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Las claves

José Bustos aparece rodeado de cabras y con una lámina de razas ganaderas españolas entre las manos. Tiene 20 años, trabaja como cabrero en Extremadura y habla del campo con el tono de quien lo vive a diario.

En un vídeo publicado en Instagram, el joven ganadero lanzó una pregunta sencilla a sus seguidores. "¿Sabíais que de todas las razas autóctonas de España el 90% está en peligro de extinción?", señala antes de rematar: "Algo estamos haciendo mal".

La cifra parece desmesurada, pero se acerca mucho a los datos oficiales. El Ministerio de Agricultura contabilizaba en 2023 166 razas o variedades autóctonas en España, de las que 148 se encontraban en estado de amenaza.

Hablar de una raza amenazada no significa que vayan a desaparecer las cabras, las ovejas o las vacas en general. Significa perder linajes concretos, criados durante generaciones y adaptados a montañas, dehesas, islas, mesetas o valles.

Esa es la base de la advertencia de Bustos. Cuando una raza desaparece, se pierde también una forma de trabajar el territorio, un tipo de producto, una memoria ganadera y una parte del patrimonio genético animal de España.

España es uno de los países europeos con mayor diversidad zoogenética. El Catálogo Oficial de Razas de Ganado recoge animales de interés económico, productivo, cultural, medioambiental y social, destinados a programas de cría y conservación.

La lista de razas amenazadas atraviesa casi todo el mapa ganadero. Hay bovinas como la albera, la betizu o la mantequera leonesa; ovinas como la xalda o la churra tensina; y caprinas como la blanca celtibérica, la bermeya o la payoya.

También aparecen razas porcinas, caballos, asnos, aves, el camello canario y hasta conejos. El problema no se reduce a una especie ni a una comarca. La amenaza afecta a un mosaico entero de ganadería tradicional.

El propio Ministerio de Agricultura aprobó un real decreto para incorporar al catálogo un listado de razas autóctonas amenazadas. La decisión se apoyó en criterios técnicos y en el trabajo de la Comisión Nacional de Zootecnia.

Por qué han retrocedido tantas razas

Ese reconocimiento no es un trámite menor. Permite ordenar censos, libros genealógicos, programas de cría y medidas de apoyo. Para muchas razas, estar en el catálogo es el primer paso para no desaparecer del todo.

Durante siglos, muchas razas autóctonas se seleccionaron por pura supervivencia. Tenían que aguantar frío, calor, pendientes, pastos pobres o largos desplazamientos. No siempre eran las más productivas, pero estaban hechas para su territorio.

El problema llegó cuando el campo empezó a medirlo casi todo por rendimiento inmediato. La mecanización, las razas de crecimiento rápido y los sistemas más intensivos fueron arrinconando animales que encajaban peor en ese modelo.

Un elemento fundamental que no se puede olvidar es que las razas autóctonas son fruto de años de selección y adaptación, pero muchas quedaron desplazadas cuando se impuso la cantidad por encima de la diversidad.

El resultado se nota en el censo y en los pueblos. Si quedan pocos ganaderos, pocos animales reproductores y poca rentabilidad, cada generación lo tiene más difícil. Evidentemente, una raza no se salva solo por existir en un registro.

También necesita mercado, relevo, asociaciones de criadores y consumidores capaces de reconocer su valor. El sello 100% Raza Autóctona, impulsado por Agricultura, busca precisamente identificar los productos procedentes de estos animales.

Más que nostalgia rural

Una de las ideas que señalan los ganaderos es que defender estas razas no consiste en congelar el pasado. Muchas se crían en sistemas extensivos, aprovechan recursos que otros animales no utilizarían igual y ayudan a mantener actividad en zonas donde la despoblación pesa cada año más.

El Ministerio recuerda que las razas autóctonas son objeto de especial protección porque forman parte del patrimonio genético animal y porque mayoritariamente se crían en extensivo, con consecuencias positivas para el medio rural y el medio ambiente.

La FAO sitúa el problema en una escala global. Según su sistema DAD-IS, más de 2.400 razas ganaderas están en riesgo de extinción y otras 600 ya se han extinguido en el mundo.

Perder diversidad genética también reduce opciones de futuro. En un escenario de cambio climático, enfermedades emergentes y cambios en la alimentación, mantener razas adaptadas a condiciones difíciles puede convertirse en una reserva de resistencia.

Por eso el mensaje de José Bustos funciona más allá de la anécdota viralizada en redes. Un cabrero joven señalando una lámina de razas es una imagen potente que pone el foco en algo que a veces se olvida: la biodiversidad también pasta, cacarea, rumia y trabaja el paisaje.

La advertencia del joven cabrero resume bien el reto. Si casi nueve de cada diez razas autóctonas están amenazadas, el problema no está en una explotación concreta. Está en cómo valoramos la ganadería que sostiene parte de nuestra historia rural. Al fin y al cabo, sin utilidad real, la conservación se vuelve muy frágil.