David Ríos, terminando su trabajo de Stranger Things
David, dueño de una empresa de impresión 3D: "Cualquiera en Wallapop vende por 20 € lo que a mí me cuesta 40 €"
El fundador de Somos 3D alerta del intrusismo de particulares sin licencias ni alta como autónomos en la venta de productos impresos en 3D a través de plataformas digitales.
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David Ríos, fundador y propietario junto a su pareja Daya de la empresa Somos 3D en Zamora llevan remando por sacar adelante su negocio desde 2018. Una época en la que la impresión 3D era algo tan novedoso, que hasta construyeron ellos mismos sus primeras impresoras.
Desde entonces, la pareja lucha a diario por hacer de sus diseños 3D su modo de vida. Para ello, llevan casi una década perfeccionando su trabajo, buscando los mejores materiales y, como no, pagando religiosamente sus impuestos, cuotas y permisos para la elaboración de sus originales figuras.
Por ello, David ha estallado recientemente en redes tras observar la proliferación de ventas pirata de objetos impresos en 3D por parte de particulares a través de plataformas como Wallapop o Facebook.
Una práctica que, según explica a EL ESPAÑOL de Castilla y León, reduce a la mitad los precios del mercado, evita el pago de licencias, impuestos y cuotas de autónomos y coloca en clara desventaja a los emprendedores profesionales del sector.
David decidió ponerse delante de la cámara tras un hecho concreto ocurrido mientras preparaba nuevos productos y publicaciones para redes sociales.
Al intentar promocionar unos expositores vinculados a la popular saga Stranger Things, su pareja localizó en Facebook un anuncio de un particular que ofrecía "los mismos" expositores que comercializa Somos 3D. El diseño, asegura, era "clavado" o al menos "un 90% idéntico".
El emprendedor zamorano explica que no puede afirmar si se trata de una copia directa o de una coincidencia, aunque considera improbable que sea casual.
David subraya que no se trata de figuras genéricas de los personajes de la serie, sino de un expositor, un producto "mucho más específico", que responde a una necesidad concreta del mercado y que no suele encontrarse en grandes plataformas comerciales.
Según relata, los profesionales de la impresión 3D trabajan detectando tendencias con meses de antelación, como ha sido el caso de los expositores, que nacen a raíz de los regalos que Kinder ha sacado recientemente con los protagonistas de la saga de Netflix.
Es parte de su trabajo observar qué productos empiezan a demandar los consumidores y desarrollan soluciones que "literalmente no existen" en ese momento.
El objetivo es cubrir una necesidad inmediata en un plazo de 24 a 48 horas, algo habitual en un sector muy ligado a fenómenos culturales puntuales, como ha sido la última temporada de Stranger Things.
Expositores de Stranger Things, creados por Somos 3D
David afirma que la demanda ha crecido tras la aparición de las pequeñas figuras de regalo, que muchos compradores acumulaban, pero no tenían dónde colocarlas.
Ahí surgió el expositor como solución. Pero cuando el producto empieza a funcionar, añade, "hay gente que ve que hay negocio" y entra tarde, copiando lo que ya está en el mercado.
Vendedores piratas
Pero ojo, la queja principal de este zamorano no es la competencia en sí, sino que esta se realice de forma ilegal. Ríos denuncia que muchos de estos vendedores "piratas" no están dados de alta como autónomos, no declaran ingresos, no pagan impuestos y tampoco asumen los costes asociados a licencias oficiales.
Y es que el fundador de Somos 3D ha pagado las licencias correspondientes para desarrollar productos propios basados en temáticas conocidas como la de Stranger Things.
Ese proceso implica gastos fijos desde el inicio, incluso antes de vender una sola unidad. Solo el alta administrativa y la burocracia inicial suponen unos 100 euros, a los que se suma un porcentaje sobre las ventas.
A estos costes se añaden los gastos estructurales del negocio. Somos 3D opera como autónomo y asume cada mes entre 500 y 600 euros en costes fijos, independientemente de si hay ventas.
David detalla que paga IVA, IRPF, electricidad, materiales, embalajes y transporte, además del tiempo de trabajo dedicado al diseño, la impresión, el montaje y la atención al cliente.
El ejemplo del expositor de Stranger Things, que es ahora el más vendido ilustra, según él, la magnitud del problema. Somos 3D lo comercializa a 40 euros.
De esa cantidad, el material supone unos 16 euros por unidad, utilizando filamento fabricado en España. A eso se suman impuestos, costes de producción, montaje y envío. El beneficio final se sitúa entre 12 y 15 euros.
Frente a eso, denuncia que "cualquiera puede vender en Wallapop o Facebook el mismo producto por 20 euros". En muchos casos, afirma, ni siquiera han pagado el diseño original ni utilizan materiales de la misma calidad.
El filamento importado puede costar la mitad, lo que reduce drásticamente el coste de producción, ya que "20 euros es menos de lo que yo tengo de costes para fabricarlo", insiste.
El envío es otro ejemplo de la diferencia entre un negocio legal y una venta informal. Somos 3D cobra al cliente seis euros por envío, aunque el coste real supera los siete euros y medio.
Para ser más atractiva para los clientes, la empresa zamorana tiene que asumir la diferencia para mantener un precio estándar. Ese margen negativo, explica David, es inviable para competir con quien vende desde casa sin estructura empresarial.
El gran problema de Wallapop
Esta situación, asegura, obliga a bajar precios por debajo de lo razonable para estos emprendedores. David reconoce que tuvo que aplicar una reducción "terrible" de precios meses atrás, pese a que el expositor debería venderse "mínimo" a 50 euros para ser rentable.
La presión del mercado ilegal, afirma, marca los precios y genera la percepción de que los productos profesionales son caros.
En todo este asunto, David señala directamente a Wallapop como la plataforma que más perjuicio causa. Y es que aunque la aplicación nació como un mercado de segunda mano, permite vender productos nuevos, lo que ha generado, a su juicio, un vacío legal.
Recuerda que un particular puede vender hasta 1.800 euros al año sin declarar, y solo a partir de 2.000 euros la plataforma está obligada a informar a Hacienda.
Esa franja, explica, facilita que muchos vendedores operen sin declarar ingresos. Desde su punto de vista, la plataforma actúa como "facilitadora" de estas prácticas.
De este modo, el particular, añade, se ampara en que cumple las normas de Wallapop, aunque en la práctica esté ejerciendo una actividad económica sin darse de alta.
Además, para estos emprendedores, las vías de actuación legal son limitadas. David señala que pueden denunciar anuncios concretos en redes sociales o acudir a la Inspección de Trabajo, incluso de forma anónima.
Sin embargo, reconoce que es un proceso lento, que exige tiempo y esfuerzo adicional, y que rara vez ofrece una respuesta clara. "Bastante jaleo es tener que ir a hacerlo", resume.
El empresario zamorano subraya que no cuestiona que la gente quiera ganarse la vida, pero critica que muchos de los vendedores que detectan tienen empleos estables y utilizan la impresión 3D como un ingreso extra sin asumir obligaciones. "Empieza con cuatro amigos y acaba siendo el amigo del amigo del amigo", explica.
Pero, el daño, añade, no es solo económico. La proliferación de productos mal fabricados por vendedores no profesionales genera desconfianza en la impresión 3D como sector.
Cuando un producto falla o tiene mala calidad, el cliente generaliza y asocia la impresión 3D con algo poco fiable. "La mentalidad colectiva es que los productos 3D son de baja calidad", lamenta.
Mientras tanto, los negocios legales soportan el peso fiscal, la inversión inicial y el desgaste del mercado. David concluye que la combinación de impresoras cada vez más baratas, plataformas digitales permisivas y la falta de control está "reventando el mercado" y poniendo en riesgo la viabilidad de proyectos profesionales que llevan años apostando por la impresión 3D de forma legal como el suyo.