Simón Martín Barrado, director del IES La Vaguada de la Palma, el instituto con mejor nota en la PAU 2025 en Castilla y León.
Simón, director del instituto con la mejor nota de la PAU en Castilla y León: "Los profesores con más puntos piden venir"
El modelo del IES Vaguada de la Palma, que celebra su 40 aniversario, marca el paso de la mejor educación pública de toda Castilla y León.
Más información: Ángel y Josefina, los 'directores' del colegio con mejor nota en la PAU dentro de Madrid: "Sólo tenemos 14,5 alumnos por aula"
Donde hoy se levanta una preciosa estructura de piedra de Villamayor, aparentemente baja, pero que esconde unos cimientos de nueve plantas para resolverse dentro de lo que es, una 'vaguada' —seis de esas plantas fueron excavadas con precisión quirúrgica bajo el nivel del suelo—, hace cuatro décadas reinaba el estruendo de la marginalidad y el olvido.
El IES Vaguada de la Palma no nació en un entorno de seda; abrió sus puertas en 1986 para dar respuesta al boom demográfico en el corazón del antiguo "barrio chino" de Salamanca. Era una zona castigada, un laberinto de casas bajas donde la prostitución y la heroína marcaban el paso de las horas.
"Fue el primer instituto con jornada continua de la ciudad, y no por pedagogía, sino por seguridad: era peligroso que los chavales estuvieran por aquí cuando caía la tarde", recuerda Simón Martín Barrado, director del centro, mientras contempla el parque que hoy rodea el edificio.
Ese pasado de jeringuillas y fachadas desconchadas es hoy, afortunadamente, un eco lejano. Tras una de las rehabilitaciones urbanísticas más laureadas de España, el instituto se ha convertido en el pulmón de un barrio gentrificado, culto y esencialmente universitario.
Sin embargo, el verdadero éxito de la Vaguada no es el asfalto nuevo, sino lo que ocurre dentro de sus muros de piedra.
El centro se ha consolidado como el hogar de la excelencia académica en la región: el año pasado, una de sus alumnas firmó la mejor nota de la PAU en toda Castilla y León.
La anécdota de aquel día define bien la intensidad con la que se vive el centro: "Me llamaron para darme la noticia y estábamos de excursión en el Vaticano, frente a la Piedad de Miguel Ángel; le di allí mismo la noticia a la alumna y la chica rompió a llorar de la emoción", rememora Simón.
A diferencia de otros centros que prefieren "recomendar" la convocatoria extraordinaria a sus alumnos menos brillantes para no empañar las estadísticas, en la Vaguada la política es de puertas abiertas y cartas sobre la mesa.
De los 110 alumnos que terminan segundo de Bachillerato, más de un centenar se presentan a la prueba ordinaria sin red de seguridad.
Para Simón, que lleva 25 años en la casa y nueve al frente de la dirección, la clave no es la presión, sino el clima. "Aquí no seleccionamos a nadie, los chicos se autoseleccionan", explica.
Es un fenómeno curioso: alumnos que en otros institutos se sienten señalados o aislados por su amor al estudio, acuden aquí para ser "uno más del montón" entre iguales.
El día a día en el aula es un equilibrio constante entre la vanguardia tecnológica y el romanticismo del papel. Simón, que proviene del área de Tecnología, no es un ludita, pero sí un firme defensor del esfuerzo cognitivo.
En las clases de Raquel Peña, profesora de Literatura y periodista de carrera, los enunciados todavía se copian a mano.
"Nos hemos acostumbrado al procesador de textos, al cortar y pegar, y eso nos está robando agilidad mental", advierte Raquel. En la Vaguada se enseña a usar la IA para generar ejercicios de repaso en matemáticas, pero se exige el bolígrafo para fijar la memoria.
Es una "isla de privilegio público" donde los profesores con más puntos de la provincia compiten por una plaza, sabiendo que encontrarán familias implicadas y un alumnado que valora la cultura.
Pero no todo son decimales y exámenes. El centro ha diseñado un ecosistema de convivencia único basado en los "recreos alternativos". Mientras el balón rueda en el patio, en otros rincones los alumnos hacen ganchillo, bailan o participan en la joya de la corona del centro: la revista 'Dátiles'.
Coordinada por la profesora Begoña Alonso, esta publicación anual debe su nombre a una palmera esculpida en la antigua puerta de la ciudad.
Es una publicación educativa transversal donde colaboran desde alumnos de la ESO con sus ilustraciones hasta profesores jubilados que se resisten a dejar de enseñar.
La revista 'Dátiles' del IES La Vaguada de la Palma es una publicación anual impresa en papel, subida digital a la página web del instituto.
Se llama así, precisamente por que los frutos de la Palma son los dátiles. El nombre fue elegido por los propios alumnos.
Incluso figuras como Jesús Jiménez, desde el departamento de Filosofía, mantienen viva la conexión con la Escuela de Salamanca y el humanismo que impregna estas calles.
Al final del día, el IES Vaguada de la Palma es el testimonio vivo de cómo la educación pública puede transformar un barrio y liderar un sistema.
Simón Martín Barrado se despide señalando las plantas superiores de un edificio que parece crecer hacia adentro de la tierra, como si sus cimientos buscaran la sabiduría de los siglos que esconde Salamanca.
"Son unos mimados", bromea el director sobre sus alumnos, "pero salen de aquí preparados para comerse el mundo".
Pregunta- ¿Cuál es el modelo de éxito para alcanzar esos resultados en la PAU?
Respuesta- Somos un instituto público, todos somos funcionarios e intentamos hacer nuestro trabajo bien. La seña distintiva es que aquí se trabaja a gusto. Los profesores con más puntos piden este centro porque saben que los chicos son educados y las familias valoran la cultura. Intentamos usar los medios a nuestro alcance, como la IA, pero como complemento, no como sustituto del aprendizaje.
P.- ¿Se nota el déficit de atención por culpa de la tecnología?
R.- Aquí menos que en otros sitios, pero es verdad que ya solo queremos vídeos y párrafos cortos. Por eso alternamos: que aprendan a comprender textos complejos y luego usen la IA para corregir o alcanzar información que no tienen en los libros.
P.- ¿Cómo motiva a un claustro para mantener este nivel de exigencia?
R.- La gente viene y ve cómo nos portamos los antiguos. El ambiente es relajado, se puede dar clase bien y eso se contagia. Los chicos de 13 años están con las hormonas revoltosas, pero luego maduran y se hacen hombres de bien. Te los encuentras por ahí siendo grandes profesionales.
P.- Se dice que en la pública la atención es menos personalizada...
R.- Eso no es cierto en absoluto. Tenemos un trato muy cercano. Intentamos no ser muy duros disciplinariamente, pero hay que serlo cuando se equivocan. Sobre todo, les motivamos con actividades: viajes a Italia, Andalucía, jornadas humanistas... A veces los profesores de matemáticas me riñen porque no terminan el temario de tantas salidas que hacemos (ríe).
P.- ¿Qué cambiaría del sistema actual?
R.- La carga burocrática. La Junta nos llena de papeles redundantes o inútiles. Lo importante es hacer las cosas bien, las actas y las evaluaciones vienen después. En este instituto somos muy serios con las evaluaciones; si un chico tiene problemas, el tutor habla con la familia y se atiende.
P.- ¿Qué nota el alumnado que viene de otros centros?
R.- Sobre todo la convivencia. Recuerdo un niño que venía de otro instituto donde se metían con él por sacar buenas notas. Aquí los chicos son más tranquilos en ese aspecto. Mi idea no es 'pastorear' a nadie, sino que la gente esté a gusto y pueda desarrollar su carrera.