María Teresa y Carlos mostrando los productos en la tienda. Rosquillas de palo, bollos de baño y bollos de aceite.
El dulce negocio familiar, con más de 90 años de historia, que brilla en un pueblo: “Apostamos por la elaboración artesanal”
Abrió sus puertas en 1932 y triunfa con las rosquillas de palo, el bollo de aceite, el bollo bañado y la pasta de yema, entre otros productos.
Más información: La pastelería centenaria que brilla con sus magdalenas en un pueblo vallisoletano: "Hacemos 600 diarias"
La Flor de Castilla es una reputada panadería y repostería artesana fundada en el año 1932 que se ubica en la localidad vallisoletana de Medina de Rioseco. Es conocida por sus dulces tradicionales como las rosquillas de palo, el bollo de aceite o la pasta de yema, entre otras delicias.
Aunque se trate de una empresa familiar, es mucho más que una familia. Detrás de cada barra de pan y de cada dulce hay un grupo de personas que comparte madrugones, esfuerzo, responsabilidad y una misma manera de entender el oficio.
Carlos, José María, Antonio, Irene, Álvaro, Teresa y María Teresa, esta última atiende a EL ESPAÑOL de Castilla y León, forman parte de la historia del negocio y son imprescindibles para que, cada día, se puedan abrir las puertas del obrador.
“Para nosotros el equipo va mucho más allá de lo profesional. Somos una gran familia en la que el compromiso, la confianza y el cariño por el trabajo bien hecho se han ido construyendo con el paso de los años”, afirma María Teresa.
Nuestra entrevistada, y el resto del equipo, destacan, por un lado, al cliente, que es “el que da sentido al trabajo de todos estos años” y también al producto “elaborado con respeto por la tradición y con la materia prima de la mejor calidad”.
Conocemos al detalle la historia de este negocio que cuenta con 93 años de vida.
Imagen de La Flor de Castilla en Medina de Rioseco.
Toda una vida en el negocio
“Formo parte de la tercera generación de La Flor de Castilla y tengo la enorme suerte de dedicarme a un oficio que lleva en mi vida desde que era niña. Me considero una persona trabajadora y orgullosa de mis raíces. Mi labor consiste en cuidar un legado que otros construyeron antes que nosotros y prepararlo para quienes vendrán después”, afirma María Teresa Santamaría.
Tiene 58 años y nació en Medina de Rioseco. Consta como actual gerente del negocio, aunque se trata de una sociedad de la que los cuatro hermanos, Antonio, José María, Carlos y ella, son propietarios.
“En la actualidad somos cuatro los hermanos propietarios de los seis que fuimos en el pasado. Dos fallecieron, dentro de esta tercera generación, pero también fueron parte esencial de la historia del negocio”, añade nuestra entrevistada.
Tres de ellos continúan desarrollando su actividad diaria en el negocio y el cuarto, aunque ya jubilado, sigue siendo una figura fundamental en la dirección y en las decisiones de la empresa. La propiedad continúa siendo completamente familiar.
“Mi infancia está inevitablemente ligada a La Flor de Castilla. Crecí entre el olor del pan recién hecho, el sonido del obrador de madrugada y el ir y venir constante de clientes. Para nosotros nunca fue solo un negocio; era y es nuestra casa y el lugar donde aprendimos valores como el esfuerzo, la responsabilidad y el compromiso”, apunta nuestra entrevistada.
La Flor de Castilla siempre ha formado parte de su vida. Creció detrás de un mostrador viendo trabajar a sus padres y respirando el olor del pan y los dulces recién hechos. Poco a poco fue entendiendo el significado del oficio.
“Al igual que mis hermanos, de pequeños, echábamos una mano en todo lo que podíamos: atendiendo a los clientes, colocando productos o ayudando en las tareas más sencillas. Lo que empezó siendo algo natural, casi por inercia, como ocurre en muchas empresas familiares, terminó convirtiéndose en nuestra profesión”, confiesa.
Un negocio familiar que ha marcado su vida y la de sus hermanos.
La historia
“Más que una panadería y confitería, La Flor de Castilla es una forma de entender el oficio. Es tradición, es familia, es esfuerzo y también es cercanía. Llevamos más de nueve décadas intentando que cada persona que entra por nuestra puerta encuentre la misma calidad y el mismo trato que encontraron sus padres o sus abuelos”, nos cuenta nuestra entrevistada.
La Flor de Castilla nació en 1932 de la mano de la abuela de los actuales miembros de la sociedad. Lo hizo de la mano de Leoncia Ruiz Barrientos en Medina de Rioseco. Un pequeño negocio familiar que pronto se convirtió en un lugar de referencia.
“Son 93 años en los que hemos visto pasar generaciones enteras por nuestra tienda. Muchos de nuestros clientes venían de la mano de sus padres o de sus abuelos y hoy son ellos quienes llegan acompañados de sus hijos o de sus nietos. Eso es, probablemente, lo más bonito de este oficio”, asegura María Teresa.
La Flor de Castilla ha ido pasando de generación en generación, siempre dentro de la familia. Tras la gran labor de Leoncia, en la década de los 50, tomó el relevo la segunda generación. Antonio Santamaría y Teresa Martín, los padres de nuestra entrevistada.
“Ellos consolidaron el negocio añadiendo la elaboración y venta de repostería, puesto que hasta este momento La Flor de Castilla solo se dedicaba a la fabricación y venta de pan”, explica.
Hoy es la tercera generación la que tiene la responsabilidad de continuar con ese legado compartiendo la tarea entre los cuatro hermanos, Antonio, José María, Carlos y la propia María Teresa. Tomaron el relevo en los 90 con la jubilación de su madre.
“Lo que más ilusión nos hace es saber que ya existe una cuarta generación que ha decidido seguir este camino. En un momento en el que tantos comercios familiares desaparecen por falta de relevo, para nosotros es una enorme satisfacción comprobar que esta historia tiene futuro”, afirma María Teresa.
Una cuarta generación formada por “mi sobrino Álvaro” que “desarrolla su trabajo en el obrador” y “por mi hija Teresa, que compagina el trabajo en el obrador con la gestión de la comunicación, la tienda online y el área de marketing”, señala María Teresa.
La importancia de los trabajadores
Nuestra entrevistada incide en que La Flor de Castilla “no solo ha pasado por una familia” sino “también por muchas manos” y ensalza la labor de “las numerosas personas que han formado parte del equipo”.
“Aunque seamos una empresa familiar, sin las personas que nos acompañan cada día no podría entenderse nada. Un ejemplo es Irene, que lleva 26 años con nosotros y que, prácticamente, ha crecido junto a la empresa. Ha visto crecer a la tercera generación y también ha sido y continúa siendo parte fundamental del aprendizaje de la cuarta”, añade.
En la actualidad son tres los trabajadores que dan lo mejor de sí mismos para sacar adelante el negocio junto a tres de los cuatro hermanos que conforman la sociedad de La Flor de Castilla.
Irene y Álvaro en el obrador.
La tienda física se encuentra en la calle San Juan número 6 de Medina de Rioseco y cuentan también con venta online realizando envíos a toda España.
Un negocio dedicado a la elaboración y venta de dulces tradicionales. Todo gira en torno a la confitería conservando una forma de trabajar y de entender el oficio que los acompaña desde 1932.
Dulces artesanos
“Todos nuestros dulces son artesanos. Esa es una de nuestras señas de identidad y uno de nuestros mayores compromisos. En un momento en el que muchos procesos se han industrializado, nosotros seguimos apostando por la elaboración artesanal”, apunta María Teresa.
El cliente puede encontrar en el lugar una amplia variedad de dulces tradicionales. Entre los más representativos están las rosquillas de palo, el bollo de aceite, el bollo bañado y la pasta de yema. Elaboraciones que llevan décadas formando parte del obrador y que muchos clientes asocian a su marca.
Las sabrosas rosquillas de palo de La Flor de Castilla.
“Aunque depende de la época del año, uno de nuestros productos más demandados, sin duda, son los bollos de aceite y las rosquillas de palo. Trabajamos, en la medida de lo posible, con productos de cercanía. Es uno de los valores de la marca”, señala María Teresa en esta conversación con EL ESPAÑOL de Castilla y León.
Añade que “siempre hemos intentado ofrecer productos artesanos de la máxima calidad a un precio justo y accesible”. Hay que tener en cuenta también que trabajan con “materias primas de primera calidad y elaboran el producto de forma artesanal” por lo que detrás de cada elaboración “hay muchas horas de trabajo”.
“Disponemos de una amplia variedad de productos y formatos para adaptarnos a las necesidades de cada cliente. En nuestro establecimiento se pueden encontrar elaboraciones desde un euro hasta los 35 por kilo. Una de nuestras señas de identidad es que muchos de nuestros dulces se venden al peso, permitiendo que cada persona elija la cantidad exacta que desea llevarse”, añade María Teresa.
Vivir del negocio y el futuro
María Teresa nos cuenta que “se puede vivir del negocio” aunque “cuesta mantenerlo”. Lo hacen a base de “esfuerzo, compromiso y capacidad de adaptación” ya que “la panadería y la confitería son oficios muy sacrificados” con “jornadas que empiezan de madrugada los 365 días del año”.
“Para nosotros, el verdadero éxito no está en cuánto se gana un mes, sino en haber conseguido que La Flor de Castilla siga levantando la persiana más de 93 años después, manteniendo la misma filosofía, el mismo compromiso con la artesanía y la confianza de nuestros clientes generación tras generación”, añade nuestra entrevistada.
El futuro lo ve “con ilusión”, pero “también con responsabilidad”. Y es que el pequeño comercio y la artesanía “viven momentos de grandes cambios” y “cada vez es más difícil competir en un mercado dominado por la inmediatez y la producción a gran escala”.
“Nuestro mayor deseo no es convertirnos en una empresa más grande, sino seguir siendo La Flor de Castilla. Queremos que dentro de muchos años siga habiendo un obrador donde cada madrugada se elaboren nuestros productos y donde los clientes sigan encontrando la cercanía y la confianza que siempre nos han caracterizado”, finaliza.
Ojalá que así sea.