Comida de la peña Que Turururú de Villarino

Comida de la peña Que Turururú de Villarino EE

Opinión

Cuando la fiesta se acaba, el pueblo vuelve a escucharse

"El calendario deja atrás las fiestas para recordar que la realidad cotidiana continúa siendo la de pueblos que luchan por mantener abiertos sus servicios, conservar su identidad y resistir el paso del tiempo".

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Han pasado mis tres referencias festivas de verano, San Roque en Villarino de los Aires, la Asunción en Guijuelo y San Bartolo en Aldeadávila de la Ribera, en la hora de bajar el telón existe un instante que nunca aparece en los carteles de las fiestas patronales. No tiene música, ni fuegos artificiales, ni charangas recorriendo las calles. Sucede cuando el último escenario se desmonta, cuando las luces se apagan y el silencio vuelve a ocupar el lugar que durante unos días cedió a la alegría. Es entonces cuando el pueblo regresa a sí mismo.

Las fiestas son un paréntesis en la vida de la España rural. Durante unos días, las calles vuelven a llenarse de voces conocidas y de recuerdos de los ausentes. Regresan los hijos que emigraron, los nietos que solo conocen el pueblo por los veranos y quienes, aunque vivan lejos, siguen sintiendo que allí permanece una parte de su identidad, la de sus ancestros. Las casas cerradas durante meses vuelven a abrir sus ventanas y el humo de las chimeneas improvisadas para las parrilladas anuncia que la vida ha regresado.

Pero la fiesta, como el verano, siempre termina.

Encierro de Villarino

Encierro de Villarino EE

Llega la mañana siguiente a la bajada del telón. Quedan algunos banderines movidos por el viento, vasos de plástico olvidados en las plazas y muchos rincones y un escenario vacío que parece demasiado grande para una localidad donde apenas permanecen unos cientos de vecinos durante el resto del año, salvo la industrial Guijuelo. Los coches desaparecen poco a poco de las calles por las carreteras secundarias, llevando de vuelta a quienes prometen regresar el próximo verano.

Y el pueblo vuelve a quedarse solo.

No es una soledad triste; es la soledad de la costumbre de cada verano desde que las sociedades son emigración, ahora que tanto se habla de migrantes. Regresa la rutina de quienes nunca se fueron. Los jubilados vuelven a ocupar los bancos de la plaza, el panadero recupera su horario habitual, el bar deja de servir cientos de consumiciones para atender a los mismos clientes de siempre, mientras la campana del reloj de la plaza solo da las horas.

La despoblación reaparece con toda su crudeza. Allí donde unos días antes parecía imposible encontrar aparcamiento, ahora solo quedan calles silenciosas. El bullicio da paso al canto de los pájaros, al ladrido lejano de un perro o al ruido del tractor que vuelve al campo. El calendario deja atrás las fiestas para recordar que la realidad cotidiana continúa siendo la de pueblos que luchan por mantener abiertos sus servicios, conservar su identidad y resistir el paso del tiempo.

Ofrenda a la Virgen en Guijuelo

Ofrenda a la Virgen en Guijuelo EE

Sin embargo, esa aparente calma también encierra una belleza difícil de explicar para quien solo conoce el mundo urbano. Es la autenticidad de una vida donde nadie tiene prisa, donde cada vecino conoce el nombre del otro y donde el reloj parece avanzar al ritmo de las estaciones. En ese silencio habita la esencia de los pueblos.

Porque las fiestas no cambian su realidad, pero sí alimentan su esperanza. Demuestran que todavía existe un vínculo capaz de reunir a generaciones enteras alrededor de una plaza, una procesión, una verbena o una comida popular. Son el recordatorio de que un pueblo nunca desaparece mientras haya alguien dispuesto a regresar para reencontrarse con sus raíces.

Cuando el último visitante se marcha, el pueblo vuelve a su vida más original: sencilla, pausada y auténtica. Vuelve al silencio que no es abandono, sino memoria; a la rutina que no es resignación, sino resistencia; y a una despoblación que sigue siendo uno de los grandes desafíos del medio rural.

Porque, aunque las fiestas terminen, la verdadera vida del pueblo, de los que hemos decidido conscientemente vivir aquí, nunca deja de latir. Lo hace despacio, sin estridencias, esperando de nuevo el momento en que las campanas anuncien otro verano, otro reencuentro y otra oportunidad para recordar que las raíces siempre encuentran el camino de vuelta, ¡ay!