Marruecos está llevando el mar al campo. Tras años de sequía, embalses castigados y acuíferos sobreexplotados, el país ha convertido la desalación en una pieza clave para sostener parte de su agricultura más rentable.
El cambio se ve especialmente en Chtouka Aït Baha, al sur de Agadir, una de las zonas agrícolas más importantes del país. Allí, el agua desalada ha empezado a sustituir a las aguas subterráneas en cultivos intensivos.
El dato que sostiene la estrategia es claro: la planta de Chtouka fue diseñada para regar unas 15.000 hectáreas en la llanura y beneficiar a cerca de 1.500 explotaciones agrícolas, especialmente invernaderos de alto valor.
La instalación también tiene una lectura urbana. Su capacidad prevista alcanza los 400.000 metros cúbicos diarios, repartidos entre agua potable y agua de riego, para proteger tanto el abastecimiento de Agadir como la actividad agrícola regional.
La clave está en que esta agricultura no se parece al cereal de secano. Tomates, frutos rojos y hortalizas de exportación pueden asumir un agua más cara que cultivos extensivos como el trigo o la cebada.
Agua del Atlántico
Por eso la desalación entra primero en las zonas costeras más rentables. No resuelve toda la sequía agrícola, pero permite sostener producciones que generan empleo, exportaciones y divisas en regiones donde los acuíferos llevan años bajo presión.
La región de Souss-Massa resume bien el dilema. Es un motor hortícola para Marruecos y, al mismo tiempo, un territorio expuesto al agotamiento de aguas subterráneas, la salinización y la competencia entre agricultura, ciudades y turismo.
La lógica técnica parece sencilla: tomar agua del Atlántico, retirar sales mediante ósmosis inversa y llevar el agua dulce resultante a redes de riego. En la práctica, exige mucha energía, inversión, mantenimiento y gestión ambiental de la salmuera.
Ahí entra la otra pata del plan marroquí: las renovables. Rabat quiere alimentar sus nuevas plantas con energía solar y eólica para abaratar el proceso y reducir la huella de carbono de una tecnología muy exigente.
Reuters informó de que Marruecos opera 17 plantas desaladoras, construye cuatro más y planea otras nueve. El objetivo nacional es alcanzar 1.700 millones de metros cúbicos anuales de agua desalada en 2030.
El país también aspira a que el 60% de su agua potable proceda de desalación a final de década. La apuesta ya no es solo hidráulica: depende de puertos, redes, electricidad renovable y grandes infraestructuras costeras.
El contraste con el secano es enorme. La Organización Meteorológica Mundial señaló que, en 2024, la producción cerealista de Marruecos cayó un 42% respecto al promedio de cinco años tras seis años de sequía.
Ese dato explica el límite del modelo. El agua desalada puede salvar tomates, frutos rojos o hortalizas cerca de la costa, pero no sustituye la lluvia que necesitan millones de hectáreas cerealistas en el interior.
La desalación tampoco elimina todos los riesgos. Puede sostener empleo y exportaciones, pero también consolidar una agricultura dependiente de energía, tecnología, inversión pública y mercados exteriores, dejando fuera a productores que no puedan pagar ese coste.
Por eso Marruecos combina desaladoras con riego por goteo, nuevas presas, interconexión de cuencas, reutilización de aguas residuales y restricciones a cultivos muy sedientos. La sequía ha obligado a diversificar todas las fuentes posibles.
