P. G. Santos
Publicada
Las claves

La imposibilidad de acceder a una vivienda digna no solo vacía los bolsillos, sino que también erosiona la salud mental y se convierte en una auténtica "hipoteca emocional" para miles de personas en España.

El término resume años de expectativas frustradas: generaciones educadas para emanciparse, construir un hogar y proyectar su vida descubren que, pese a cumplir con los requisitos académicos y laborales, el acceso a un techo propio se vuelve un horizonte cada vez más lejano.

La profesora de Psicología de la Universidad Europea de Madrid Mariola Fernández ha explicado en una entrevista a EFE que este problema va más allá de firmar un contrato de alquiler o una hipoteca.

Y es que lo que está en juego es la posibilidad de tener un hogar, un espacio estable de pertenencia donde guardar afectos, vínculos y memoria, clave para sostener el equilibrio emocional.

Entre fracaso y desmotivación

Cuando esa posibilidad se bloquea de forma sostenida, el impacto psicológico se acumula y aparece lo que la especialista describe como una "pandemia silenciosa".

Se trata de una ansiedad difusa que se mezcla con desmotivación, sensación de fracaso y una incertidumbre crónica sobre el propio proyecto vital. En consulta, Fernández relata que atiende a jóvenes que han perdido el "norte" que guiaba su vida adulta.

Los objetivos clásicos de emanciparse, avanzar profesionalmente y construir una familia se perciben como inalcanzables, lo que alimenta el malestar y la idea de haber hecho "todo bien" sin recompensa.

La evidencia empírica apunta en la misma dirección: estudios recientes muestran que destinar más de la mitad del salario a la vivienda duplica el riesgo de sufrir ansiedad o depresión en población joven, que se ve atrapada entre la precariedad laboral y unos precios disparados.

Ese sobreesfuerzo económico se traduce en noches en vela, miedo a no llegar a fin de mes y la sensación de vivir siempre al borde del desahucio emocional, incluso cuando la persona mantiene un empleo estable y una trayectoria académica que, sobre el papel, debería garantizarle seguridad.

La "hipoteca emocional", advierte Fernández, no se limita a los menores de 35 años: también golpea a personas mayores que encadenan alquileres, a inmigrantes que aceptan viviendas indignas y a familias con pocos recursos que normalizan el hacinamiento como única opción disponible.

Frente a este escenario, la psicóloga propone un abordaje que comienza por devolver a cada individuo la sensación de pertenencia al espacio que habita, trabajando la orientación, el arraigo en su entorno y herramientas para manejar la saturación mental que provoca el bloqueo residencial.

La experta insiste, además, en la necesidad de informarse bien, contrastar fuentes y consultar a profesionales, relegando las redes sociales a un uso lúdico: solo una ciudadanía con opiniones sólidas y datos puede exigir políticas de vivienda que alivien esta hipoteca emocional colectiva.