Orbaneja del Castillo en Burgos.
Los cinco finalistas al pueblo más bonito del mes de marzo de National Geographic están en Castilla y León
Desde vikingos a secretos medievales, estas cinco coordenadas funcionan como una pequeña isla rural sin artificios donde buscar la belleza rural.
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National Geographic ha dado a conocer que los finalistas al pueblo más bello del mes de marzo están en Castilla y León que atesora una preciosidad majestuosa entre todos sus municipios.
Castilla y León, apunta la publicación, es la comunidad más grande de España en lo que acaba por ser un mapa inabarcable y Burgos funciona como una pequeña isla provincial donde enfocar la mirada en busca de belleza auténtica.
Aquí, la belleza rural no necesita de artificios ni de filtros. Se esconde en calles que pasan por ser empedradas, en desfiladeros, cascadas improbables y torres medievales. Cinco pueblos de Burgos que lo demuestran con una precisión digna de la prosa de Delibes.
Castrojeriz
La Calle Real divide a esta villa de este a oeste con dirección Santiago de Compostela, y lo hace desde hace siglos.
Antes de entrar al pueblo, todavía en medio del campo, aparecen las Ruinas del Convento de San Antón: una iglesia medieval reconvertida hoy en albergue, observatorio de estrellas y cantina y que anticipa lo que está por llegar. Al comienzo de la villa, sigue la Iglesia Virgen del Manzano, que hoy alberga un museo de Arte Sacro con tallas medievales, pinturas flamencas y piezas de orfebrería.
Más adelante, la colegiata de Santo Domingo sorprende con su portada clasicista. En su interior, un centro de interpretación del Camino de Santiago.
Casi al final de la Calle Real, la Iglesia de San Juan reúne en un mismo edificio el gótico primitivo y la tradición románica: su claustro cuadrado, con arcos agudos sobre columnas, es un lugar fascinante para descansar.
A pocos pasos, para completar la quiniela monumental, están las ruinas del Convento de San Francisco, que se han transformado en un hotel boutique. Ahora, los arcos ojivales y las bóvedas de crucería del siglo XIV conviven con el día a día del establecimiento, como una metáfora del tiempo eterno. Y es que Castrojeriz sigue recibiendo peregrinos y viajeros como desde la Edad Media.
Poza de la Sal
Es conmovedor cómo las calles empedradas guardan aún las huellas de un niño despeinado, con el rostro quemado por el sol y el cierzo en la cara: Félix Rodríguez de la Fuente nació y creció aquí, en este antiguo señorío de La Bureba, antes de convertirse en el naturalista español más televisivo. Su casa natal sigue en pie en el número 18 de la Calle Mayor. Sobre el pueblo se alza el Castillo de los Rojas, construido en el siglo XIV para proteger la producción de la sal.
Desde sus almenas, el llamado "Balcón de La Bureba" regala una panorámica de páramo, pinares y cereal que al atardecer adquiere su belleza máxima. Dentro del casco histórico amurallado, esperan la iglesia gótica de San Cosme y San Damián; mientras que la Casa de la Administración de las Reales Salinas recuerda la época en que Poza producía hasta siete millones de kilos de sal al año: el oro blanco.
Orbaneja del Castillo
Aquí el agua lo llena todo. La cascada de Orbaneja del Castillo brota de la Cueva del Agua a más de veinte metros de altura y divide el pueblo en dos mitades, la Villa y la Puebla, y desciende entre casas de piedra antes de alimentar al Ebro. En época de deshielo, el murmullo llega de alegría acuática las calles en pendiente del pueblo.
Llegar por camino brinda la mejor panorámica de Orbaneja del Castillo, al abrigo del circo rocoso que el Ebro ha modelado con paciencia de siglos, el pueblo se escalone en empinadas callejuelas hacia arriba, mientras que la cascada genera a su paso una serie de pozas de azul turquesa extraordinario, tapizadas de musgos y líquenes: el agua que procede de los acuíferos kársticos va disolviendo la roca caliza y creando formas caprichosas.
Con esa misma toba calcárea precisamente, se construyeron las casas que parecen sacadas de un museo etnológico. De ahí ese color peculiar, ese aire montañés que agrupa las fachadas en un casco histórico declarado Conjunto Histórico Artístico en 1993. Advertencia: del castillo que da nombre al pueblo no queda nada.
Pancorbo
En 1846, Alexandre Dumas cruzó este desfiladero en un traqueteante carruaje, camino de una boda y casi camino del otro mundo por culpa de un brasero mal apagado… Lo contaría después en un libro de viajes.
Este paso fue durante siglos el cerrojo que abría o cerraba Castilla al mundo. Y es que aquí la geología lo explica todo. En Pancorbo, la barrera de los Montes Obarenses se quiebra para dar paso al río Oroncillo, un enclave que se disputaron durante siglos romanos, visigodos, musulmanes, navarros y castellanos. En 1621, este desfiladero fue escenario de uno de los episodios más oscuros de la historia de la brujería en España: ocho personas ejecutadas en un proceso que incluso la Inquisición intentó frenar sin éxito.
Hoy el paisaje jurásico, declarado Parque Natural, alberga una de las colonias de buitres leonados más densas de la península. Desde lo alto, el castillo de Santa Marta mantiene su silueta en una aguja de roca casi inaccesible.
Abajo, el casco urbano guarda dos iglesias, la gótico-renacentista de Santiago y la barroca de San Nicolás, y la estación de tren del siglo XIX, último testimonio de la mayor hazaña de Pancorbo: conectar Madrid e Irún con ferrocarril atravesando la roca viva. Y Dumas se lo perdió.
Covarrubias
Parece una novela de fantasía romántica, pero no: en 1258, una princesa noruega de cabellos dorados y ojos de hielo desembarcó en Castilla para casarse con el infante Felipe, hermano de Alfonso X el Sabio. Kristina, hija del rey Haakon IV, nunca llegó a adaptarse a la vida en la corte sevillana y murió cuatro años después, a los 28, añorando los fiordos de Bergen. Antes de fallecer, hizo prometer a su esposo que construiría en Covarrubias una capilla para honrar a San Olav, patrón de Noruega.
Felipe guardó los restos de Kristina en la Colegiata y algunos de los poemas que le había dedicado dentro del sarcófago. Luego también murió joven, y la historia cayó en el olvido durante siglos. Hasta 2011, cuando se inauguró la capilla de San Olav, en el Valle de los Lobos a tres kilómetros del centro. Un edificio extraterrestre en madera y chapa de acero laminado, con una torre campanario exenta que le da un toque exótico al paisaje burgalés.