Fernando Martín, José María Lasheras, Antonio Presencio

Fernando Martín, José María Lasheras, Antonio Presencio E.E

Opinión

Arturo Aliaga, el legado

Publicada

Corría el año 43 antes de Cristo. Roma atravesaba uno de sus periodos más convulsos y el Senado había enviado una embajada para negociar con Marco Antonio.

Entre sus integrantes estaba Servio Sulpicio Rufo, uno de los juristas más respetados de su tiempo.

Estaba gravemente enfermo y sabía que probablemente no regresaría, pero aceptó la misión porque entendió que su responsabilidad pública estaba por encima incluso de su propia salud. Murió durante aquel viaje.

Cuando el Senado debatió cómo honrarlo, Cicerón pronunció su Novena Filípica y dejó escrita una frase que ha sobrevivido durante más de dos mil años: “La vida de los muertos está en la memoria de los vivos”.

Y pidió que Roma no recordara únicamente el cargo que había desempeñado Sulpicio, sino sugravitas, su constancia, su fidelidad y su dedicación a la cosa pública.

Quizá pocas palabras expliquen mejor qué significa dejar un legado. Porque un legado no es una relación de cargos, fechas, edificios o proyectos. Ni siquiera es solo aquello que una persona consiguió hacer.

Es lo que permanece cuando ya no está. Decisiones que siguen produciendo efectos, ideas que otros continúan, formas de trabajar que dejan escuela y, por encima de todo, el recuerdo que queda en quienes compartieron con ella una parte del camino.

Se ha hablado mucho de legado en Zaragoza tras la vuelta del verano.

La Cámara de Comercio celebra sus 140 años; Ibercaja, sus 150. Otras compañías e instituciones aragonesas han conmemorado también aniversarios que invitan inevitablemente a mirar hacia atrás.

Y en todos ellos aparece una reflexión parecida: qué permanece después de tantos años, qué hemos recibido de quienes nos precedieron y qué seremos capaces de dejar a quienes vengan detrás.

Pero el legado de las instituciones no existe sin el legado de las personas. Detrás de cada transformación, de cada proyecto y de cada decisión que acaba modificando una empresa, un sector o un territorio siempre hay nombres propios. Hay personas que pasan por un cargo y hay otras que, cuando lo dejan, continúan formando parte de la historia de aquello que ayudaron a construir.

Ingeniero industrial, profesor y funcionario antes que político, Arturo Aliaga nació en Jaulín en 1955 y conoció la Administración aragonesa prácticamente desde sus comienzos. Fue consejero desde 2002 y asumió durante distintas legislaturas competencias en Industria, Comercio y Turismo.

Entre 2019 y 2023 fue vicepresidente del Gobierno de Aragón y consejero de Industria, Competitividad y Desarrollo Empresarial. Murió el pasado 2 de septiembre, a los 70 años, después de toda una vida vinculada al servicio público.

Hay algo en aquella historia de Servio Sulpicio que, salvando los más de veinte siglos que los separan, inevitablemente nos lleva a pensar en Arturo. Quizás sea esa determinada concepción del servicio público de la que siempre hacía gala y la que defendía en todas sus actuaciones.

La idea de que ejercer una responsabilidad pública supone ponerse al servicio de algo que está por encima de uno mismo.

En el caso de Aliaga, ese algo fue Aragón.

Con sus convicciones, con su temperamento y también con esa vehemencia tan suya, defendió durante décadas lo que consideraba mejor para esta tierra.

Desde el turismo y la hostelería conocemos bien una parte importante de ese legado. Aliaga entendió muy pronto algo que hoy parece evidente, pero que no siempre lo fue: el turismo no podía ser una política aislada.

Era empresa y era empleo. Era territorio, infraestructuras, comercio, gastronomía y patrimonio. Era nieve, naturaleza, cultura y medio rural. Era innovación y promoción exterior.

Y era, especialmente en muchos municipios aragoneses, una herramienta para generar actividad económica y fijar población.

Esa visión transversal tuvo traducción en políticas concretas. Durante sus etapas al frente de Turismo se impulsaron planes de dinamización y competitividad turística en distintos territorios aragoneses; se trabajó en la diversificación de la oferta y en la consolidación de productos ligados a la nieve, la naturaleza, el patrimonio, los balnearios, el turismo deportivo, el turismo rural o los congresos. Y se fortaleció una fórmula que para quienes trabajamos en este sector resulta imprescindible: la colaboración entre la Administración y las empresas.

Aliaga creyó también en la promoción. En construir marca, en salir fuera, en explicar Aragón y en dotar a cada territorio de argumentos propios para competir.

Entendió que no había un único turismo, sino muchos turismos, y que una Comunidad tan diversa como la nuestra debía convertir precisamente esa diversidad en una fortaleza. Frente a una política turística basada únicamente en atraer visitantes, defendió una estrategia capaz de generar valor económico en el conjunto del territorio.

Y cuando regresó al Gobierno en 2019 llegó la prueba más difícil.

La pandemia paralizó la actividad turística y cerró durante meses bares, restaurantes, hoteles y establecimientos de ocio.

Durante aquel periodo se articularon diferentes líneas de apoyo para autónomos y pymes turísticas, planes de rescate dirigidos a hostelería y otros sectores especialmente afectados, programas para estimular la demanda y un plan de ayudas para turismo y hostelería.

Quienes estuvimos allí sabemos que detrás de aquellas cifras había algo más importante: había interlocución. Aliaga escuchaba al sector.

Podíamos coincidir o discrepar —y con Arturo se podía discrepar con bastante intensidad—, pero siempre existía la posibilidad de sentarse, argumentar, discutir y volver a hablar.

Tampoco se limitó a gestionar la emergencia. Había que mirar al día siguiente. El Plan Aragonés de Estrategia Turística 2021-2024 incorporó sostenibilidad, digitalización, conocimiento, nuevos productos turísticos y transformación de destinos.

A ello se sumaron los Planes de Sostenibilidad Turística en Destino, que movilizaron importantes inversiones para modernizar la oferta y reforzar el turismo como motor económico, especialmente fuera de los grandes núcleos urbanos.

El legado de Arturo Aliaga está en muchas decisiones tomadas durante décadas, en proyectos que permanecen, en empresas y sectores que encontraron interlocución en momentos difíciles y en una determinada forma de entender Aragón.

Está en su defensa del territorio, en su apuesta por el turismo, en su confianza en la empresa y en una concepción del servicio público que ocupó buena parte de su vida.

Pero reducir el legado de Arturo Aliaga a una sucesión de programas, presupuestos y responsabilidades públicas sería contar solo una parte de la historia. Quienes tuvimos la oportunidad de tratar con él recordaremos también —y quizá sobre todo— a la persona.

Recordaremos su sentido del humor. Recordaremos su carácter, fuerte y reconocible. Su temperamento podía ser vehemente, sí. Arturo defendía con enorme energía aquello en lo que creía. Discutía, argumentaba, elevaba el tono si era necesario y volvía a argumentar. Pero detrás de aquella vehemencia había convicción y una extraordinaria capacidad de trabajo.

Recordaremos también el alto concepto que tenía de la amistad.

La amistad para Arturo no era una palabra circunstancial. Era fidelidad, presencia y compromiso.

Mantenía los afectos, cuidaba las relaciones y entendía la lealtad como una forma de estar en la vida. Ese rasgo explica probablemente muchas de las relaciones personales que conservó durante décadas, incluso por encima de diferencias políticas o profesionales.

Y estaba su manera de disfrutar de la vida. A Arturo le gustaba la música. Le gustaba conversar. Le gustaba un buen vino y una buena comida.

Era un convencido defensor de la buena mesa y de las viandas aragonesas, que conocía, disfrutaba y promocionaba con el mismo convencimiento con el que defendía tantas otras cosas de esta tierra.

Queda su carácter. Su enorme capacidad de trabajo. Su humor. Su vehemencia. Su cercanía. Su sentido de la amistad. Su fidelidad a quienes quería y a aquello en lo que creía. Queda su gusto por la música, por la conversación, por un buen vino, por una mesa aragonesa y por compartirla.

Queda, en definitiva, Arturo.

Y probablemente ese sea su mayor legado.

Fernando Martín, José María Lasheras, Antonio Presencio