Genaro González en la fábrica

Genaro González en la fábrica Cedida

León

Genaro, el último curtidor: 150 años de historia, cinco generaciones y con cuero en Las Ventas y en la Armada

Es de los pocos artesanos que quedan en España. Hubo un tiempo en que Santa María del Páramo tuvo cinco talleres de curtidores, a sus 64 años ya piensa en la jubilación, pero antes le gustaría ver cumplido un sueño.

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La puerta de la fábrica se abre con un pequeño chirrido. “Tengo que hacer algo con ella”, afirma Genaro. Una vez dentro huele a una mezcla de cuero húmedo, madera y tierra.

Ahí está Genaro González Alonso, que camina despacio por la nave situada en Santa María del Páramo (León) mientras señala distintos rincones de la fábrica. Tiene 63 años, “camino ya de los 64”, recalca, y durante más de medio siglo este lugar ha sido su día a día.

La fábrica está pegada a su casa por lo que su rutina ha sido siempre la de cruzar una puerta después de desayunar para empezar la jornada.

Genaro es la quinta generación de curtidores de su familia. Antes que él trabajó aquí su padre, su abuelo, su bisabuelo y, más atrás en el tiempo, su tatarabuelo, que fue el hombre que fundó esta tenería a finales del siglo XIX.

Lo llamativo es que la fábrica sigue prácticamente en el mismo estado en que se levantó entonces, con paredes de tapial, estructura de madera y un techo de cañizo y teja que parece ser inmortal al paso del tiempo.

Mientras habla, pasa la mano por una piel curtida. La toca con cariño, ya que lleva haciéndolo muchos años.

“Cuando era joven salía de desayunar y ya estaba trabajando”, recuerda. “No tenía ni que coger la bicicleta”.

Aquí trabajó su padre. Y su abuelo. Y antes su bisabuelo. Y antes aún su tatarabuelo, el hombre que levantó este lugar cuando el siglo XIX estaba terminando.

Genaro es la quinta generación de curtidores de la familia. Y con toda seguridad, y por desgracia, también la última. Hoy cuesta imaginarlo, pero hubo un tiempo en que Santa María del Páramo era un pequeño territorio industrial. Un pueblo lleno de talleres, hasta otros cinco.

Genaro durante su jornada de trabajo

Genaro durante su jornada de trabajo Cedida

Durante siglos los hombres del Páramo fueron arrieros. Transportaban vino, cereales o aceite de linaza desde estas tierras hasta la montaña cantábrica. En el viaje de regreso traían carbón, pieles y otros productos.

De aquellas pieles surgió una idea que acabaría marcando la identidad del pueblo, transformarlas en cuero. Así nació la industria del curtido en Santa María del Páramo en el siglo XIX.

Con el tiempo llegaron a funcionar cinco tenerías al mismo tiempo. El curtido necesitaba muchas manos y daba trabajo a muchas familias. Después vinieron los cambios.

Primero la Guerra Civil que provocó momentos duros, más tarde la mecanización del campo. Luego los tractores empezaron a sustituir a los animales y, poco a poco, el cuero dejó de ser imprescindible.

Las fábricas fueron cerrando una tras otra, pero solo quedó una.

La tenería de la familia González se fundó en torno a 1887. El iniciador de la saga fue Froilán González Prieto, el tatarabuelo de Genaro, un hombre emprendedor que vio en el curtido una forma de ganarse la vida en el Páramo.

Desde entonces el oficio fue pasando de padres a hijos como un legado silencioso. “La fábrica tendrá ahora unos 150 años desde que la fundó mi tatarabuelo”.

En todo este tiempo han seguido haciendo el mismo producto. “Es un producto de calidad y por eso todavía nos lo siguen comprando”, afirma.

Durante décadas el cuero que salía de esta nave iba siempre destinado al campo. Los agricultores trabajaban con animales como vacas, caballos, mulas. Y cada uno de esos animales necesitaba arneses, correas, cabezadas o sillas de montar. Pues bien, todo se hacía con cuero.

“Antes todo el campo se trabajaba con animales”, recuerda Genaro. “Y todo lo que llevaban esos animales para trabajar estaba hecho de cuero”.

“Un 80 o 90 por ciento era de vaca”, apunta. “A lo mejor había algo de caballo también, pero poca cosa más”.

El cuero salía de aquí y llegaba a los guarnicioneros, los artesanos que lo transformaban en herramientas para el trabajo agrícola. Pero ese mundo empezó a desaparecer a mediados del siglo XX.

“Con la llegada del tractor y la emigración del campo en los años 50 y 60 todo aquello fue a menos”, cuenta.

Hoy el cuero que fabrica Genaro tiene otro destino.

Genaro González, el último artesano curtidor de la provincia de León, en una foto de 2012

Genaro González, el último artesano curtidor de la provincia de León, en una foto de 2012 ICAL

Aunque el campo ya no lo necesita, el cuero sigue siendo fundamental en el mundo de la hípica. Así, gran parte de los clientes de Genaro están hoy a en el Levante, en ciudades como Valencia, Castellón, Alicante.

“Allí todavía hay mucha tradición de caballos”, explica. Se dedica a concursos, tiros de caballos, fiestas, ya que en esas celebraciones el animal se convierte casi en una obra de arte. “A los caballos les ponen mucho cuero bonito”, dice Genaro.

“Igual que a ellos les gusta arreglarse para las fiestas”, asegura con una sonrisa.

A lo largo de los años, el cuero que ha salido de la fábrica no solo ha servido para los talleres de guarnicioneros o para los concursos de caballos del Levante. Algunas de sus pieles han terminado en lugares mucho más inesperados.

Recuerda, por ejemplo, un encargo que llegó en los años ochenta desde la Armada española, cuando les pidieron unas pieles para utilizarlas en el portaeronaves Príncipe de Asturias. “Nos encargaron unas pieles muy gordas, de lo más fuerte que teníamos, para algo que necesitaban allí”, explica.

También han trabajado para guarniciones de plazas de toros o para el tiro de mulillas de la Real Maestranza de Sevilla o de las Ventas en Madrid, donde un guarnicionero recurrió a su cuero para elaborar los correajes con los que se sacan los toros del ruedo.

Incluso parte de su producción ha cruzado fronteras: antes del Brexit llegó a enviar pieles a un zapatero que trabajaba en Inglaterra y buscaba precisamente ese tipo de cuero tradicional que apenas se encuentra ya.

Son encargos puntuales, recuerda Genaro, pero suficientes para demostrar hasta dónde puede llegar el trabajo que todavía hoy sale de esta pequeña fábrica del Páramo.

Mes y medio para convertir una piel en cuero

El oficio de curtidor nunca ha sido rápido, por eso dicen que las cosas de Palacio, van despacio.

Las pieles llegaban a la fábrica principalmente durante los meses de invierno, en la época de matanzas que durante generaciones marcó el calendario de los pueblos.

Las familias sacrificaban cerdos, pero también vacas viejas que ya no servían para producir leche o trabajar.

“Esas vacas se mataban en casa”, recuerda Genaro. “Y el que las desollaba muchas veces se quedaba con la piel como pago”. Después esas pieles llegaban hasta Santa María del Páramo.

Lo primero era salarlas para conservarlas durante todo el año. A partir de ahí comenzaba un proceso largo de lavado, pelado, limpieza y curtido. “Una piel de vaca pesa entre 30 y 40 kilos”, explica.

Por este motivo, solo el curtido podía durar semanas. “Curtiéndola en el bombo llevaba mínimo quince días”.

Antiguamente era incluso más lento. El proceso se hacía en pozos y podía duplicar el tiempo.

Útiles empleados

Útiles empleados Cedida

En total, desde que la piel entraba en la fábrica hasta que salía convertida en cuero podían pasar más de mes y medio. Y todo dependía del tiempo.

“Aquí secamos al natural”, dice. “Si hace bueno se seca antes. Si hay humedad o niebla tarda más”.

Genaro también ha tenido tiempo para disfrutar, aunque siempre pensando en su fábrica. Echamos la vista atrás y recordamos que en los años 80, durante la famosa Movida, Santa María del Páramo era un pueblo sorprendentemente animado.

“Había cinco discotecas”, exclama Genaro. Era la época de las madrugadas largas, de la música y de las fiestas, pero el cuero no entiende de horarios, así que había que estar al pie del cañón.

Muchas veces salía de la discoteca a las seis de la mañana y tenía que ir directamente a la fábrica. “Me ponía el mono de trabajo y me ponía a descolgar pieles”, cuenta.

“Si las pieles se secaban demasiado durante la noche, el cuero no quedaba bien. Había que estirarlas en el momento justo”, explica.

Volvemos al presente y hoy Genaro trabaja solo. Hubo un tiempo en que en la fábrica trabajaban siete personas. Ahora él se encarga únicamente de los acabados del cuero, ya que el proceso completo sería demasiado duro.

Genaro, el último curtidor

Genaro, el último curtidor

Durante décadas levantó pieles enormes, cargó pesos imposibles y trabajó en una fábrica donde casi todo se hacía a mano, y como suele pasar, ese esfuerzo ha pasado factura.

Hace dos años lo operaron de una cadera y pronto tendrá que pasar por quirófano para la otra. “He movido muchas pieles con cuestas en la cabeza”, dice. “Y al final las caderas lo pagan”.

Por este motivo sabe que la historia de la fábrica se acerca a su final. Como ocurre actualmente en muchos negocios, no hay relevo generacional.

Cuando él se jubile, probablemente desaparecerá el último curtidor de Santa María del Páramo, y casi de Castilla y León, ya que solo queda una más en Villamuriel (Palencia).

El sueño de un museo

“Yo soy el último”, dice con mucha tristeza. “Y me da un poco de pena que esto desaparezca”, continua. Por eso sigue abriendo las puertas a quien quiera conocer el lugar.

Hasta antes de la pandemia recibía visitas de los colegios y explicaba el proceso mientras enseñaba cada rincón. Ahora eso ya desapareció aunque es cierto que algunos curiosos siempre piden ver la fábrica. “Y todo el mundo se va maravillado”.

Visita a la fábrica de un colegio

Visita a la fábrica de un colegio

Su sueño sería que la fábrica no se perdiera por eso insiste en que las administraciones (ayuntamiento o Junta) arrimen el hombro para crear el museo del curtidor. “Me gustaría que quedara como un museo de lo que fue y sería el mejor homenaje a cinco generaciones y 150 años”.

Antes de despedirnos la pregunta es casi obligada. ¿Genaro, usted ha sido feliz? Se queda unos segundos en silencio. “La felicidad… no sabemos muy bien qué es, pero yo he trabajado lo que he querido y he intentado hacerlo lo mejor posible”.

Nos despedimos y una corriente de aire mueve las pieles colgadas en el corredor. La fábrica sigue en pie. Genaro ahí sigue. “Aquí tenéis vuestra casa”.