Vito Quiles gateando sobre las mesas.
El ocaso de la ética: la diferencia entre informar y agitar
Por un periodista con más de 40 años de oficio.
En los últimos años, el periodismo no es que haya cambiado: es que en algunos espacios directamente se ha degradado. La velocidad de las redes sociales y la obsesión por el impacto han ido arrinconando algo tan básico como el rigor.
Hoy, demasiadas veces, se confunde informar con opinar sin datos, y opinar con provocar. Y no, no es lo mismo.
Conviene recordar lo evidente: el periodismo se sostiene sobre tres pilares —verdad, imparcialidad y respeto institucional—. Sin eso, lo que queda no es periodismo, es otra cosa. Llámese propaganda, activismo o simple ruido.
Quienes llevamos décadas en este oficio —en mi caso, más de cuarenta años— hemos visto transformaciones profundas. Pero nunca habíamos asistido a esta banalización del papel del periodista. Antes, el reto era llegar a la información.
Ahora parece que el objetivo es otra cosa: hacerse notar, aunque sea a costa de todo lo demás.
El caso de Vito Quiles no es una anécdota, es un síntoma. Su manera de actuar en el espacio público no responde a la lógica de informar, sino a la de provocar. Y eso, por mucho que se disfrace, como intentan hacer Alberto Núñez Feijóo, Miguel Tellado o Ester Muñoz, no es periodismo.
Es agitación. Ocurre aquí y ocurre fuera: figuras como Alex Jones o Tucker Carlson llevan años demostrando hasta qué punto se puede tensar esa frontera hasta romperla.
Pero el problema no son solo los nombres, sino la impunidad con la que se está normalizando este modelo. Cuando alguien utiliza una rueda de prensa para montar un espectáculo, no está ejerciendo su derecho a informar: está degradando un espacio público que no le pertenece.
Lo hemos visto, sin ir más lejos, en el Congreso. Comparecencias que deberían servir para preguntar y obtener respuestas convertidas en escenarios de confrontación.
Una diputada tuvo que recordar algo tan elemental como que allí hay “periodistas, no amiguitos”. Que haya que decirlo ya es, en sí mismo, preocupante.
Y lo ocurrido esta misma semana va un paso más allá. Bertrand Ndongo no solo interrumpió el turno de preguntas, sino que terminó insultando a la diputada Aina Vidal.
Eso no es periodismo incómodo, ni valiente, ni crítico. Es, sencillamente, una falta de respeto y una forma de contaminar el debate público. Y lo más grave es que empieza a ser habitual.
Aquí es donde conviene ser claro: no todo vale. No todo el que se coloca delante de un micrófono es periodista. Y no toda provocación es libertad de expresión en sentido noble. Confundir activismo con periodismo no amplía la democracia; la erosiona.
Porque cuando el ciudadano deja de distinguir entre información y manipulación, entre pregunta y espectáculo, lo que se rompe es la confianza. Y sin confianza, el periodismo deja de cumplir su función. Pasa a ser parte del problema.
El buen periodismo no es el más ruidoso ni el más viral. Es el más fiable. El que contrasta, el que incomoda con datos, no con gritos. El que pregunta para saber, no para lucirse. Todo lo demás —y conviene decirlo sin rodeos— no es periodismo. Es otra cosa. Y cuanto antes dejemos de blanquearlo, mejor.
No debemos olvidar que "el periodismo libre es el oxígeno de la democracia; la agitación constante es el veneno que la corrompe", ¡ay!