Diego, enterrador de 20 años y dinamizador de su pueblo.

Diego, enterrador de 20 años y dinamizador de su pueblo. Cedida.

Salamanca

Diego, enterrador con 20 años y criado entre cementerios: "Voy feliz a trabajar. Lo importante es despedir bien a la gente"

Uno de los momentos más delicados del trabajo es la llamada "reducción de restos", cuando se abre una sepultura antigua para introducir un nuevo féretro. "Se sacan los restos y se meten en una caja más pequeña o en un saco adaptado", explica con naturalidad.

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Diego, de la familia de los 'Garritos', de Villarino de los Aires (Salamanca), enterrador y nieto, y bisnieto de enterradores. Empezó con ocho años acompañando a su abuelo a preparar sepulturas y hoy se mueve por media provincia. Organiza encierros infantiles, monta hinchables y hasta ha llegado a perder dinero por dar vida y espectáculo a su pueblo.

Tiene 20 años, habla con una serenidad impropia de su edad y cuando le preguntan si no le impresiona trabajar entre muertos responde sin titubear: "Yo voy a trabajar feliz. Voy a hacer mi trabajo bien, que es lo que me interesa". Diego Lojo Luis es sepulturero.

Como antes lo fueron su abuelo, José Luis Andrés, al que conocían como ‘Garrito’, y su bisabuelo Sebastián.

La tradición casi le viene "en la sangre", pero nadie le obligó. "Con ocho o nueve años acompañé a mi abuelo a hacer una sepultura y desde ahí le cogí el gusanillo", recuerda.

Mientras otros niños jugaban, él observaba cómo se preparaba la tierra para despedir a un vecino. "Mi madre se enfadaba, y le decía a mi abuelo que era pequeño. Pero yo iba encantado".

Diego  muy joven, realizando labores de sepultura.

Diego muy joven, realizando labores de sepultura. Cedida.

Hoy es uno de los pocos jóvenes de su edad que puede decir que sabe hacer "todo en general" dentro de un cementerio: abrir sepulturas, realizar reducciones de restos, preparar nichos, levantar panteones o trabajar el mármol.

Empezó ayudando en verano, siguió aprendiendo con su abuelo y con apenas 15 o 16 años ya disfrutaba del oficio, incluso como hobby.

"Hay que tener cabeza y cuerpo, si no, no aguantas"

Uno de los momentos más delicados del trabajo es la llamada "reducción de restos", cuando se abre una sepultura antigua para introducir un nuevo féretro. "Se sacan los restos y se meten en una caja más pequeña o en un saco adaptado", explica con naturalidad.

No siempre han pasado los años suficientes para que el proceso sea sencillo. "A veces toca hacerlo con tres o cuatro años. Ahí hay que tener cabeza y cuerpo. Si no tienes eso, no aguantas ni un minuto", reconoce.

Sin embargo, asegura que nunca ha tenido pesadillas ni ha sentido miedo. "Como empecé desde pequeño y lo admiraba, para mí es mi trabajo. Voy a hacerlo bien y ya está".

Lo que más le importa no es el dinero: "la gente se piensa que aquí se gana mucho porque la gente se muere, y no es así". El servicio tiene que ser respetuoso. "Vamos a despedir a familiares. Eso es lo importante".

Llamadas a cualquier hora y pueblos por toda la provincia

No tiene una funeraria propia como tal, pero trabaja de forma habitual con varias de Salamanca y su entorno. Le llaman, acuerdan el servicio y allá va. “Si me queda bien y acordamos un buen precio, voy”, resume. Ha hecho entierros por la sierra, por pueblos de la provincia e incluso fuera.

Los veranos pueden ser una locura. “Ha habido días de llegar a casa a las tres de la mañana y a las ocho estar otra vez con la furgoneta”, cuenta. ¿Lo peor? "Que llegues cinco minutos tarde y ya haya quien te lo recrimine. Siempre hay un ‘pero’".

Aun así, mantiene la calma. "Yo nunca digo que no a nadie. Lo que me gusta es dar buena imagen y que la gente quede conforme".

De sepulturero a organizar encierros infantiles

Diego no es solo el joven que trabaja en los cementerios. También es el que organiza encierros infantiles con carretones artesanales, monta hinchables, dinamiza fiestas y tira de cabezudos por las calles de su pueblo.

Todo empezó con 14 años, cuando decidió comprar unos cuernos y simular un encierro para los más pequeños. "Juntamos 30 o 40 chavales", refiriéndose a niños veraneantes del pueblo.

"De ahí fui mejorando cada año", relata. Hoy cuenta con carretones fabricados a medida y material propio para eventos.

Diego, en una foto actual haciendo la 'olla' de la sepultura.

Diego, en una foto actual haciendo la 'olla' de la sepultura. Cedida.

No siempre gana dinero. De hecho, en el aniversario de su peña asegura que llegaron a perder casi 2.000 euros. "La gente se piensa que todo es ganar, pero no. Muchas veces traes algo al pueblo y pierdes dinero", admite. Aun así, lo volvería a hacer. "Lo hacemos por dar vida".

"Que la gente que no quiere trabajar, trabaje"

Si algo sorprende de Diego es su discurso. Habla de responsabilidad, de no malgastar, de pagar rondas aunque otros se escaqueen. "Si tengo diez y puedo compartirlos, los comparto. Si no, me quedo en casa. No malgasto", dice.

Defiende la cultura del esfuerzo sin complejos: "Para la gente que quiere trabajar, hay trabajo. Que la gente que no quiere trabajar, trabaje".

Mientras muchos jóvenes aún buscan su camino, él tiene claro el suyo desde niño. Entre sepulturas y encierros infantiles, entre mármol y fiestas de verano, Diego Lojo Luis nos descubre un oficio y una forma de vida.

Y lo cuenta sin dramatismo, casi con orgullo tranquilo: "Voy a trabajar feliz".