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Las claves

La frase suena dura, pero retrata una brecha muy real en el mercado laboral español. Eduardo Roldán, albañil con tres décadas de oficio, ha puesto palabras a un problema antiguo: cada vez cuesta más atraer jóvenes a la obra.

Su reflexión apareció en el pódcast Sector Oficios y después fue recogida por varios medios. Roldán no hablaba desde una estadística, sino desde el cuerpo: rodillas gastadas, riñones doloridos, manos endurecidas y años levantando ladrillos.

El ejemplo que utilizó fue cercano y muy gráfico. Su hijo había ganado 1.400 euros como socorrista, sentado junto a una piscina, con sombra. “Dile que se vaya a la obra al sol”, planteaba el albañil.

La comparación funciona porque no enfrenta solo dos nóminas. Enfrenta dos experiencias laborales: una silla y una sombrilla frente a calor, polvo, ruido, peso, posturas forzadas y una exigencia física que se acumula con los años.

Roldán no niega que los jóvenes quieran cobrar bien. Lo que cuestiona es que algunos pidan sueldos de oficial antes de dominar el oficio. Para él, poner “cuatro ladrillos” no equivale a saber llevar una obra.

Solo el 11,1% tiene menos de 30 años

El problema, sin embargo, no es solo generacional. La construcción necesita trabajadores, pero no siempre ha sabido hacer atractivo el camino: entrada dura, desgaste físico, calor extremo, riesgos laborales y salarios iniciales que no siempre compensan.

Los datos apuntan a un cuello de botella serio. Hays situó en el 94% el porcentaje de empresas de construcción e inmobiliaria con dificultades para encontrar perfiles adecuados en 2025, frente al 80% registrado un año antes.

La Fundación Laboral de la Construcción también muestra el desafío del relevo. En el primer trimestre de 2026, los menores de 30 años representaban el 11,1% del empleo del sector, su peso más alto en cinco años.

El dato permite dos lecturas. Hay cierta recuperación juvenil, pero la construcción sigue lejos de la imagen de sector con relevo abundante. Tras la crisis de 2008, muchos jóvenes dejaron de ver la obra como futuro.

Además, un albañil no se forma en unas semanas. Aprende a medir, nivelar, calcular materiales, levantar muros, interpretar una obra, coordinarse con otros oficios, prevenir accidentes y resolver problemas cuando el plano se encuentra con la realidad.

La construcción también tiene una parte gratificante. Roldán lo expresa cuando habla de mirar una casa terminada desde la acera de enfrente y reconocer en ella tejado, fachada y fases levantadas con sus propias manos.

Pero esa satisfacción no borra el coste físico. En la obra se cargan materiales, se suben escaleras, se trabaja de pie y se soportan temperaturas cada vez más duras. El calor ya no es una simple incomodidad.

Desde 2023, el Real Decreto-ley 4/2023 obliga a adaptar o suspender tareas al aire libre cuando los fenómenos meteorológicos adversos hagan imposible proteger a los trabajadores. La construcción está en el centro de ese debate.

De ahí la comparación. Si un empleo temporal menos agresivo ofrece una retribución parecida, la obra pierde atractivo. No por falta de orgullo profesional, sino por una cuenta básica entre esfuerzo, riesgo y recompensa.

La conclusión es sencilla: la construcción necesita jóvenes, pero los jóvenes necesitan razones. Y esas razones no pueden basarse solo en “aprender un oficio”; deben incluir salario, formación, seguridad, protección frente al calor y reconocimiento real.