Miguel Delibes, junto a su bicicleta

Miguel Delibes, junto a su bicicleta Henar Sastre

Cultura

De Molledo a Sedano: el camino por amor de Delibes a lomos de su bicicleta

Elisa y Pancho, hija y nieto del escritor vallisoletano, reflexionan sobre la ruta que recorría cada verano en busca de su amada, Ángeles de Castro, entre Burgos y Cantabria

12 octubre, 2021 07:00

El incesante compás que marcan los radios de la bicicleta evoca al verano. A ese amor que tanto ha ocupado corazones, a sabiendas de que, con toda probabilidad, tocaría a su fin cuando la rutina retornara tras el asueto estival. Pero, como la vida, el amor cuenta con excepciones. La protagonista de esta historia también se encuentra en verano, en aquellos veranos de blanco y negro en los que un escritor, Miguel Delibes, recorría los cien kilómetros que separaban la cántabra localidad de Molledo y la burgalesa Sedano.

En Molledo veraneaba Delibes y en la castellana provincia lo hacía Ángeles de Castro, su amada. Era una época en la que la bicicleta se antojaba como medio de transporte, no por motivos medioambientales sino por la necesidad y, en el caso del escritor, pasión. Hoy, esa ruta tantas veces recorrida por una bicicleta que proyecta una alargada sombra, como los cipreses, con el sol a sus espaldas, cuenta con una prueba clásica ciclista, si bien no reconocida por la Unión Ciclista Internacional, en recuerdo del escritor que tantas veces hizo saltar la gravilla de los caminos para reencontrarse con Ángeles.

La carrera ‘MAX’ va desde la burgalesa localidad hasta Cantabria y, a mitad de camino, en Corconte, se inicia ‘la clásica corta’, donde se suman “algunos primos y sobrinos pequeños, para que no tengan que ascender todos los puertos previos”, bromea Pancho Corzo Delibes, nieto que creció en el día a día con “un abuelo muy bromista y amante de su familia”. La prueba, en homenaje al literato, a su mujer y al futuro que representa su legado familiar, aúna las iniciales de las tres partes en el acrónimo de ‘MAX’, donde la ‘X’ representa el futuro, encarnado en su descendencia.

Ángeles de Castro, montada en su bicicleta

Ángeles de Castro, montada en su bicicleta Fundación Miguel Delibes

Mi abuelo nos reunía frente a la televisión para ver las gestas de Indurain”, recuerda Pancho, como pide que se le mencione, sobre una juventud muy especial en la que recuerda una gran noche en la que, a través de su abuelo, cenó junto con el otro gran Miguel de la bicicleta.

Tanto él como el resto de la vasta generación de nietos, hasta 18, reconocen que fueron “más conscientes de la relevancia de su abuelo a raíz de su fallecimiento, pues en el ámbito privado, lejos de los actos institucionales, que nada le gustaban, “era el más bromista”.

Se trataba de un hombre a quien la naturaleza sacó adelante en sus momentos más duros, más depresivos”, apunta Elisa Delibes, hija del escritor vallisoletano. Pese a no reconocerse como apasionada de los deportes, acompaña en el coche de apoyo a la expedición de amigos y familiares que sigue el camino contrario al que Miguel Delibes recorría para ir a Sedano cada verano, desde hace once años, a principios de agosto.

 “Era un apasionado de la naturaleza, tanto que era su medicina cuando el Orfidal no podía curarle más”, relata Elisa Delibes, hija del apasionado literato y presidenta de la Fundación Miguel Delibes. Tanto era así que fue la pasión que quiso transmitir a Ángeles, su mujer, quien “sólo quería pasar todo el tiempo posible con él por lo enamorados que estaban”, confiesa Elisa Delibes.

La bicicleta y la naturaleza sólo eran dos de las muchas aficiones que el vallisoletano disfrutaba, algo palpable en ‘Mi querida bicicleta’, primer relato de los nueve que componen ‘Mi vida al aire libre’, compilación que vio la luz en el año 1989. “Es el relato de mi padre que más disfruto, no sólo por la bicicleta sino porque, en ese conjunto de nueve textos transmite a la perfección los recuerdos de su niñez relacionados con la vida fuera de casa, como con la natación y otros deportes”, prosigue la segunda hija de Delibes.

“Una vez intentó que mi madre pescara y ella, a los diez minutos y tras conseguir que una trucha mordiera el anzuelo, volvió a la sombra del árbol a seguir con su gran afición el punto de cruz”, rememora quien ahora disfruta de su descanso tras una vida dedicada a la docencia en las aulas de instituto.

Así, como los chicos que hace un mes dejaron atrás las bicicleta al cambiarla por los pupitres, regresa el anhelo de las cálidas tardes de verano en busca de la juventud que ni Miguel Delibes quiso dejar atrás.

Llegada a Molledo de familiares y amigos tras la carrera 'MAX'

Llegada a Molledo de familiares y amigos tras la carrera 'MAX' Pancho Corzo Delibes