Pedro Sánchez no ha convocado elecciones. Ha declarado la guerra.
Al menos eso parece si uno atiende al vocabulario escogido por el presidente del Gobierno para anunciar que los españoles volveremos a las urnas el próximo 29 de noviembre.
Hay que “doblegar a las élites”, “conquistar nuevos avances sociales” y “batirse” contra poderes económicos y sociales. Enfrente están la “ola ultraderechista”, los “tiranos”, los “tecnoligarcas” y los “especuladores”. Y de fondo, como premio moral para quienes escojan correctamente la papeleta, la posibilidad de situarse en “el lado correcto de la historia”.
Sólo faltaban las trincheras.
Sánchez podría haber explicado sencillamente que su Gobierno ha perdido la capacidad de sacar adelante su agenda legislativa, que sus socios le han tumbado los decretos de vivienda y que, en esas circunstancias, devuelve la palabra a los ciudadanos.
Pero ha preferido presentar unas elecciones democráticas como una batalla entre buenos y malos, entre quienes quieren avanzar y quienes pretenden retroceder, entre un pueblo virtuoso y unas élites oscuras que, según él, “pisan” los intereses de la gente desde el Parlamento.
Resulta llamativo escuchar a un presidente que lleva en La Moncloa desde 2018 hablar como si acabara de llegar a Madrid con una pancarta debajo del brazo.
También lo es que el Parlamento se convierta de repente en el lugar donde se pisotean los intereses de los ciudadanos simplemente porque ha dejado de votar lo que quiere el Ejecutivo.
Durante años, la misma aritmética parlamentaria fue presentada como el gran ejemplo de la pluralidad democrática española.
Cuando Junts votaba la investidura, aquello era diálogo.
Cuando sus socios permitían sacar adelante una ley, era capacidad para alcanzar acuerdos.
Ahora que algunos han decidido votar que no, resulta que bloquean y traicionan.
Qué delicada es a veces la democracia.
El problema parece no ser tanto el Parlamento como que el Parlamento haya dejado de obedecer.
Y ahí aparece el Sánchez más reconocible.
El presidente lleva años demostrando una extraordinaria capacidad para convertir cada dificultad política en una causa superior.
Nunca pierde una votación: alguien bloquea el progreso. Nunca se queda sin apoyos: alguien traiciona a la ciudadanía. Nunca atraviesa una crisis de Gobierno: existe una conspiración empeñada en detener el avance.
Ahora tampoco convoca porque su legislatura se haya vuelto impracticable. Convoca para “doblegar”. Doblegar significa hacer que alguien ceda por la fuerza o por presión. No convencer. No pactar. No negociar. Doblegar. Y seguramente ahí está resumida buena parte de la campaña que viene.
Sánchez ha elegido el terreno antes incluso de que empiece oficialmente la competición: no se discutirá únicamente de impuestos, vivienda, empleo, inmigración, corrupción o servicios públicos.
Se discutirá de bandos. Del ellos y del nosotros, de progreso y reacción, de buenos y malos, de quienes están en el “lado correcto de la historia” y quienes, por pura lógica, deben de encontrarse en el equivocado. ¡Qué maliciosa simplificación!
Una vieja fórmula política, extraordinariamente eficaz, porque cuando unas elecciones se convierten en una batalla moral ya no hace falta explicar demasiado la gestión. Basta con señalar al enemigo.
Feijóo ha respondido hablando del final del “muro”. Vox hará lo propio con su particular catálogo de adversarios. Y durante las próximas semanas asistiremos probablemente a una competición para comprobar quién levanta la trinchera más alta.
Después nos preguntaremos por qué la política española es irrespirable.
Sánchez reconoce que ha cometido errores y que no ha logrado hacer todo lo que pretendía. Pero incluso esa tímida autocrítica queda sepultada bajo una épica de resistencia.
No ha podido hacer más porque las élites son muy poderosas. Porque la oposición es la peor. Porque el Congreso es bronco. Porque sus socios traicionan. Porque existen tecnoligarcas. Porque hay especuladores. Siempre hay alguien.
Y, sin embargo, gobernar consiste precisamente en conseguir mayorías, negociar con adversarios, administrar derrotas parlamentarias y aceptar que el Congreso no es una extensión del Consejo de Ministros.
A veces incluso consiste en perder.
Durante meses aseguró que agotaría la legislatura. Finalmente no podrá hacerlo y ha tomado una decisión perfectamente legítima: convocar elecciones.
Hasta ahí, nada que objetar. Lo inquietante es el envoltorio. Porque un presidente puede pedir el voto para continuar sus políticas sin convertir al adversario en una amenaza moral.
Puede defender que su proyecto es mejor sin insinuar que enfrente sólo existe una “ola ultraderechista”. Puede aspirar a una mayoría más amplia sin prometer “doblegar” a quienes no piensan como él.
Así que el 29 de noviembre iremos a votar. No a conquistar nada. No a doblegar a nadie. No a librar ninguna batalla histórica. Simplemente a votar. Aunque escuchando al presidente, cualquiera diría que en lugar de papeletas van a repartir cascos y bayonetas en los colegios electorales.