien compite al máximo nivel.
El especialista hablaba de un posible “bloqueo” cuando la presión exterior empieza a interferir en el rendimiento. En fútbol, eso puede afectar a decisiones, confianza, naturalidad en el juego y forma de interpretar cada error.
La literatura científica va en la misma dirección. Un consenso del Comité Olímpico Internacional concluyó que los síntomas y trastornos de salud mental también son relevantes entre deportistas de élite y pueden perjudicar su bienestar y rendimiento.
Otro estudio con 523 atletas australianos encontró que el abuso recibido en redes sociales estaba especialmente asociado con síntomas de mala salud mental en los hombres analizados, aunque los autores advertían de varios factores implicados.
La recomendación de Bonilla era concentrarse en lo controlable: trabajo diario, preparación, decisiones propias, círculo cercano y apoyo real. Las críticas agresivas hacen más ruido, pero no representan necesariamente a todos los aficionados.
Ese matiz es fundamental. Una cosa es la crítica deportiva, inevitable en el fútbol profesional, y otra muy distinta son los insultos personales, las amenazas o los ataques a la familia. Ahí ya no se discute rendimiento.
El propio Morata había defendido antes la utilidad de la terapia para quienes viven expuestos públicamente. Cualquier desconocido puede enviar mensajes crueles, y prepararse psicológicamente ayuda a impedir que ese odio dirija la vida cotidiana.
Por eso dejar la selección podía aliviar temporalmente una parte del dolor, pero no resolver el conflicto de fondo. La decisión seguiría naciendo de lo que otros dicen, no de lo que el jugador desea construir.
Bonilla planteaba dos caminos más útiles: desarrollar recursos para afrontar el juicio externo o cambiar de entorno cuando sea una decisión propia. Esperar que todo el mundo deje de criticar supone entregar el bienestar a una variable incontrolable.
Morata no necesitaba demostrar que las críticas no duelen, sino impedir que decidieran por él. En la élite también hay fragilidad, y reconocerla puede ser el primer paso para seguir compitiendo.
