Las claves
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En un momento en el que las nuevas generaciones muestran una relación cada vez más tensa con el trabajo, Noam Chomsky, a sus 98 años, vuelve a una pregunta esencial. No se trata de cuánto se trabaja, sino de qué tipo de trabajo merece ocupar un lugar central en la vida.
Su respuesta, formulada en una entrevista que el propio Chomsky ha compartido en su web, es clara. “El tipo de trabajo que debería ser la parte principal de la vida es el que querrías hacer si no te pagaran por ello”. Cuando la actividad cotidiana no conecta con intereses propios, el trabajo pierde significado y se vive como una obligación.
Para el pensador, esta desconexión no aparece de golpe en la edad adulta. Se va gestando desde la infancia. “Los niños son curiosos por naturaleza, quieren explorarlo todo, pero eso generalmente se les quita de la cabeza”. Las estructuras rígidas sustituyen la exploración por el cumplimiento y acaban debilitando el impulso de aprender.
El filósofo Frithjof Bergmann puso nombre a ese proceso y lo llamó “pobreza del deseo”. No se trata de falta de talento, sino de una incapacidad aprendida para identificar qué se quiere hacer realmente. Cuando esa curiosidad se erosiona pronto, la vida adulta queda marcada por decisiones tomadas más por inercia que por convicción.
Chomsky recurre a una comparación basada en la experiencia educativa. “Si estudias porque tienes que aprobar un examen, puedes obtener buenos resultados, pero dos semanas después lo has olvidado todo”. Cuando el aprendizaje nace del deseo, del error y de la búsqueda personal, el conocimiento se consolida y permanece ligado a la experiencia.
Ese mismo mecanismo, advierte, se traslada más tarde al mundo laboral. La actividad deja de ser una expresión de capacidades propias y se convierte en una sucesión de tareas orientadas a satisfacer criterios ajenos. El problema no es el esfuerzo, sino la pérdida progresiva de sentido en lo que se hace cada día.
Cuando la motivación cambia de lugar
Esta intuición tiene un respaldo sólido en la psicología experimental. En los años setenta, los investigadores Mark Lepper, David Greene y Richard Nisbett demostraron que recompensar una actividad placentera puede reducir el interés por ella. Lo denominaron “efecto de sobrejustificación”.
En su experimento, niños que disfrutaban dibujando con rotuladores perdían motivación cuando se les prometía un premio. La actividad dejaba de tener valor en sí misma y pasaba a interpretarse como un medio para obtener algo externo. El placer quedaba desplazado por la recompensa.
Chomsky utiliza la figura del artesano para explicar esta misma idea. “Si produce un objeto hermoso por encargo, podemos admirar lo que hizo, pero despreciamos lo que es, una herramienta en manos de otros”. La tarea es idéntica, pero su significado cambia por completo cuando desaparece la voluntad propia.
No se pierde solo motivación. Se pierde dignidad. Esa es la clave que ya había formulado Wilhelm von Humboldt, para quien el trabajo solo es plenamente humano cuando permite reconocerse en lo que se hace y no reduce al individuo a una pieza intercambiable del sistema productivo.
Esa transformación de la motivación se arrastra durante años y termina reflejándose en la vida profesional. Cuando el trabajo se organiza exclusivamente en torno a incentivos, métricas y controles, muchas personas sienten que su aportación queda reducida a cumplir funciones previamente definidas, sin margen para la iniciativa personal.
Los datos recientes del mercado laboral español encajan con este diagnóstico. Según el informe de RRHH 2025 de Personio, el 36% de los trabajadores planea cambiar de empleo. Las razones más citadas no son solo económicas, sino la falta de desarrollo, autonomía y reconocimiento.
El desajuste también aparece en la forma de organizar el tiempo. Más de un tercio de los empleados dejaría su puesto si se les obligara a volver a la oficina a tiempo completo, y una mayoría de jóvenes considera obsoleto el horario rígido de nueve a cinco. No reclaman trabajar menos, reclaman decidir mejor.
Además, el peso de las credenciales empieza a diluirse. Dos tercios de los responsables de recursos humanos priorizan ya competencias y potencial frente a títulos académicos. Un giro que el propio Chomsky ejemplifica al recordar que nunca siguió una formación profesional convencional ni una carrera diseñada para cumplir expectativas externas.
El pensador introduce, no obstante, una advertencia final. La pasión por el trabajo tampoco debe convertirse en una forma de desequilibrio vital. Al hablar de su rutina personal, reconoce que tras la muerte de su esposa se refugió casi por completo en el trabajo, relegando cualquier espacio de ocio.
“Nunca voy al cine ni a cenar fuera, pero eso no es un modelo de ninguna clase de existencia sana”, admite. Su reflexión completa el círculo. El desafío no es solo encontrar un trabajo con sentido, sino evitar que incluso ese sentido acabe ocupándolo todo.
