Las Arribes desde La Code de Mieza

Las Arribes desde La Code de Mieza L. Falcao

Opinión

La raya invisible

Crónica de un pueblo de frontera donde el silencio tiene dos acentos.

Publicada

Hay un territorio en el oeste donde los mapas mienten. En las escuelas enseñan que una línea de tinta separa España de Portugal, pero cualquiera que haya pisado la roca granítica de la frontera sabe que la geografía no entiende de aduanas.

Aquí, donde el asfalto se rinde ante los cañones del río y los buitres patrullan un cielo sin banderas, la vida se rinde a un ritmo propio, ajeno a las prisas de los telediarios y la mierda de la política actual.

Vivir en un pueblo incrustado en pleno Parque Natural, con el vecino luso a tiro de piedra, es aprender a habitar el silencio. Hablo de La Ribera salmantina, pero también podría valer para Aliste, Sayago, Abadengo, Azaba o Rebollar.

La rutina de estas calles empinadas no la dictan los despertadores, sino las estaciones. Hay una complicidad diaria y casi sagrada en algo tan sencillo como entrar en el bar y conocer por el nombre a quien te pone el chato o la caña.

Ese trato de siempre, de carne y hueso, donde la conversación importa más que la transacción, teje una red invisible que sostiene a los pocos que se quedan a cuidar las casas de los abuelos. En estos rincones, el verdadero valor de los días no se cuenta con grandes hitos; se mide en cosas más pequeñas y más humanas.

Al cruzar el umbral del casco urbano, la naturaleza no es un decorado de fin de semana para turistas de postal; es una vecina exigente. El Parque Natural envuelve el caserío con una presencia casi física.

Es un paisaje de robles centenarios, canchales que parecen colocados por la mano de un gigante, como la Peña el Pendón en Villarino, y el rumor constante del agua que se abre paso de manera salvaje por los desfiladeros, como el Pozo de los Humos en el Uces.

Quien elige este retiro sabe que la recompensa es una vida donde el día termina oliendo a chimenea en invierno y a tierra caliente en verano.

Son dos aromas que resumen el año: el refugio del fuego cuando el viento de la meseta corta la cara y la calma pesada de las tardes de agosto, cuando el suelo exhala el calor acumulado durante el día.

Esa misma solana es la que curte el carácter de los pueblos rayanos de la provincia de Salamanca. Lugares como Villarino, Aldeadávila, Hinojosa de Duero o Sobradillo no miran hacia el centro de la península; miran de reojo al oeste, al abismo del cañón donde el río Duero, el Tormes, el Uces, el Huebra y el Águeda juegan a ser foso y costura a la vez.

En estos rincones salmantinos, las arribes se desploman en vertical y obligan a sus habitantes a cultivar casi en el aire, arañando bancales de olivos y vides a los acantilados, donde madura el cotizado Bruñal.

Es una frontera de piedra dura que, en lugar de aislar, ha obligado a los de esta orilla a entenderse con los del otro lado desde que el mundo es mundo.

Vivir aquí también agudiza el oído. En las plazas no se habla un idioma puro; se conversa en ese hablar mestizo que va y viene según sople el viento de la dehesa o el del Atlántico. La cercanía con la frontera borra las distancias.

El bar del pueblo es el mismo para el ganadero salmantino que para el jubilado luso que cruza desde Freixo de Espada à Cinta o Bemposta o Almeida a por el tabaco, el aceite o la gasolina.

Al final, compartir el aislamiento estrecha los lazos y también cambia la forma de relacionarse con los demás. Los recelos de los viejos imperios se diluyen entre partidas de cartas y la ayuda mutua cuando viene una mala paridera o un invierno demasiado crudo.

En un mundo obsesionado con la hiperconexión y el ruido mediático, estos pueblos de la Raya custodian una sabiduría antigua. Sus habitantes practican un tipo de atención que en las ciudades se ha extinguido: el cuidado mutuo de las distancias cortas.

Estar pendiente de si la chimenea del vecino echa humo por la mañana, comprobar que las luces se apagan a su hora o compartir un plato de comida caliente si las piernas ya no acompañan. Y esa vigilancia afectuosa vale tanto como muchos tratamientos.

Es una medicina silenciosa que no viene en cajas de cartón ni se dispensa con receta, pero que mantiene en pie a las comunidades más envejecidas de la península.

En el centro de la plaza principal de los municipios portugueses vecinos, el ‘pelourinho’ de piedra sigue recordando que el orden lo ponía la ley del territorio, no la de los despachos lejanos de las capitales; la misma soberanía que en el lado salmantino guardan los castillos y las torres del homenaje que ahora duermen en paz.

Hoy, sin embargo, la verdadera resistencia no se ejerce con la espada, sino con la permanencia. Quedarse a vivir en la Raya es un acto poético y testarudo.

Es la certeza de saber que, mientras quede alguien dispuesto a encender la lumbre y a saludar al vecino por su nombre de pila, esta orilla del mundo seguirá estando viva. Aunque los mapas se empeñen en pintarla con el color de la nada. ¡Ay!