La militante socialista vallisoletana Justina Sandoval en su juventud y en la actualidad, junto a su hermana, Mila Sandoval, y a su cuñado, Genaro Mediavilla, en un montaje de EL ESPAÑOL

La militante socialista vallisoletana Justina Sandoval en su juventud y en la actualidad, junto a su hermana, Mila Sandoval, y a su cuñado, Genaro Mediavilla, en un montaje de EL ESPAÑOL

Valladolid

Justina Sandoval, la mujer valiente que mantuvo viva la llama socialista durante el franquismo en Valladolid

La histórica militante, que participó en la reconstrucción del PSOE vallisoletano al final de la dictadura, ha sido reconocida por el partido con la Mención a Mujeres Socialistas con Trayectoria Histórica y Compromiso Social.

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Justina Sandoval Pérez nació el 20 de octubre de 1932 en Palencia, en plena Segunda República Española. Aquella era una España vibrante y convulsa, llena de ilusiones democráticas, pero también de tensiones profundas.

Apenas tenía cuatro años cuando estalló la Guerra Civil y siete cuando terminó. La contienda y la durísima posguerra marcaron su infancia para siempre. Aquellos años fueron de cartillas de racionamiento, hambre, frío y un silencio impuesto a golpe de miedo.

La dictadura franquista aplastaba partidos, sindicatos y cualquier atisbo de libertad.

Sin embargo, en casa de los Sandoval, como en tantas familias obreras castellanas, se respiraba un aire distinto: un recuerdo difuso pero tenaz de dignidad, derechos y justicia social que la represión no consiguió borrar del todo.

La experiencia en Alemania

Con poco más de 20 años, como cientos de miles de españoles de su generación, Justina emigró a Alemania en busca de trabajo y de un futuro que la España de Franco le negaba.

En las fábricas del norte de Europa, rodeada de obreros italianos, turcos, portugueses y alemanes, descubrió algo que la marcaría para siempre: un mundo organizado, con sindicatos fuertes, debates políticos abiertos y la posibilidad real de mejorar la vida de la clase trabajadora.

Allí, en febrero de 1964, con 31 años, tomó una decisión valiente y trascendental: se afilió al PSOE y a la UGT. No era un simple trámite. Era un acto de fe en un partido prohibido y perseguido en su país, un compromiso que podía acarrearle graves consecuencias si regresaba a España.

"Lo es todo para mí", diría décadas después. Para Justina, a la que todos llaman 'Justi', no había medias tintas. Regresó a Valladolid a finales de los años 60. España seguía gris y oprimida, pero el régimen comenzaba a resquebrajarse por dentro.

El regreso a España

Encontró a un pequeño grupo de valientes que intentaban reconstruir, casi desde cero, lo que la guerra y la dictadura habían destruido.

Entre ellos estaban Félix Maestre, 'Rafael', a quien había conocido en Alemania, Jesús Mancho, recién llegado de Suiza, y su propio hermano Andrés.

Justina fue la única mujer de aquel núcleo inicial. No pidió permiso ni protagonismo: simplemente se puso a trabajar.

Llevaba las cuotas en un sobre, organizaba reuniones en casas particulares, custodiaba documentos con extrema discreción y mantenía contactos con la cautela de quien sabe que un error puede costar la libertad… o algo peor. El miedo era constante.

La Brigada Político-Social vigilaba. Las detenciones caían como mazazos.

La reconstrucción del PSOE

El 15 de enero de 1971, en un acto cargado de riesgo y simbolismo, Justina, su hermano Andrés, Mancho y Maestre constituyeron la primera Comisión Ejecutiva de la UGT de Valladolid. Ella asumió la tesorería.

Ese mismo año también formó parte de la primera Ejecutiva del PSOE vallisoletano, nuevamente como tesorera.

Eran tiempos de clandestinidad pura: citas en cafés discretos, mensajes codificados y una desconfianza lógica hacia quienes, tras décadas de represión, preferían no moverse.

En agosto de 1972, Justina dio un paso aún más audaz. Viajó a Toulouse (Francia) para participar en el XII Congreso del PSOE en el exilio.

Para proteger su identidad y la de sus compañeros, se inscribió con el seudónimo 'Castillo del Duero', un hermoso guiño a las tierras castellanas que dejaba atrás.

Fue la única mujer del pequeño grupo vallisoletano en un congreso histórico que debatía el futuro del partido, la estrategia contra la dictadura y la necesidad de conectar con las nuevas generaciones.

La vuelta de la democracia

Regresó con más convicción que nunca y siguió tejiendo, hilo a hilo, la red invisible que permitiría al socialismo vallisoletano renacer. Su compromiso nunca se limitó a las siglas.

En abril de 1979, en las primeras elecciones municipales democráticas, Justina figuró en la candidatura del PSOE a la Alcaldía de Valladolid. No buscaba un cargo; cumplía con lo que consideraba un deber cívico. Había visto nacer la democracia y quería ser parte activa de ella.

A lo largo de su vida ha repetido una frase que resume su visión del mundo: "Todos los avances han venido de la mano del PSOE". Sanidad universal, pensiones dignas, derechos de las mujeres, educación pública…

Para ella, nada de eso cayó del cielo. Se conquistó con votos, con militancia y con perseverancia.

Hoy, con 93 años, Justina sigue afiliada a la Agrupación Socialista de Valladolid. Su memoria es un archivo vivo de casi un siglo de historia de España: la Segunda República, la Guerra Civil, la posguerra, el exilio interior, la Transición y la consolidación democrática.

Ha visto cómo un partido proscrito se convirtió en motor del cambio social del país. Y siempre desde la base, sin cargos rimbombantes, sin buscar focos. Es la militante de toda la vida: la que mantiene la llama viva cuando otros se cansan.

Un emotivo reconocimiento

Este jueves, 16 de abril, el PSOE de Valladolid le ha hecho entrega de la primera Mención a Mujeres Socialistas con Trayectoria Histórica y Compromiso Social. El acto, celebrado en la sede provincial de la calle Santa Lucía, ha sido mucho más que un homenaje personal.

Ha sido el reconocimiento a toda una generación de mujeres que, como Justina, sostuvieron el partido en la sombra: secretarias, tesoreras, enlaces, madres que conciliaban fábrica y militancia clandestina.

Mujeres invisibilizadas durante décadas que, sin discursos grandilocuentes, hicieron posible que hoy el socialismo sea lo que es. Justina ha recibido la distinción con la humildad que la caracteriza.

Para ella no es un premio individual, sino colectivo: un tributo a todas las que arriesgaron su tranquilidad, su trabajo y su libertad por un ideal de justicia social.

Años de entrega callada

En una época en la que la política a menudo se reduce a imágenes y declaraciones efímeras, la trayectoria de Justina Sandoval nos recuerda lo esencial: la verdadera militancia se mide en años de entrega callada, en riesgos asumidos sin fanfarria y en convicciones que no se negocian.

Con la lucidez intacta y esa sonrisa serena de quien ha visto de todo, Justina sigue creyendo en lo mismo que en 1964, cuando firmó su ficha en Alemania: que otro mundo es posible y que vale la pena luchar por él.

Su vida es la prueba de que la historia no la escriben solo los que salen en los libros de texto. También la escriben las personas como ella: las que la construyen día a día, en silencio, con tesón y con el corazón.

Porque Justina Sandoval no solo ayudó a refundar un partido. Refundó la esperanza en una tierra que había conocido demasiado dolor. Y casi 60 años después, esa esperanza sigue latiendo con fuerza.