Juan Luís y Carlos, investigadores del Instituto de Investigación Biomédica de Salamanca y profesores de la USAL.
Juan Luis y Carlos, investigadores del IBSAL: "El ejercicio modifica el organismo de la persona con cáncer"
Desde mayo de 2024, más de 230 personas con cáncer han participado en programas de ejercicio físico terapéutico mientras recibían tratamiento activo contra la enfermedad, quimioterapia, radioterapia, inmunoterapia.
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En el subconsciente colectivo parece que está instalado que las personas que padecen cáncer solo pueden estar descansando o en reposo para aliviar su tratamiento y no agotarse físicamente.
Hoy, la ciencia afirma con rotundidad justo lo contrario: moverse, y hacerlo bien, puede ser una de las mejores terapias complementarias para el tratamiento del cáncer.
Así lo demuestra la investigación que desarrolla la Universidad de Salamanca junto con el Instituto de Investigación Biomédica de Salamanca (IBSAL) y los servicios de Oncología y Hematología del Complejo Asistencial Universitario de Salamanca.
Desde mayo de 2024, más de 230 personas con cáncer han participado en programas de ejercicio físico terapéutico mientras recibían tratamiento activo contra la enfermedad, quimioterapia, radioterapia, inmunoterapia.
El resultado es altamente satisfactorio, los pacientes mejoran físicamente, se sienten mejor mentalmente y recuperan autonomía en uno de los momentos más duros de su vida.
"El ejercicio, seguro y altamente beneficioso"
"El ejercicio físico no solo es seguro en pacientes oncológicos, sino que es altamente beneficioso", explica Juan Luis Sánchez González, profesor del Departamento de Medicina e investigador del IBSAL. "La adherencia supera el 80%, no hemos tenido efectos adversos y los resultados ya están publicados".
Junto a él trabaja Carlos Martín Sánchez, profesor del Departamento de Enfermería y Fisioterapia de la Universidad de Salamanca. Ambos coordinan proyectos financiados a través de convocatorias públicas, asociaciones como ASCOL y el Colegio Profesional de Fisioterapeutas de Castilla y León.
Los programas comenzaron con pacientes con cáncer colorrectal y leucemia linfocítica crónica. El éxito fue tal que el equipo decidió ampliar el abanico de tumores y mantener los grupos de forma ininterrumpida.
Actualmente hay tres grupos activos que terminarán en unas semanas y acto seguido comenzarán los siguientes.
"Estamos trabajando con personas sedentarias, en tratamiento activo, en el momento más vulnerable del proceso. El ejercicio se convierte en un complemento terapéutico real", subraya Carlos Martín.
La fuerza, calidad de vida
Las mejoras no son solo visibles. Los investigadores han constatado avances claros en fuerza muscular, función física, fatiga, calidad del sueño, ansiedad y depresión. Pero el siguiente paso va más allá.
“Queremos saber qué ocurre por dentro”, apunta Juan Luis Sánchez. “Estamos analizando marcadores metabolómicos y proteómicos para entender cómo el ejercicio modifica el organismo de la persona con cáncer”.
Para ello, el equipo cuenta con el apoyo de la Plataforma de Proteómica del IBSAL dirigida por Manuel Fuentes, una línea de trabajo que busca sentar las bases de una prescripción de ejercicio personalizada, basada en evidencia científica sólida.
“El grupo es clave: dejan de sentirse solos”
Nada de esto sería posible sin la figura que guía, marca cada sesión, liderándola desde una perspectiva muy empática, el fisioterapeuta, Pablo Cañada.
“Funciona incluso mejor de lo que esperábamos”, reconoce. “Al principio muchos llegan convencidos de que no pueden, muy limitados físicamente. En pocas semanas recuperan fuerza, confianza y autonomía”.
Las sesiones, de unos 50 minutos, combinan calentamiento, entrenamiento de fuerza real, como si fueran clases tutorizadas de un gimnasio, y vuelta a la calma. Todo se hace en grupos reducidos, con seguimiento individualizado y ejercicios en casa, complementarios a las sesiones presenciales.
Pero hay algo más difícil de medir: el componente emocional. “El grupo es clave. Se apoyan, se ríen, se entienden. Dejan de sentirse solos”, explica Cañada. “Aquí no solo entrenan músculos, también recuperan autoestima”.
Los testimonios de los participantes ponen rostro a los datos. Pacientes que llegaron con bastón o en silla de ruedas y que, tras 12 semanas, ahora caminan solos. Otros que vuelven a subir escaleras, a dormir mejor o a reducir dolores que arrastraban desde hacía años.
Mucha eficiencia, recursos limitados
“En tres semanas pasé de no poder moverme a recuperar una barbaridad de autonomía”, relata uno de los usuarios. Otro resume la experiencia con sencillez: “Aquí te esfuerzas, te corrigen y te animas. En casa lo dejas”.
El programa es gratuito para los pacientes, pero su continuidad depende de la financiación. “Con recursos muy limitados estamos atendiendo a mucha gente”, confiesa Carlos Martín.
“Es un tratamiento muy eficiente en cuanto al coste que supone, los beneficios que obtienen las personas que han participado en este tiempo podrían incluso reducir el gasto sanitario que supone una atención completa en este grupo de pacientes.
El equipo busca dar una mayor visibilidad a la investigación para consolidar el proyecto y ampliar plazas, así como establecer nuevos lazos de colaboración con diferentes entidades.
La investigación de la Universidad de Salamanca junto al IBSAL apunta a un cambio profundo en la forma de entender el tratamiento del cáncer. “Quimioterapia, radioterapia… y ejercicio de fuerza con un profesional sanitario”, resume Pablo Cañada. “Eso debería ser un tratamiento de primer orden”.
Estos investigadores de Salamanca, que ejercen su vocación de manera altruista, demuestran con su trabajo diario que el ejercicio físico cura tanto física como psicológicamente.
Incluso durante la enfermedad, el cuerpo puede mantener capacidad de adaptación y mejora cuando el ejercicio físico está bien prescrito y supervisado