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Las claves

Marruecos está llevando su estrategia climática al territorio donde la falta de agua se nota antes: el sureste sahariano y presahariano. Allí, el país quiere reforzar saneamiento rural, captación de lluvia y recarga de acuíferos.

El matiz geográfico es importante. El plan afecta a seis provincias marroquíes especialmente expuestas al estrés hídrico: Tinghir, Zagora, Ouarzazate, Errachidia, Midelt y Figuig, donde la lluvia irregular condiciona agricultura, escuelas, pueblos y abastecimiento.

La iniciativa se integra en el Programa por Resultados de Economía Azul, cofinanciado por el Banco Mundial. Aunque el nombre remite al mar, el enfoque también busca fortalecer recursos naturales, resiliencia territorial y seguridad hídrica en zonas vulnerables.

La clave está en que Marruecos ya no trata la adaptación climática como un discurso abstracto. El nuevo dispositivo prevé estudios técnicos, control de obras y seguimiento ambiental durante dos años para convertir compromisos climáticos en intervenciones concretas.

Las actuaciones se agrupan en tres frentes. El primero es el saneamiento líquido en centros y localidades rurales, una pieza básica para mejorar salud pública, higiene cotidiana y calidad de vida en territorios con infraestructuras limitadas.

Retener mejor la lluvia

El segundo eje mira al agua subterránea. El programa incluye captación de aguas pluviales y obras para favorecer la recarga de acuíferos, una reserva invisible que sostiene pueblos, palmerales, ganadería y pequeñas explotaciones agrícolas.

El tercer frente llega a las escuelas rurales. Mejorar sus condiciones ambientales y sanitarias no es un detalle menor: en zonas secas, una escuela sin agua suficiente o saneamiento adecuado también se convierte en un problema de salud.

La lógica de la recarga es sencilla, pero decisiva. No crea agua nueva; intenta retener mejor la lluvia cuando llega, ralentizar la escorrentía, infiltrar más agua en el subsuelo y reducir la presión sobre pozos agotados.

El Banco Mundial describe Marruecos como uno de los países con mayor escasez hídrica del mundo. Su disponibilidad ronda los 620 metros cúbicos por persona y año, una cifra que sitúa el agua en el centro del desarrollo.

Ese dato explica por qué el sureste pesa tanto. En zonas áridas, cada fallo en abastecimiento, saneamiento o recarga puede acelerar abandono rural, pérdida de cultivos, deterioro de palmerales y dependencia de pozos cada vez más profundos.

La desertificación no avanza siempre como una duna que se traga un pueblo. A menudo se expresa de forma más silenciosa: suelos pobres, menos vegetación, acuíferos tensos, cultivos abandonados y familias con menos margen para quedarse.

El programa también encaja con la Contribución Determinada a Nivel Nacional de Marruecos, donde el agua, la agricultura, los ecosistemas y la salud aparecen como áreas centrales de adaptación climática frente a impactos cada vez más intensos.

El reto será medir resultados reales. Diseñar estudios y activar financiación es solo el primer paso; lo difícil será lograr saneamiento funcional, acuíferos menos presionados, escuelas mejor preparadas y comunidades rurales con más seguridad hídrica.