Publicada
Las claves

Alimentar a un gato parece sencillo: abrir una lata, rellenar el cuenco o dejar pienso disponible. Sin embargo, esa rutina tan doméstica es una de las razones por las que muchos felinos comen más de lo necesario.

La veterinaria Debra L. Zoran, especialista en nutrición felina en Texas A&M University, lo resume con una imagen muy clara: si el volumen de comida supera el tamaño de la cabeza del gato, probablemente se le está sobrealimentando.

La frase no pretende ser una fórmula matemática. Funciona como una regla visual para recordar que las necesidades energéticas de un gato son pequeñas y que un cuenco lleno puede parecer cuidado, pero acabar siendo exceso.

Zoran recuerda que muchos gatos adultos solo necesitan unas 200 calorías al día. El problema aparece cuando se suman pienso, comida húmeda, premios y restos ocasionales como si cada alimento no contara dentro del mismo balance.

La comida seca complica el cálculo porque contiene poca agua y concentra más calorías por volumen. Una cantidad aparentemente modesta de pienso puede aportar mucha energía, sobre todo si el gato tiene el cuenco disponible todo el día.

No está fuerte

El objetivo no es demonizar el pienso ni idealizar cualquier lata. La clave está en medir raciones, elegir alimentos completos y equilibrados, contar premios y adaptar la dieta al peso, edad, actividad y salud del animal.

El problema es que muchos dueños no reconocen el sobrepeso. PDSA recoge que los profesionales veterinarios estiman que el 43% de los gatos tiene sobrepeso u obesidad, una cifra demasiado alta para considerarla anecdótica.

La percepción del propietario también falla con frecuencia. Un estudio publicado en Frontiers in Veterinary Science encontró que los dueños clasificaban como con sobrepeso u obesidad al 25,7% de los gatos, frente al 36,8% estimado por veterinarios.

Ese desfase tiene una explicación cotidiana. Cuando se convive con un animal, los cambios se normalizan poco a poco. Un gato puede pasar de “fuerte” a “grandote” y después a “tranquilo” sin que nadie vea un problema clínico.

La condición corporal ayuda a corregir esa mirada. No basta con pesar al gato: hay que palpar costillas, observar cintura, revisar abdomen y valorar músculo. En gatos de pelo largo, mirar desde lejos puede engañar mucho.

Las guías AAHA/AAFP recomiendan ajustar la nutrición según edad, estado reproductivo, condición corporal, condición muscular, actividad, enfermedades presentes y riesgos futuros. Dos gatos del mismo peso pueden necesitar raciones muy distintas.

La esterilización también cambia el equilibrio. Muchos gatos reducen su gasto energético tras ser castrados, pero siguen comiendo igual o incluso más si tienen comida siempre disponible. Ahí empieza un aumento de peso silencioso.

El exceso de peso no es un problema estético. Cornell recuerda que la obesidad felina es una alteración nutricional frecuente y que los gatos obesos tienen más riesgo de diabetes, problemas articulares y dificultades para moverse o acicalarse.

La solución no pasa por imponer una dieta drástica. Lo prudente es consultar al veterinario, fijar un peso objetivo, medir comida, revisar etiquetas, reducir premios y usar juegos o comederos interactivos para aumentar actividad y estimulación.

Alimentar bien a un gato no significa darle mucho, sino darle lo justo. A veces, el primer paso para cuidarlo mejor es mirar el cuenco con otros ojos y entender que el exceso también puede enfermar.