José Luis Rubio Willen posa en las puertas de Camarote, en la zona de El Cuadro JIF
José Luis Rubio, el dueño de siete discotecas que se hizo cura con 62 años y ahora quiere santificar a Isabel la Católica
Fue uno de los artífices del éxito de la zona de El Cuadro, en Valladolid, revolucionó la noche de fiesta hasta que recibió la llamada tardía. “Cuando haces feliz a la gente, no te olvidan”, resume su vida.
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Hubo una época en la que la zona de El Cuadro, en Valladolid, fue la meca de la fiesta. Varias generaciones, de esas que ahora se dedican al tardeo, se juntaban allí para, simplemente, escuchar música y ser felices.
Detrás de esos bares y discotecas vallisoletanas hay un nombre que lo fue y es todo. De esas personas que viven una sola vida pero que parecen haber vivido la de varias.
José Luis Rubio Willen fue un empresario nocturno dueño de hasta siete bares donde seguro has estado, pionero del ocio en Valladolid, animador cultural, amante de la música, sacerdote tardío y hoy uno de los rostros más visibles de la causa para canonizar a Isabel la Católica.
A sus 80 años, habla con pasión, esa misma con la que un día llenó discotecas y pueblos de proyectos.
“He sido lo que he querido ser”, repite varias veces durante la conversación con EL ESPAÑOL Castilla y León, que se realiza por supuesto en uno de los pocos bares que sobrevive en esta zona. Y quizá ahí se resume toda su existencia.
“Me gusta pasar por aquí y ver que algunas cosas siguen igual”, matiza.
Nació en Granada, “de familia muy católica”, en el seno de una familia vinculada al azúcar. “Mi padre era ingeniero azucarero, luego nazco en una azucarera”, cuenta con orgullo.
La vida le llevó pronto a Valladolid, cuando la fábrica fue trasladada a Peñafiel. El cambio fue radical digno de los libros de la época. José Luis pasaba de la Granada luminosa de los años 50 a una Castilla muy distinta, fría y todavía gris.
Su infancia transcurrió entre colegios religiosos, congregaciones marianas y los veranos en el cortijo familiar en Rute de Córdoba. “Una infancia de un crío normal”, resume. Pero ya entonces había algo distinto en él y era esa necesidad constante de crear, de moverse, de probar cosas. Lo llevaba en los genes.
Rubio estudió interno en el famoso Colegio San José de los Jesuitas. Y allí empezó a asomar el personaje que terminaría convirtiéndose en una figura conocida de la ciudad.
“En los Jesuitas fui un auténtico líder”, recuerda sin tapujos. No en vano, tenía hasta “mi propio despacho” siendo adolescente y editaba una revista llamada El Biscúter, para la que dibujaba viñetas humorísticas.
La educación de los jesuitas le “marcó muchísimo”. Allí también aprendió el deporte, la disciplina y, sobre todo, una inquietud artística permanente.
“A mí me gustaba mucho ser artista, pero artista de cualquier cosa”, explica. Música, radio, cine… “Todo lo que me gustaba lo he ido picando”. Y lo picó casi todo.
El hombre que revolucionó la noche vallisoletana
Antes de convertirse en sacerdote, esto vendrá mucho después, José Luis Rubio fue uno de los empresarios más influyentes de la noche vallisoletana.
Seguro que si perteneces a la generación EGB has estado en alguno de sus bares: TBO, Dixeland, Paco Suárez Pub y Discoteca, “dos en una”, Titahuana, Camarote y Vieja Cervecería.
Su entrada en ese mundo nació casi por casualidad, gracias al padre de una novia salmantina, que le habló de un local vacío en Alaejos.
Pero antes llegó la música. “Yo ya pinchaba”, recuerda. Trabajaba en la tienda Discos Tola y Hoymán, un auténtico templo musical en una época en la que cada novedad discográfica era un acontecimiento. “El disco era una cosa que atraía muchísimo”.
Rubio posa sonriente para EL ESPAÑOL Castilla y León
Aquello le convirtió en DJ ocasional en una Valladolid que empezaba a despertar culturalmente, más lenta que el resto de España, pero ya daba sus primeros latigazos. “
La música que dominaba era la inglesa y la americana. Lo español prácticamente nada”, rememora.
Pinchó en La Galera y recorrió discotecas como artista invitado. Pero el gran salto llegó en 1976 con Donbuho, una discoteca instalada en un antiguo teatro de Alaejos que acabaría siendo un fenómeno social para la época.
Y es que José Luis montó una red de autobuses para recoger chicas, “porque entonces estaba mal visto que fueran en coche con chicos”—, creó un equipo federado de fútbol y hasta un cine. El marketing es algo que este adelantado a varias épocas siempre ha tenido claro.
“Todas las películas importantes pasaban por allí”, cuenta. Dos hombres y un destino, Muerte en el Transiberiano… Todo formaba parte de una idea muy avanzada para la época.
Ahí empezó a desarrollar el instinto empresarial que luego aplicaría en Valladolid. “Era todo puro marketing”, reconoce. Cada local tenía un público distinto, una “tribu” diferente.
“Titajuana eran los críos; luego estaban otros ambientes… Si tiras de la misma gente, no rinde”, explica.
Su visión era tan moderna que incluso descubrió pronto el valor de la marca personal. Lo hizo junto a Javier de San Luis Altable, “este nombre destácalo”, afirma.
Cuando traspasaba negocios, el público se marchaba con él. “Me obligaban a quedarme uno o dos años porque donde íbamos nosotros nos llevábamos a la gente”. Estaba claro que ese líder juvenil también lo era en su época madura.
Aquellos años fueron el esplendor de la noche vallisoletana, muchos de los locales míticos de la ciudad llevaron su sello.
“Venían las niñas más monas y los niños más pijoteros”, recuerda entre risas. Y cuando cierra los ojos, asegura que solo le vienen “recuerdos bonitos”. “Tristes ninguno”.
Hombres G atrapados
Las anécdotas se acumulan en la memoria de este graduado en Ciencias Sociales por la facultad de Derecho de Salamanca recuerda especialmente la llegada de la cantante inglesa Billie Davis a Valladolid en 1969, traída por José María Sanz Lorenzo, dueño de la discoteca 400. En esa época, era el lugar de moda junto a Landó Club del Carlos del Río.
“Imagínate a Billie Davis por las calles de Valladolid vestida como vestía… aquello fue un espectáculo”.
También habla de su relación con grupos como Hombres G, Modestia Aparte o Mecano, a los que llevaba a sus locales después de los conciertos. “Espero que Nacho Cano lea la entrevista porque mantengo muy buena relación con él y dentro de poco le veré”, asegura con espontaneidad.
“Los traíamos luego a Titahuana a tomar copas”, explica. La conexión con los artistas era tan cercana que acababan mezclándose con el público hasta generar situaciones surrealistas.
Como aquella llamada de la policía que todavía recuerda perfectamente. “Me llama Zarza, el comisario jefe, y me dice: ‘¿Qué ha pasado en tu bar? Está aquello lleno hasta los jardines’. Y le dije: ‘No te preocupes, que están dentro Hombres G y no pueden salir porque las chicas se los comen’”.
Ahora bien, aquella vida “frenética” no le alejó nunca de la fe. De hecho, mientras gestionaba discotecas y salas nocturnas, seguía rezando el rosario diariamente en su despacho.
“En todos mis despachos tenía una imagen de Santa María de la Alhambra y un crucifijo”, cuenta. Era algo natural, discreto, casi íntimo. “La gente luego se acordó de esos detalles”. Y es que en la famosa discoteca Camarote, templo del tecno más duro de los años 90, Rubio rezaba el rosario.
Y, además, ya pensaba en las nuevas tecnologías, ya que fue de las primeras discotecas en contar con página web, toda una innovación para aquella época.
La llamada inesperada a los 62 años
Pocos podían imaginar que aquel empresario nocturno terminaría entrando en el seminario. Ni siquiera él.
“Yo me ordeno con 62 años”, recalca, algo que como él destaca es algo “fuera de toda edad canónica”.
La decisión llegó cuando empezó a implicarse en la causa de Isabel la Católica. “Ahí es donde viene la vocación”, asegura.
Al contrario de lo que suele ocurrir en estos casos, no atravesaba ninguna crisis personal ni intentaba encontrarse. Tenía negocios de éxito y una vida muy cómoda.
“Estaba feliz con mi negocio y triunfando”. Pero sintió curiosidad por ese camino espiritual. “Noté que eso era muy bonito y dije: pues voy a probar”.
Sus amigos, como es lógico en estas situaciones, reaccionaron incrédulos. “Decían: ‘Este ha hecho en la vida lo que le ha dado la gana, a ver lo que dura’”.
Pues duró. Y dura.
Entró en el seminario sin abandonar inicialmente sus negocios. Don Braulio Rodríguez y Luis Argüello, hoy arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal, facilitaron el proceso. Le convalidaron parte de los estudios y fue ordenado rápidamente.
“Cuando ya me dijeron ‘te ordenamos’, dejé todo sin mayor problema”. En 2008 se convirtió oficialmente en sacerdote.
Y lo hizo a su manera. “No sé hacer de otro”, afirma.
El cura rural
Sus destinos fueron El Carpio, Bobadilla del Campo, Brahojos de Medina, El Campillo y Cervillego de la Cruz. Pertenecían al Aciprestazgo de Nava del Rey entonces y cerca todos de Alaejos.. Y allí volvió a convertirse en todo un líder.
“Montamos ermitas, pusimos una cruz en el cruce de cuatro caminos, actualicé las Semanas Santas y relancé muchas cosas”.
También implicó a niños y jóvenes. Organizó actividades y revitalizó parroquias envejecidas. Como ejemplo, logró celebrar comuniones 15 años después.
Está convencido de que un sacerdote se forma realmente en el mundo rural. “El cura que pasa por el medio rural es más cura”, sostiene. “Ahí conoces a las personas cara a cara”.
El párroco José Luis junto a los niños Dario y Jimena Cedida por la parroquía a El ESPAÑOL Noticias de Castilla y León
Aquellos años le marcaron profundamente. “Fue una cosa convulsiva”, admite sobre la reacción de la gente al verle aparecer como párroco después de haber sido uno de los empresarios más conocidos de Valladolid.
“Cuando haces feliz a la gente, no te olvidan”, reflexiona ahora. Dice que eso lo descubrió siendo sacerdote, cuando antiguos clientes de sus discotecas se acercaban emocionados a saludarle.
Isabel la Católica, la gran misión final
Hoy José Luis Rubio vive entregado casi por completo a una causa. que no es otra que lograr la beatificación y futura canonización de Isabel la Católica. Sí, la reina nacida en Madrigal de las Altas Torres y fallecida en Medina del Campo.
Habla de ella con pasión, como si la hubiese conocido o hubiera sido una de esas jóvenes que visitaba El Cuadro.
“El proceso da muchísima categoría espiritual a las diócesis”, explica. Y está convencido de que la reina merece llegar a los altares.
Resume sus argumentos para ser beatificada en tres ideas: “Primero, porque era consciente de que su civilización era la católica; segundo, porque administró justicia con providencia; y tercero, por la dignidad humana”.
Aquí se detiene especialmente. “Elevó al indio a la misma categoría que el europeo”.
Incluso llega a situarla entre las tres personas que más lejos llevaron el Evangelio: “San Pablo, Isabel la Católica y San Francisco Javier”.
Su implicación es total en este movimiento que vivirá próximamente momentos claves. Organiza congresos internacionales en México, Argentina o Estados Unidos y prepara actos constantes alrededor de la figura de la reina.
Justo en el momento de la entrevista recibe una llamada desde Madrid para pedirle una gran pancarta para el Santiago Bernabéu con un mensaje claro: “Isabel la Católica santa”.
“Lo está haciendo la gente joven”, subraya orgulloso. Y cuando se le pregunta qué le queda por hacer en la vida, no lo duda.
“Ver a Isabel la Católica beata. Ya con eso me podría morir al día siguiente”.
A sus 80 años, José Luis Rubio Willen mantiene intacta la energía. Sigue trabajando, organizando actos, viajando y soñando proyectos.
Habla mucho de la vanidad y del peligro de vivir obsesionado con el reconocimiento. Recuerda constantemente al hermano Garate, el jesuita portero de Deusto que terminó siendo santo.
Además, todavía tiene ilusiones. José Luis habla con emoción de las canciones que marcaron su juventud universitaria y de uno de sus grandes ídolos franceses, el cantante Hugues Aufray.
Imgen de su juventud junto a Hugues Aufray. Cedida
“En el altar de la vida siempre tenemos canciones que nos hacen creer”, reflexiona. Cuenta que Aufray representaba para él algo más que música: “Era un hombre muy congruente con lo que cantaba y con lo que era en su vida real”. Su admiración llegó hasta el punto de conocer personalmente al artista, a su padre y a toda su familia.
“Tiene 96 años y sigue de gira”, comenta con entusiasmo, orgulloso de poder reencontrarse con él próximamente en Madrid.
El hombre que llenó discotecas, movió masas y conoció la fama social, acaba reivindicando ahora la sencillez y el anonimato. Aunque todo hace indicar que Valladolid le debe una, pero él rechaza cualquier homenaje.
“No, hombre, yo creo que no”, responde cuando se le pregunta si la ciudad está en deuda con él. Quizás el famoso pasadizo de El Cuadro, ese que va desde Paco Suárez a la Ribera del Pisuerga, podría llevar su nombre.
Y este reportaje termina con una frase que resume toda su historia: “Cuando haces feliz a la gente, no te olvidan”.