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Opinión

La agenda verde Scheele

"Un liderazgo valiente pasó a ser una cruzada heroica y terminó en un suicidio económico. Europa debería tener más cuidado en cómo conseguir un futuro verde. No acabemos en el tóxico verde de Scheele, tan popular en los papeles y telas del siglo XIX".

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Es difícil asignarle un color al futuro. Un experto en marketing sugeriría el azul, por su relación con la tecnología. Azul automático, mecánico y metálico. En psicología del color apostarían por el blanco. Blanco cegador al otro lado del túnel de la vida, religioso y pacífico. En el refranero, el futuro es verde esperanza. Huele a tierra, semillas, brotes, flores y frutos. Somos más tierra que tecnología, más naturaleza que fe.

La economía también apostó por el verde como el color de un futuro más amable con el medio natural, menos destructivo y egocéntrico. La agenda verde fue la traducción que la política internacional hizo de la transición hacia una humanidad sostenible. Ante la imposibilidad de enmendar el desastre de la era industrial y posindustrial, que ha desembocado en un cambio climático irreversible, al menos podremos intentar que la degradación del único planeta que (por el momento) permite la vida humana se ralentice.

La Unión Europea se vistió con la bandera de la economía verde como ninguna otra asociación de Estados relevante en el mundo. A pesar de emitir tan solo el 8% de las emisiones contaminantes y de haber sido testigo de los fracasos repetidos de las cumbres del clima por la falta de compromiso de Estados Unidos, China o la India, quiso liderar una transformación internacional inaplazable. Sin embargo, en el siglo XXI Europa ya no gobierna el mundo.

Un liderazgo valiente pasó a ser una cruzada heroica y terminó en un suicidio económico. La loable Europa sostenible pierde competitividad a paso de gigante frente a unos Estados Unidos, pero sobre todo frente a China, con normativas más permisivas con la huella de carbono. Los costes de la transición energética, que solo ha asumido en serio el viejo continente, lastran peligrosamente a las empresas.

Hoy comienza en Bruselas la agenda de reuniones de una delegación de empresarios de Valladolid en busca de un cambio en las normativas medioambientales para el sector del automóvil. Encabezada por la Cámara de Comercio, intentará convencer a las autoridades europeas de que las exigencias de descarbonización deben tener en cuenta toda la vida útil (y de desguace) de los vehículos, y no solo el tubo de escape. Se antoja David amenazando a Goliat con una honda.

Hay que asignar otro color al futuro. El dilema es colosal. Europa planifica un futuro verde y un presente negro. China despeja en azul los próximos años y procrastina sus responsabilidades con el planeta. Hay que decidir entre herencia o hedonismo, ser la cigarra o la hormiga. Habitar el presente o diseñar el futuro asumiendo que “el futuro es una farsa, a menos que puedas vivir plenamente el presente”, como escribió el filósofo Alan Watts.

Europa debería tener más cuidado en cómo conseguir un futuro verde. No acabemos en el tóxico verde de Scheele, tan popular en los papeles y telas del siglo XIX. El imperial Napoleón Bonaparte tenía su habitación empapelada de este precioso color. Cuentan que fue la causa de su enfermedad y de su muerte.